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Era curioso verlo pasar todas las tardes
por la misma vereda de Alameda,
fuera verano o invierno,
aunque gustaba más de los atardeceres de estío,
cuando uno no se cubre el rostro por el viento
o la lluvia.
Lo veía siempre caminando,
franqueando como un caballero
a las personas,
pero mirándolas a los ojos.
Hombres cansados de su trabajo,
universitarias esperando en los paraderos,
mujeres con las bolsas entre las manos,
niños y bebés distraidos.
No era por mala intención.
Sólo gustaba de buscar los ojos de los otros,
buscando quizá signos de algo de vida.
No lo hacía para mirarse en los reflejos
de los anteojos.
Supongo.
Esbozaba una sonrisa templada,
simple,
acogedora,
límpida.
Sus ojos oscuros se veían brillantes
aun ante la opacidad de las noches,
frías noches invernales.
Eran muy pocos,
muy pocas,
los que devolvían su calidez.
Increpábanle a veces;
muchos otros le evadían
y transitaban con la indiferencia,
aquella que invade los corazones
de nuestros inexpresivos días.
A él no le importaba en absoluto.
Sin acosar seguía con la vista
a la gente,
buscando una respuesta,
una caricia visual,
un diálogo fugaz,
un contacto.
Siempre por las tardes,
en especial las de estío,
cuando el sol se despide
para resurgir invencible
pasa por las veredas de la Alameda
aquél que sólo se contenta
cruzando miradas.
Con las cosas del tiempo,
con el espíritu de la época
tendré que morir
antes de que esa mirada tierna,
inocente y prístina
tenga como respuesta
un conmovedor abrazo mortal.
Era curioso verlo pasar todas las tardes
por la misma vereda de Alameda,
fuera verano o invierno,
aunque gustaba más de los atardeceres de estío,
cuando uno no se cubre el rostro por el viento
o la lluvia.
Lo veía siempre caminando,
franqueando como un caballero
a las personas,
pero mirándolas a los ojos.
Hombres cansados de su trabajo,
universitarias esperando en los paraderos,
mujeres con las bolsas entre las manos,
niños y bebés distraidos.
No era por mala intención.
Sólo gustaba de buscar los ojos de los otros,
buscando quizá signos de algo de vida.
No lo hacía para mirarse en los reflejos
de los anteojos.
Supongo.
Esbozaba una sonrisa templada,
simple,
acogedora,
límpida.
Sus ojos oscuros se veían brillantes
aun ante la opacidad de las noches,
frías noches invernales.
Eran muy pocos,
muy pocas,
los que devolvían su calidez.
Increpábanle a veces;
muchos otros le evadían
y transitaban con la indiferencia,
aquella que invade los corazones
de nuestros inexpresivos días.
A él no le importaba en absoluto.
Sin acosar seguía con la vista
a la gente,
buscando una respuesta,
una caricia visual,
un diálogo fugaz,
un contacto.
Siempre por las tardes,
en especial las de estío,
cuando el sol se despide
para resurgir invencible
pasa por las veredas de la Alameda
aquél que sólo se contenta
cruzando miradas.
Con las cosas del tiempo,
con el espíritu de la época
tendré que morir
antes de que esa mirada tierna,
inocente y prístina
tenga como respuesta
un conmovedor abrazo mortal.
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