¿Por qué será que el tema de los hombres tiende a ser generalmente el punto de partida de tantos pensamientos y tantas conversaciones entre las mujeres?
Lo digo por mis amigas punk, artesas, metaleras, hippies, normales (¿las hay?), extranjeras, hardcore, nerds, bellas y no tanto, pinturitas, cuicas y cumas.
En mi caso, sólo he oído a las universitarias, más ociosas que las otras mujeres.
Es ciertamente curioso que ellas comiencen hablando de nosotros cuando están en la intimidad de una buena plática. Nos aman, nos destrozan, nos pelan, nos toman como objeto de ataques y burlas, nos aporrean. Pero allí estamos.
Seguramente después desvían su conversación hacia temas como el ser, la belleza, la justicia, los castigos, la coquetería, la intelectualidad, el feminismo radical o moderado (eso depende de la amiga "emisora" y la "receptora"). En fin, sobre ellas mismas.
¿Será que la cultura de estas sociedades machistas nos ponen en el lugar central del sentido común? ¿Será que somos el espejo de sus realidades? ¿Será que la figura masculina es, en el fondo, odiada por ellas y eso hace que deseen vulnerarla?
No lo sé.
Pienso sobre esto luego de leer sobre los escritos de varias amigas. Luego de presenciar sus diálogos repletos de códigos y simbolismos, luego de haberme relacionado con ellas.
Esto, para mí, es un misterio. Y lo digo porque nosotros los hombres, cuando nos sinceramos, no solemos hablar de mujeres. Más allá de las burlas con tintes homofóbicos y los temas de fútbol y de piernas, tetas y culos, cuando estamos en la intimidad de la amistad conversamos sobre nuestros temores y nuestros deseos no cumplidos. Lo que debemos callar por ser hombres en esta sociedad y bajo estas normas. ¡Curioso, pero aparece en lo que callamos lo femenino como incomprendido y anhelado! ¡Como igual a nosotros!
Todo eso bajo la máscara de la superficialidad.
Creo que eso mismo le pasa a la mujer. A las mujeres. Ellas suelen mostrarse de mil maneras: rudas, simpáticas, empáticas, detestables, indiferentes, afables, amistosas, superficiales. Sin embargo, en el fondo y en un ambiente de intimidad y de confianza, expresan sus miedos y sus esperanzas poniendo al tapete al hombre. Y manifiestan sus sueños de desplegarse en la vida siendo ellas mismas, tal cual creen y quieren ser.
Lo que suele ser una conversación para desacralizar la tonta figura masculina suele ser el inicio de sus propias búsquedas existenciales, personales.
No tengo una respuesta. Quizá la figura del hombre implica en nuestras sociedades -como señala Freud- la autoridad y el orden. En otras palabras, el super ego. Todas las imposiciones culturales -también las modernizantes- presentan lo masculino como 'límite'.
Límite implica la expansión a la vez que la discriminación entre lo que se debe decir y hacer y lo que no. Foucault lo señala perfectamente en El orden del discurso. Derrida, cuando habla de romper con el logofalocentrismo, es decir, la cultura basada en la palabra oral tradicional y autoritaria, por ende, masculina. Acá está quizá el error: no percibimos que al ser hombres -medida de todas las cosas- no asimilamos -porque no nos enseñaron o porque no queremos- "lo otro" debido a que nuestro Yo está complementado íntimamente con los discursos de poder. "Lo masculino" es poder y deseo de lo otro, lo exótico, "lo femenino".
¡Claro que ellas dialogan sobre ellas mismas siempre con nosotros como punto de partida!
Es a la 're-presentación' del hombre lo que atacan las conversaciones de mujeres y no a los hombres en sí. Incluso en esta época del "todo vale" y del lesbianismo orgiástico como escape o como alternativa a nuevos deseos.
No creo en absoluto que sea original esto que reflexiono. Acaso una Judith Butler o, quizá antes, con una Simone de Beauvoir, ya lo ha mencionado. Lo ignoro.
Quizá si lo masculino se une -o reúne- con lo femenino y se conforma esa una exquisita mixtura andrógina desterritorializada -como diría Deleuze- ellas comenzarían a hablar más de sí mismas sin la sombra de "lo masculino".
Y, por nuestra parte, nosotros a conversar más sobre ellas -viéndolas como personas iguales en la diferencia- y sobre nosotros mismos sin las densas imposiciones sociales que se expresan bajo esta cultura fonofalocéntrica que nos hace creer -erróneamente- que los machos equivalemos a "la medida de todas las cosas".
En otras palabras, seríamos simulacros.
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3 comentarios:
ameno, ligero, no es demasiadodenso intelectualmente. es verdad avece las mujeres hablamos mucho de ustedes, yb es que enla guerra de los sexos el final siempre es el mismo. la complementación...
:)
saludos.
Nos necesitamos y nos odiamos....esa relación simbiótica entre hombres y mujeres es inevitable. En algún momento los hombres hacemos lo mismo, nos guste reconocerlo o no...pero eso es lo que da ese "que se sho, viste" a la vida...
saludos
Karl
Hola Marcos, dejé lo que pienso con respecto a este tema en una entrada en mi blog, ojalá puedas leerlo.
Saludos.
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