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Esta es quizá una de las mayores contradicciones académicas y -por qué no- existenciales que percibimos en estos tiempos del "todo vale" (es un apelativo a esto que llaman posmodernidad y que no debemos comprarnos tanto aún): la mística y la crítica.
Quizá con esas palabras no se relacione el concepto de fondo. Vamos a algunos ejemplos.
En la literatura -sea de novelas, cuentos, historia- existen una bibliofilia, o sea, un amor por los libros como objeto en sí. Son el objeto de deseo de cualquier persona lectora. Para algunos los libros contienen secretos, sentidos ocultos o bien trascienden a su materialidad, ya sea por sus años de antigüedad, su contexto, si es un regalo, etcétera. Para otros, un libro no es más que un artefacto cultural -creado por los humanos- y que contiene 'n' signos que conforman palabras, frases, oraciones, párrafos y, por último, contenidos diversos por leer, releer e interpretar.
Quizá en la misma literatura/lingüística se manifiesta de modo descollante esta tensión.
Existen teóricos que ven en el libro la producción de un gran autor, que alguna vez impuso sus ideas y narraciones en el papel y que, pese a haber sido 're-producido' (uno no cuenta en general con el original), contiene un sentido. Por ejemplo, para Michel de Certeau si bien escribir -en este caso Historia- comprende un acto que te vincula al quehacer de la academia, de la disciplina, la producción de libros implica la estampa de ideas de personas ausentes del artefacto o, bien, ya muertas.
En este sentido, el libro es la huella de alguien y algo que ya fue. Se sabe que leer el Quijote no trae de vuelta a Cervantes. Que la carta que le escribió a uno el padre o la madre no los traerá de regreso: ni a ese instante ni a ellos. Los libros representan la muerte, la ausencia de alguien. En otras palabras, lo escrito conllevan cierto duelo por la ausencia del autor y del momento de la creación del escrito. Esta visión es más bien mística porque uno cada vez que coge un libro y lo lee, revive por algunos instantes al autor a la vez que reivindica su obra. El libro es 're-cordado', o sea, "vuelto al corazón".
Otros teóricos como Jacques Derrida no tienen la misma perspectiva, sino más bien se refugian en la crítica. El libro y "lo escrito" no contienen sentidos ocultos, ni como contenido ni menos el objeto 'libro' en sí. Las letras y las palabras son materialidad a interpretar, comprendiendo un análisis del discurso -a lo Foucault- sobre el texto. Este ejercicio, denominado deconstrucción, implica hacer la crítica sobre el texto y además, tomar consciencia del ejercicio crítico que uno realiza durante el análisis del discurso. Complejo, porque se toma al sujeto como racional antes un elemento irracional que son las palabras. Irracionales en el sentido que no poseen significados esenciales -recordemos que la discusión de las palabras como referencias de la realidad está zanjado para tipos como Derrida- por su carácter polisémico. Las palabras, que no contienen significados en sí, pueden por lo mismo contener miriadas de sentidos (aunque Derrida es escéptico a la hora de creer que se puede llegar a la Verdad).
Este panorama trasciende la discusión literaria-lingüística para impregnar todas las esferas culturales y sociales.
En efecto, con la autoconciencia del "tiempo presente" por parte de los pensadores modernos, se instaurá la crítica escéptica frente a todo lo que se comprendía como la realidad. Acaso Rene Descartes fue uno de los primeros de aquellos, siendo el gran sintetizador Imannuel Kant (de allí vendrán tipos como Hegel o Husserl).
En otro términos, la Modernidad trajo consigo la ruptura de la relación entre el humano y Dios. Al quitar a Dios del acto de conocer, se desacraliza la realidad. Ahora la realidad se convierte de cosa en objeto, algo aprehendible por la razón crítica. Surge la noción de sujeto moderno, laico, científico, etcétera.
De este modo, la realidad del mundo pierde su sentido oculto (que corrientes como el hermetismo de los siglos XVI y XVII lucharon por mantener): ahora es posible conocerlo "objetivamente" (aunque la misma Modernidad -o posmodernidad- pondrá en duda aquello).
Sin embargo, y esto es curioso aún en nuestros tiempos, no hemos podido abandonar la mística y el misterio de nuestras mentes. Seguimos otorgando simbolismo a las cosas del mundo como el sol, la luna, las estrellas, los mares y, por otra parte, buscando esencialismo y valores trascendentes absolutas como la belleza, la justicia, la paz, el amor, la verdad.
La Modernidad ha intentado develar críticamente estas "esencias" del mismo modo que la posmodernidad -si es que eso existe- lo ha destrozado por completo.
Un buen ejemplo es justamente la luna. Digamos que los gringos sí llegaron a ella en 1969 (ven, me puse critico escéptico).
¿No debiera haber sido el disco de Pink Floyd de 1973 titulado The Dark Side of the Moon?
¿No debiera ser un fiasco tomar por romántico estar con tu pareja bajo la "luz de la luna" (la luna no posee luz propia)?
Pero seguimos creyendo en el simbolismo, en el sentido que el objeto 'luna' "conlleva": melancolía, amor, locura, fertilidad, todo ello que cualquier tarotista de mediana cultura en este tema sabe.
¿Vale la pena destruir todo lo que queda por conocer para meterlo en el baúl del conocimiento (aún pensando que para autores como Foucault el conocimiento implica poder y deseo)?
¿Podríamos vivir afectivamente sin símbolos, misterios y mística?
Mi postura dice que uno debe vivir lo más conscientemente la vida y, por lo tanto, persistir al alero de la crítica eterna. Sin embargo, hay conocimientos y realidades que luego de pasar por el cedazo de la razón crítica, es preciso 're-valorar', ya no porque sea misterioso o ignoto, sino por todo lo contrario: implica un objeto o una realidad de doble valor, porque lo que se quiere aún conociéndolo, es difícil dejar de quererlo.
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