Antes,
mi cabeza se hacía la huevona
con lo que sucedía en mi corazón
y mis tripas no reaccionaba a tiempo
ante los sucesos que lo requerían.
Ahora,
mi cabeza está comprometida
con los tristes avatares de mi corazón
y mis tripas se alborotan por todo
lo que implique saltar a la lucha.
La democratización del cuerpo.
Lo bueno,
la comunicación globalizada de mis sentidos
en torno a lo que dictan mi Ello, mi Yo
y pateándole el culo al Súperego.
Lo malo,
cuando el corazón no desea comprender,
cuando las tripas no saben qué hacer
y la mente se queda abandonada y herida.
Las conclusiones:
las tripas siguen al corazón;
la mente busca recuperar su autonomía
ahora algo perdida
y al corazón le importa una soberana raja
lo que tripas y mente piensen de ella,
de sus decisiones
y de las consecuencias de sus rebeldes actos.
Democratizar al cuerpo
no es más que llevarlo directamente a su mayor contradicción.
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