martes, 9 de marzo de 2010

BILLETE

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Ayer me encontré un billete de mil pesos en la vereda de una vieja calle.


Lo miré indiferente. Di un vistazo a mi alrededor. Nadie.


Me acerqué al verdoso papel arrugado. El capitán Carrera Pinto tenía sus ojos más desolados que de costumbre.


Pronto puso esos ojos desencajados sobre mí. Me entristeció: sentía que él ya no deseaba estar encapsulado ni un minuto más allí.


Nadie lo conoció.

Nadie lo conoce.

No tuvo más que 31 años de algo de goce.

No tuvo más que 31 años de algo de vida.

A los niños les aburre que hablen de personajes de él.

¡Para que seguir existiendo allí, en ese espacio vacio de emoción!


Sin hablar me pidió ayuda.


No lo pensé dos veces y le ayudé a escapar rodeando el Monumento a los Héroes de la Concepción y por detrás de los árboles de la Alameda, en el reverso del billete. Se despidió como siempre: en silencio.


Se lo agradeceré eternamente.


Yo no era sino un desconocido, un anónimo, un bastardo más de un mundo de cosas efímeras y vanas. Era.


Volví a cobrar sentido. Sin reflexionar de nadie ni nada, ocupé su lugar dentro de las verdes fronteras de ese viejo y arrugado billete tirado por alguien en la calle a punto de recibir los salpicones de la lluvia otoñal.



Sé que valgo lo que la gente y la inflación quiere que valga, pero al menos eso me hace feliz.