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Una duda.
Me detiene a pensar una duda.
Me rasco el cuello y el torso
mientras me río de mi reflejo
y me someto cartesianamente
a un destello que procede
de un lapsus de cinismo.
Una duda.
Valedera duda pertinente.
¡Será que el cabello me acongoja
y que los anteojos me sitúan
en un triple haz de mentiras
porque no veo lo que veo
ni siento lo que creo!
Una duda.
Mísera y aberrante duda.
Derridianidad constante enlazada
como un nudo en mi garganta
tornándome cabeza gacha hacia abajo
con mi espalda encorvada en tortura
y mis sesos redondeados en la sima.
Una duda.
He devenido en un signo de pregunta.
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