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Alberto se despierta antes de la aurora para recibir con un tierno desayuno a su esposa Angélica. La bandeja que él lleva a la cama, con el té, el jugo de naranja, los huevos a la copa bien preparados y las tostadas con deliciosa mantequilla, está decorada además con una hermosa rosa de un profundo color rojo.
Ella le ofrece un beso medio dormido, pero con mucho amor.
Él ya está de terno y corbata para su día de trabajo. Angélica se dedicará el resto del día a ordenar la casa y sus recovecos semilimpios, gracias a las labores de fin de semana de Alberto.
Sin ningún problema, Alberto monta el su vehículo para ir al trabajo. En la caletera de la Autopista Central -que a esas alturas se denomina avenida Jorge Alessandri Rodríguez- con Departamental, rumbo al norte, un joven que trabaja en la esquina limpiando parabrisas intenta pasar su trapo por sobre el de su vehículo, pero Alberto se niega a que le realicen tal labor. El joven insiste y Alberto le dice que pide que no insista. El joven desiste y el semáforo en verde hace que Alberto prosiga hacia su lugar de trabajo.
Los empleados le tienen preparado una sorpresa en la oficina y Alberto es premiado por el jefe como el empleado del mes, lo que compromete un buen aguinaldo.
En la tarde, Alberto se reúne con sus amigos y beben un poco de cerveza para hacer más amistoso el sol de fines de verano. Allí pasa la tarde.
Ya de noche, en un local camino a casa, al que siempre acude, compra una rosa blanca, con la que todas las mañanas decora la bandeja para su esposa.
Antes de llegar a casa, Alberto estaciona su vehículo en Departamental con la caletera sur de la Autopista Central. Intenta localizar en medio de la noche negra al joven limpiaparabrisas. Está en un costado de la caletera, dopándose con una joven, también indigente.
Alberto se dirige al maletero del auto y saca con su mano derecha, recién forrada por un negro guante grueso, un enorme fierro con doble punta arqueada, ubicada justo al lado de la rosa roja recién comprada.
Se dirige donde el joven y, sin mediar palabras y con el rostro entero y frío, Alberto le da con las puntas del fierro en el cráneo del joven. La muchacha arranca desesperada y se pierde en la noche. En un par de minutos, la cabeza del joven chorrea sangre y babas. Ya está muerto.
Sin prisa, Alberto vuelve con el fierro en la mano al vehículo, lo lanza al maletero. Entonces, coge la rosa blanca y nuevamente se dirige a donde yace el indigente muerto. Se agacha para acercar la flor al charco de sangre estancada. Los pétalos de la flor se convierten en un furioso rojo.
Alberto se despierta antes de la aurora para recibir con un tierno desayuno a su esposa Angélica. La bandeja que él lleva a la cama, con el té, el jugo de naranja, los huevos a la copa bien preparados y las tostadas con deliciosa mantequilla, está decorada además con una hermosa rosa de un profundo color rojo.
Ella le ofrece un beso medio dormido, pero con mucho amor.
Él ya está de terno y corbata para su día de trabajo. Angélica se dedicará el resto del día a ordenar la casa y sus recovecos semilimpios, gracias a las labores de fin de semana de Alberto.
Sin ningún problema, Alberto monta el su vehículo para ir al trabajo. En la caletera de la Autopista Central -que a esas alturas se denomina avenida Jorge Alessandri Rodríguez- con Departamental, rumbo al norte, un joven que trabaja en la esquina limpiando parabrisas intenta pasar su trapo por sobre el de su vehículo, pero Alberto se niega a que le realicen tal labor. El joven insiste y Alberto le dice que pide que no insista. El joven desiste y el semáforo en verde hace que Alberto prosiga hacia su lugar de trabajo.
Los empleados le tienen preparado una sorpresa en la oficina y Alberto es premiado por el jefe como el empleado del mes, lo que compromete un buen aguinaldo.
En la tarde, Alberto se reúne con sus amigos y beben un poco de cerveza para hacer más amistoso el sol de fines de verano. Allí pasa la tarde.
Ya de noche, en un local camino a casa, al que siempre acude, compra una rosa blanca, con la que todas las mañanas decora la bandeja para su esposa.
Antes de llegar a casa, Alberto estaciona su vehículo en Departamental con la caletera sur de la Autopista Central. Intenta localizar en medio de la noche negra al joven limpiaparabrisas. Está en un costado de la caletera, dopándose con una joven, también indigente.
Alberto se dirige al maletero del auto y saca con su mano derecha, recién forrada por un negro guante grueso, un enorme fierro con doble punta arqueada, ubicada justo al lado de la rosa roja recién comprada.
Se dirige donde el joven y, sin mediar palabras y con el rostro entero y frío, Alberto le da con las puntas del fierro en el cráneo del joven. La muchacha arranca desesperada y se pierde en la noche. En un par de minutos, la cabeza del joven chorrea sangre y babas. Ya está muerto.
Sin prisa, Alberto vuelve con el fierro en la mano al vehículo, lo lanza al maletero. Entonces, coge la rosa blanca y nuevamente se dirige a donde yace el indigente muerto. Se agacha para acercar la flor al charco de sangre estancada. Los pétalos de la flor se convierten en un furioso rojo.
Luego, Alberto pone en marcha el vehículo y prosigue su ruta rumbo a casa.
Al día siguiente, Alberto espera amorosamente a Angélica con un tierno desayuno y, como siempre, decorada con la preciosa rosa de color rojo profundo.
Al día siguiente, Alberto espera amorosamente a Angélica con un tierno desayuno y, como siempre, decorada con la preciosa rosa de color rojo profundo.
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