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El sol da un paso al costado y las nubes se abalanzan
temporalmente sobre sus pies
el calor da paso a la humedad del otoño
mi cuerpo reposa duro en la Plaza de Armas de Santiago.
La brisa inmóvil de miradas perturbadoras
aquieta mis aguas
mis ojos lloran lágrimas aguaverdosas
sinceras y solitarias como las de Torres del Paine.
Estoy en el Sur de la arisca soledad
al austro de un averno realmente dantesco
conmovedor como si fuese cualquier otra persona
que recorre -indiferente- el centro de la capital.
Los murmullos de tantas y tantas personas muertas
en la horca de las incorrecciones históricas y coloniales
de los mestizos de sangre negra de suciedad y pobreza
se apegan a mis pies, mi vientre, mi pecho, mis mientes.
La claridad de una tarde fresca de nubes tiernas
se nubla con las lágrimas pudorosas y esporádicas
que atragantan mis afectos negros fantasmagóricos
y mi aorta que no me permite dejar de latir este instante.
El quemante círculo amarillo se alza regio
y el sabor de una ambrosía balsámica, popular,
me devuelve un poco de la energía del "Roto chileno".
¿Quién sabe si mañana será otro día?