Me vuelve a quitar horas de sueño,
me vuelve a acuchillar en mi andar callejero.
Benditos sean esos malditos hijos de la perra,
que cultivan en las nubes esas plantas del que brota
y se desperdiga por doquier.
Esa irresistible droga,
deliciosa, irresistible,
a lo sumo adictiva
y que te deteriora
hasta una muerte de rodillas
anhelada.
Música...
¡Música!
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