De un rayo de infierno onírico
nací en el ardor de una nevazón,
blanco y en proceso de expansión.
No soy lo que creen tus ojos
y lo que piensas de mí, guárdalo ahora
no vale la pena un reloj a la deriva.
Nadie abrazará ni un centímetro más
de la carne que sobresale de mi voz,
al menos, mientras me devore la noche.
Ódiame y escupe mi vil sombra fría:
sé que me deseas en mi desnudez
reflejada sobre las sábanas revueltas.
Seca tus lágrimas ígneas y la soledad
de tus mentiras azules y permíteme,
por fin, descansar en la paz... de nadie.
P.S.: Escrito en Temuco el jueves 10 de noviembre de 2011 (04:56).
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