martes, 28 de julio de 2009

LA MÍSTICA FRENTE A LA CRÍTICA

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Esta es quizá una de las mayores contradicciones académicas y -por qué no- existenciales que percibimos en estos tiempos del "todo vale" (es un apelativo a esto que llaman posmodernidad y que no debemos comprarnos tanto aún): la mística y la crítica.

Quizá con esas palabras no se relacione el concepto de fondo. Vamos a algunos ejemplos.

En la literatura -sea de novelas, cuentos, historia- existen una bibliofilia, o sea, un amor por los libros como objeto en sí. Son el objeto de deseo de cualquier persona lectora. Para algunos los libros contienen secretos, sentidos ocultos o bien trascienden a su materialidad, ya sea por sus años de antigüedad, su contexto, si es un regalo, etcétera. Para otros, un libro no es más que un artefacto cultural -creado por los humanos- y que contiene 'n' signos que conforman palabras, frases, oraciones, párrafos y, por último, contenidos diversos por leer, releer e interpretar.

Quizá en la misma literatura/lingüística se manifiesta de modo descollante esta tensión.

Existen teóricos que ven en el libro la producción de un gran autor, que alguna vez impuso sus ideas y narraciones en el papel y que, pese a haber sido 're-producido' (uno no cuenta en general con el original), contiene un sentido. Por ejemplo, para Michel de Certeau si bien escribir -en este caso Historia- comprende un acto que te vincula al quehacer de la academia, de la disciplina, la producción de libros implica la estampa de ideas de personas ausentes del artefacto o, bien, ya muertas.

En este sentido, el libro es la huella de alguien y algo que ya fue. Se sabe que leer el Quijote no trae de vuelta a Cervantes. Que la carta que le escribió a uno el padre o la madre no los traerá de regreso: ni a ese instante ni a ellos. Los libros representan la muerte, la ausencia de alguien. En otras palabras, lo escrito conllevan cierto duelo por la ausencia del autor y del momento de la creación del escrito. Esta visión es más bien mística porque uno cada vez que coge un libro y lo lee, revive por algunos instantes al autor a la vez que reivindica su obra. El libro es 're-cordado', o sea, "vuelto al corazón".

Otros teóricos como Jacques Derrida no tienen la misma perspectiva, sino más bien se refugian en la crítica. El libro y "lo escrito" no contienen sentidos ocultos, ni como contenido ni menos el objeto 'libro' en sí. Las letras y las palabras son materialidad a interpretar, comprendiendo un análisis del discurso -a lo Foucault- sobre el texto. Este ejercicio, denominado deconstrucción, implica hacer la crítica sobre el texto y además, tomar consciencia del ejercicio crítico que uno realiza durante el análisis del discurso. Complejo, porque se toma al sujeto como racional antes un elemento irracional que son las palabras. Irracionales en el sentido que no poseen significados esenciales -recordemos que la discusión de las palabras como referencias de la realidad está zanjado para tipos como Derrida- por su carácter polisémico. Las palabras, que no contienen significados en sí, pueden por lo mismo contener miriadas de sentidos (aunque Derrida es escéptico a la hora de creer que se puede llegar a la Verdad).

Este panorama trasciende la discusión literaria-lingüística para impregnar todas las esferas culturales y sociales.

En efecto, con la autoconciencia del "tiempo presente" por parte de los pensadores modernos, se instaurá la crítica escéptica frente a todo lo que se comprendía como la realidad. Acaso Rene Descartes fue uno de los primeros de aquellos, siendo el gran sintetizador Imannuel Kant (de allí vendrán tipos como Hegel o Husserl).

En otro términos, la Modernidad trajo consigo la ruptura de la relación entre el humano y Dios. Al quitar a Dios del acto de conocer, se desacraliza la realidad. Ahora la realidad se convierte de cosa en objeto, algo aprehendible por la razón crítica. Surge la noción de sujeto moderno, laico, científico, etcétera.

De este modo, la realidad del mundo pierde su sentido oculto (que corrientes como el hermetismo de los siglos XVI y XVII lucharon por mantener): ahora es posible conocerlo "objetivamente" (aunque la misma Modernidad -o posmodernidad- pondrá en duda aquello).
Sin embargo, y esto es curioso aún en nuestros tiempos, no hemos podido abandonar la mística y el misterio de nuestras mentes. Seguimos otorgando simbolismo a las cosas del mundo como el sol, la luna, las estrellas, los mares y, por otra parte, buscando esencialismo y valores trascendentes absolutas como la belleza, la justicia, la paz, el amor, la verdad.

La Modernidad ha intentado develar críticamente estas "esencias" del mismo modo que la posmodernidad -si es que eso existe- lo ha destrozado por completo.

Un buen ejemplo es justamente la luna. Digamos que los gringos sí llegaron a ella en 1969 (ven, me puse critico escéptico).


¿No debiera haber sido el disco de Pink Floyd de 1973 titulado The Dark Side of the Moon?

¿No debiera ser un fiasco tomar por romántico estar con tu pareja bajo la "luz de la luna" (la luna no posee luz propia)?


Pero seguimos creyendo en el simbolismo, en el sentido que el objeto 'luna' "conlleva": melancolía, amor, locura, fertilidad, todo ello que cualquier tarotista de mediana cultura en este tema sabe.


¿Vale la pena destruir todo lo que queda por conocer para meterlo en el baúl del conocimiento (aún pensando que para autores como Foucault el conocimiento implica poder y deseo)?


¿Podríamos vivir afectivamente sin símbolos, misterios y mística?


Mi postura dice que uno debe vivir lo más conscientemente la vida y, por lo tanto, persistir al alero de la crítica eterna. Sin embargo, hay conocimientos y realidades que luego de pasar por el cedazo de la razón crítica, es preciso 're-valorar', ya no porque sea misterioso o ignoto, sino por todo lo contrario: implica un objeto o una realidad de doble valor, porque lo que se quiere aún conociéndolo, es difícil dejar de quererlo.


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SOBRE LA CONVERSACIÓN ENTRE MUJERES

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¿Por qué será que el tema de los hombres tiende a ser generalmente el punto de partida de tantos pensamientos y tantas conversaciones entre las mujeres?

Lo digo por mis amigas punk, artesas, metaleras, hippies, normales (¿las hay?), extranjeras, hardcore, nerds, bellas y no tanto, pinturitas, cuicas y cumas.


En mi caso, sólo he oído a las universitarias, más ociosas que las otras mujeres.


Es ciertamente curioso que ellas comiencen hablando de nosotros cuando están en la intimidad de una buena plática. Nos aman, nos destrozan, nos pelan, nos toman como objeto de ataques y burlas, nos aporrean. Pero allí estamos.

Seguramente después desvían su conversación hacia temas como el ser, la belleza, la justicia, los castigos, la coquetería, la intelectualidad, el feminismo radical o moderado (eso depende de la amiga "emisora" y la "receptora"). En fin, sobre ellas mismas.

¿Será que la cultura de estas sociedades machistas nos ponen en el lugar central del sentido común? ¿Será que somos el espejo de sus realidades? ¿Será que la figura masculina es, en el fondo, odiada por ellas y eso hace que deseen vulnerarla?

No lo sé.

Pienso sobre esto luego de leer sobre los escritos de varias amigas. Luego de presenciar sus diálogos repletos de códigos y simbolismos, luego de haberme relacionado con ellas.


Esto, para mí, es un misterio. Y lo digo porque nosotros los hombres, cuando nos sinceramos, no solemos hablar de mujeres. Más allá de las burlas con tintes homofóbicos y los temas de fútbol y de piernas, tetas y culos, cuando estamos en la intimidad de la amistad conversamos sobre nuestros temores y nuestros deseos no cumplidos. Lo que debemos callar por ser hombres en esta sociedad y bajo estas normas. ¡Curioso, pero aparece en lo que callamos lo femenino como incomprendido y anhelado! ¡Como igual a nosotros!


Todo eso bajo la máscara de la superficialidad.


Creo que eso mismo le pasa a la mujer. A las mujeres. Ellas suelen mostrarse de mil maneras: rudas, simpáticas, empáticas, detestables, indiferentes, afables, amistosas, superficiales. Sin embargo, en el fondo y en un ambiente de intimidad y de confianza, expresan sus miedos y sus esperanzas poniendo al tapete al hombre. Y manifiestan sus sueños de desplegarse en la vida siendo ellas mismas, tal cual creen y quieren ser.


Lo que suele ser una conversación para desacralizar la tonta figura masculina suele ser el inicio de sus propias búsquedas existenciales, personales.


No tengo una respuesta. Quizá la figura del hombre implica en nuestras sociedades -como señala Freud- la autoridad y el orden. En otras palabras, el super ego. Todas las imposiciones culturales -también las modernizantes- presentan lo masculino como 'límite'.

Límite implica la expansión a la vez que la discriminación entre lo que se debe decir y hacer y lo que no. Foucault lo señala perfectamente en El orden del discurso. Derrida, cuando habla de romper con el logofalocentrismo, es decir, la cultura basada en la palabra oral tradicional y autoritaria, por ende, masculina. Acá está quizá el error: no percibimos que al ser hombres -medida de todas las cosas- no asimilamos -porque no nos enseñaron o porque no queremos- "lo otro" debido a que nuestro Yo está complementado íntimamente con los discursos de poder. "Lo masculino" es poder y deseo de lo otro, lo exótico, "lo femenino".


¡Claro que ellas dialogan sobre ellas mismas siempre con nosotros como punto de partida!


Es a la 're-presentación' del hombre lo que atacan las conversaciones de mujeres y no a los hombres en sí. Incluso en esta época del "todo vale" y del lesbianismo orgiástico como escape o como alternativa a nuevos deseos.


No creo en absoluto que sea original esto que reflexiono. Acaso una Judith Butler o, quizá antes, con una Simone de Beauvoir, ya lo ha mencionado. Lo ignoro.


Quizá si lo masculino se une -o reúne- con lo femenino y se conforma esa una exquisita mixtura andrógina desterritorializada -como diría Deleuze- ellas comenzarían a hablar más de sí mismas sin la sombra de "lo masculino".

Y, por nuestra parte, nosotros a conversar más sobre ellas -viéndolas como personas iguales en la diferencia- y sobre nosotros mismos sin las densas imposiciones sociales que se expresan bajo esta cultura fonofalocéntrica que nos hace creer -erróneamente- que los machos equivalemos a "la medida de todas las cosas".


En otras palabras, seríamos simulacros.


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viernes, 24 de julio de 2009

DIOS Y LA CAÑA: LA LIBERTAD Y LA RENUNCIA

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No voy a decir nada nuevo.


Sólo pienso en los otros espacios y los otros tiempos a los que uno renuncia por elegir sólo un camino, que puede ser un sendero o un derrotero: eso depende de quien y en que tipo de circunstancias lo viva.

Todos sabemos que al elegir algo uno renuncia a miles de opciones visibles e invisibles, tan viables como el que se aborda. Y no hay vuelta atrás en las opciones.


Es el precio de la libertad (si es que existe eso). La libertad exige renuncias.


Para los platónicos y neoplatónicos, la libertad es alcanzar el eidos o Dios, respectivamente (son casi lo mismo pero con diversos sentidos). No había conflicto entre nuestra libertad y el destino, como si lo hubo al tratarse de las tragedias helénicas (¡Qué tipo de Orestes es el que vemos en Esquilo o en Eurípides!).

Santo Tomás no pensaba muy diferente de lo que lo hizo San Agustín: sólo que esta vez la libertad pasó de ser casi corporal-irracional a ser intelectual: el libre albedrío. Dios sigue allí.


No obstante, un personaje como Descartes dudó de Dios. Si bien llegó a que la existencia se remite a la res cogitans, y de ahí a la res extensa y la res divina, dejó sin "querer queriendo" a Dios tambaleando.

Hobbes temía de la libertad humana, porque en caso de no existir la divinidad de la que dudó Descartes, cada individuo podía hacer lo que quisiera. Incluso matar a otro. Por eso inventa ese Leviathan llamado Estado moderno, mal menor a la ausencia de Dios.

En Kant la libertad exige renunciar a la Necesidad, a los deseos, estos últimos dos conceptos que invaden el mundo posmoderno, hipermoderno, desmodernizado (o como carajos quieran denominarlo). Así, el imperativo categórico -universal- pesa por sobre el imperativo hipotético - individual e individualista. Trata de salvar a Dios, aunque lo racionaliza de manera peligrosa mediante la Razón Práctica.

Sin embargo, los Schopenhauer y los Kierkegäard ven la libertad como el inicio de la angustia existencial: ellos ya son más que conscientes de que el ser humano es -como señaló Pascal- una débil "caña" que piensa. Más frágil y finito que eso no hay...


Se nos desaparece Dios de las ideas sobre el sujeto -¿sujeto a qué?- y la base que le da sentido, el Cosmos. La ruptura entre lo Uno y lo múltiple -aún apoyado por Hegel- está porvenir.


Y llegamos a tipos como Nietzsche, donde la libertad se basa en el poder de cada ser humano, que rompe y asesina a Dios y los atados morales y sociales para volverse un superhombre.


(Dios Q.E.P.D.)


¡Y sin embargo, aún queda algo de "ser" -ontos- en ese humano...!


Algo que nos lleva a la aventura de traspasar ese "más allá" desconocido, ese terreno fangoso llamado Modernidad. O está la mente o el poder. O ambas.


De todos modos, tipos del siglo pasado como Sartre ya ve en la libertad nuestra cárcel. Estamos obligados a vivirla y eso implica tener que elegir. Y renunciar. Y a dolernos por ese acto. Y a empezar a vivir/sufrir esta vida. Amar lo que hay porque "es lo que hay". Es lo que elegiste.

Aún más: hay corrientes como el estructuralismo que tenderá a poner a la libertad del sujeto en cuestionamiento, pues las potentes estructuras económicas (Marx y los ortodoxos), culturales (Levi-Strauss) y discursivas (Foucault), entre otras, pasan a llevarla y casi a a negar.


Ahora, ¿Qué más sentidos y perspectivas tiene esta palabra llamada libertad?


Obviamente, muchísimos... Todos los que uno quiera.


Por otro lado, ¿cómo vivir con las renuncias? ¿Recurrir a los duelos psicoanalíticos? ¡Quién sabe! Cada renuncia es probar un poco de muerte. Eso ya lo dice Freud y lo repetirá, en especial, Lacan.



Como ven, existen miles de modos de pensar la libertad. Tener que vivir con ella se vuelve complejo, incómodo, triste...



¡Quién no desearía tenerlo todo en la vida!

¡Ser inmortal!

¡Recorrer todos los senderos que se bifurcan del jardín borgeano!


Eso es imposible.


No se puede elegir todo y, para más remate, no puedes elegir todo lo elegible: sean personas para
amar, lugares para vivir, trabajos, estudios, idiomas, comidas diarias, dinero para gastar, vida. (¿Culpa de la cultura/super ego? ¿Del capitalismo perverso y tardío?)


Quizá, como señalan Derrida y De Certeau, vivimos eternamente añorando lo ausente, lo muerto y, por ende, experimentando duelos. Somos tan inconscientes de la muerte, pero la vivimos siempre. En el caso que tratan son en los textos y los libros; en nuestro tema, es la existencia vital.
(¡¿Y quién dice que la finitud mortal del conocimiento y la vida no van de la mano?!).

Al menos, estos dos franceses hablan algo al respecto. El ser "simulacro", ser lo múltiple desligado de lo Uno (Dios o lo que crean que sea esto), permite comenzar a vivir la presencia y la ausencia, la vida y la muerte, todo como devenir. Deleuze diría "desterritorializados", vale decir, capaces de intentar "hacer" lo que más puedas "hacer" (no ocupo el "ser" por razones obvias).
O, por su parte, refigiarse en los fundamentalismos "re-ligiosos" (si es que vuelven a ligar con algo), sea en sus versiones cristianas, islámica o qué se yo.


Acaso el Islam tenga alguna solución al respecto cuando afirman que Allah es el Uno y permite ser conocido y vivido individual y colectivamente mediante la shari'a (ley islámica). Claro que eso pretende, desde cierta perspectiva, negar la Modernidad occidental... (¿Es intocable la Modernidad?).


Yo -como "caña" pascaliana que soy- no pretendo dar solución al tema ni intentar afirmar/negar al sujeto moderno ni al posmderno ni al premoderno. Ni tampoco "re-matar" o "re-vivir" a Dios. En absoluto.

Sólo pretendo que -luego de esta sarta de palabras al aire convertida en texto, en materia- quede algo de ausencia, de muerte y de duelo, en ustedes.


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lunes, 30 de marzo de 2009

"HERE COMES THE SUN"


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¿Quién no se ha imaginado en un prado de algún lindo valle de algún lugar perdido en el tiempo y el espacio?

¿Quién no se ha soñado solo en ese valle rodeado de montañas nevadas a lo lejos?


¿Quién no se ha visto rozando los dedos de los pies con los pastos, las manos con las espigas de trigo, el sonido de los altos y frondosos árboles, los pajarillos de la mañana, el olor a desayuno en la ribera del riachuelo?


¿Quien no se ha visto allí con su compañera o compañero?



¿Y junto a ese paisaje sonando de fondo "Here comes the sun" de The Beatles?



Y, de repente, el sol aparece entre las montañas...




Y piensas: "It's all right".



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LO QUE IMPLICA UN BESO


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El otro día pensaba en lo asquerosos -o, por decirlo menos, curiosos- que somos los humanos. Y es natural, porque pareciera que es parte de nosotros.


No sé por qué, pero tras conversar en el bar con mis amigos sobre la inmortalidad del cangrejo y otras mil cosas, yo pensaba en uno de los nuestros órganos: la boca (o como quiera decirle la ciencia biológica).


Uno hace muchas cosas con la boca: hablar, comer, besar, lamer, vomitar, introducirse otros objetos ú órganos. Desde antes que nacimos y hasta que nos pudrimos de muertos. Siempre.


Por ejemplo, una mujer de 20 años ya ha besado a más de algún niño en su vida (o niña ¡quién sabe en estos días!).


Si ya ha tenido sexo, puede que haya realizado en más de una ocasión una felación. Y, hoy por hoy, besa a su actual novio (tienen sexo y todo) y, pese a que asea a diario su boca, queda el remanente del pene de otro en su boca. Y, obviamente, la saliva de esos besos, el vómito de alguna fiesta adolescente, los restos de comida diaria (o los restos de ella si es bulímica), caries (si es que lo hubiere), etcétera.


Por su parte, supongamos que el novio veinteañero ya ha tenido experiencias anteriores. Debuto con otra mujer, realizando cunnilingus, sexo anal y todo tipo de contactos tanto con su boca, manos y otro órganos del cuerpo.


Entonces, al momento de tener sexo, la mixtura de fluidos y reminiscencias ajenas es notable. Un simple beso puede implicar restos de vómito, muchísima y variada comida, contacto de ambas bocas con órganos "íntimos" (pene, ano, senos). Y todo en un instante.



Esa pareja puede continuar "hasta que la muerte los separe" como terminar y buscarse a otras personas. Y esa mujer y ese hombre siguen con esta cadena que no tiene origen ni mucho menos, final (apenas que se acabe la especie).


Así la boca, como todo nuestro cuerpo, sirve para usar. Y aunque los neoplatónicos me vengan a decir que lo que importa es el alma y el cuerpo es corruptible, a mi modo de ver es tan o más importante ese contacto entre humanos como el "espiritual" (si es que existe tal mito).


Puede ser asqueroso o puede ser parte de nuestra "esencia" dionisíaca, donde todo se mezcla con todo.


¡Vaya a saber uno!



Yo sé que más de alguien lo ha pensado pero, como solemos hacer con todo lo que es considerado vulgar o tabú, lo único que hay que hacer es obviar y negar callando.




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