Son las tres de la tarde en Temuco,
ciudad que reverdece con cada fría lluvia.
El aire se torna mixtura del humo de los leños
y de la humedad del Sur chileno.
Es una tarde taciturna con breves espacio de luz
el escritor niega el abrazo cálido de las frazadas
en busca de un calor más hondo, más latente.
La memoria y el corazón se funden en torno
al resplandor de una silueta que embellece
las imágenes prístinas de las fotografías.
Susurra en el silencio: "Jaquelin... Jaquelin".
El hombre mira la ventana húmeda de la tarde
reparando en el tiempo y las distancias que
celosas, intentan impedir la verdad de este amor.
Exhala las ideas de la edad, de los miles de kilómetros
que le separan de la luz de sus más tiernos sueños
mientras una lágrima se desprende tímida del rostro.
Con todo, una idea -cual rayo de luz- atraviesa sus sienes
y la sonrisa emocionada vuelve a entibiar su hálito vital
y se descubre apretándose con las manos, el pecho.
Susurra en el silencio pluvial: "Ella me ama... ella me ama".
Son las tres de la tarde en Temuco,
ciudad que traza una estela de arco iris
renovando los votos con la niña amada
que espera fiel en el corazón del Soconusco.
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