.
El otro día pasaba al supermercado
donde siempre voy a comprar
cogí una canastilla y recorrí los pasillos.
El tiempo me sobra con creces.
Me compré un perro y un rostro nuevo
pero no en la sección de pescados
para que no me digan que tengo
cara de merluza o de pejeperro.
Pasé por las frutas y verduras
para ver si mi zapallo llamaba la atención
a alguien interesante.
No pasa de ser una ilusión.
Me devolví para cambiar el canastillo
por un carro de los grandes.
Es que paso a la sección de licores.
Los necesitaría.
Evito los electrodomésticos
y las caras estufas toyotomi
(o como eso se escriba)
mi soledad no deja lugar para cursilerías.
Un paquete de papas, unas Limón Soda
-o puede ser Canadá Dry heladitas-
y no puedo olvidar las casatas de piña.
Para refrescar el aburrimiento.
Me tienta echar a correr
con el carritos a ruedas reventando
las cajas de huevos y se justifique
en concreto lo que me achacan metafóricamente.
Ya cansado de dar vueltas
me dirijo a la cajera de siempre
y le pongo todos los productos
no me mira ni la miro.
Le digo que no tengo plata
me arma un escándalo y llama
al guardia grandote y a patadas
me desalojan del supermercado.
No me quedan mis licores ni el rostro nuevo
ni las casatas de piña congeladas.
Me alejo solo con el tiempo
y sólo el tiempo se va conmigo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario