Este relato me lo contó don Mario Pacheco, hijo del "Tripa" Pacheco. Le pasó a un amigo de un amigo de don "Tripa".
Si encuentran que no es muy creíble, no es mi culpa. Puesto el parche antes de la herida, comiezo la historia.
Resulta que a Juan, el amigo del amigo de don "Tripa", le pasó algo extraño, inexplicable en las extensas pampas de Tierra del Fuego.
Esto pasó en los sesenta, allá por Timaukel. Fue por mayo, donde oscurece a las cinco de la tarde y amanece a las ocho de la mañana.
Juan las hacía de arriero en una estancia de Timaukel. Para quien no conozca la geografía, esta hacienda posee zonas de pampa, de estepa, junto al inicio de los bosques magallánicos que van a parar hasta la cordillera de Darwin y al canal Beagle.
Juan debía arriar unos piños de ovejas, que en Magallanes son enormes. Sólo le acompañaban los perros ovejeros -más fieles que cualquier mujer del mundo- y una petaquita de pisco, regalado por el dueño de la estancia hacía tiempo. Los días aún no llamaban nieve, pero de vez en cuando llovía. Esas jornadas habían estado con bastante sol, pero sin calor.
Al llegar la noche, Juan llegaba a alguna caseta para dormitar. Siempre en estas casuchas había alimento y pisco. O algún vino barato, para capear el frío de la zona.
Una noche, Juan se encuentra en la casucha con un olor a quemado que venía de lejos. Lo traía el viento oeste, tan típico de allá. El arriero sale del puesto para divisar entre los árboles del tupido bosque si había alguien. No veía nada. Ni una luz, ni nada. Quedó extrañado.
Al día siguiente, Juan va a echar un vistazo al sector donde supuestamente debía provenir el fuego. Y claro, se topa con un hombre más viejo que él, y Juan le increpa antes de que le vea el rostro:
- Oiga, nadien puede estar dentro de la estancia sin mi autorización ni la del patrón.
Se acerca el hombre, arropado con viejos trapos, y le responde:
- Calmao, Juan. Soy yo, Aburto.
Juan le reconoce de inmediato.
- ¡Ho-hola poh don Aburto! ¡¿Qué cresta anda haciendo acá, tan lejos de Cámeron?!
- Usted sabe, Juanito. Voy al Lago Blanco a pasar a pescar.
- Oiga, pero no es temporada de truchas todavía. Eso está más pa' septiembre, octubre.
- Es que quiero probar suerte... Aunque, igual ando medio templado, chico. No me quiero topar con el "Sin Rostro", mira que se me pilla, hasta ahí no más llegué.
Juan pone cara de incredulidad.
- ¡Ya! No me diga que usted cree en esos cuentos...
- Así es pues, Juanito. Creo y harto. Mira que si me pilla, me va a pasar lo del pobre "Guatón" Mancilla.
- Oiga, si el "Guatón" se lo buscó solito. Pero yo cacho que a ese se lo echó Pérez. Le tenía ganas al pobre "Guatón"...
- Sí, puede ser, Juanito. Pero es que cuando lo pillaron, estaba sin rostro.
Según las malas lenguas, el "Sin Rostro" andaba a caballo y cubierto de una negra capa. Y, como su nombre lo dice, no tenía cara. La conseguía matando y robándole el pellejo a cualquier descuidado que anduviera por el bosque de noche.
Se quedan mirando al suelo, pensando en el tema. El viejo Aburto hace un ademán de partir.
- Ya, Juanito. No se le vayan a arrancar las ovejas y nos vemos a la vuelta. Deseame suerte Juanito.
- Que se traiga unos gordos, si es que lo hay. Oiga, y me deja uno.
- ¡Cómo no! Ya, nos estamos viendo. Yo creo que en una semana estoy por acá.
- Cuídese don Aburto y nos vemos.
Parte rumbo a los bosques Aburto. Juan le queda mirando con una sonrisa y deseádole suerte. Juan sigue su rumbo.
Pasa la semana. No llega Aburto al lugar acordado. A Juan no le extraña pues de vez en cuando Agurto se queda por más tiempo en los bosques de la vasta estancia.
Sin embargo, a los 15 días Juan ya está inquieto. Con lo que llevaba de comida, Agurto no podría sobrevivir más tiempo. "¡¿Se habrá perdido este viejo?!" - pensaba nuestro arriero.
No aguantó más la ansiedad y fue al bosque a buscar a Aburto. Se hizo acompañar de uno de sus más leales perros ovejeros. Lo buscó por varias horas por el camino que ya le era conocido. Nada.
Se hizo de noche y ahí Juan se acordó del "Sin Rostro". "No. !Cómo va a ser cierto eso!" - meditaba nervioso. El perrito lo miraba con ternura. "¡Ay! ¡Mi Cholo! ¡¿Qué demonios hago con Aburto?!" - le inquiría, sin respuesta de parte del quiltro.
Había pasado hace horas la medianoche. No había nubes, pero tampoco estaba la luna. Una inmensa boca de lobo oscurecía todo a su paso. Sólo se oían las frondosas copas de los coigües azotándose suavemente por el viento que pasaba.
"Me voy a quedar por acá, por ahora" - pensaba Juan. "No saco nada con seguirlo buscando si no veo casi nada".
Así, Juan se guardó, con un pan y una petaca de pisco en mano.
No habrán sido las cuatro de la madrugada cuando, de repente, el perro ladra hacía la nada. Juan despierta alertado, mientras ve al ovejero correr hacia los boscosos cerros.
- ¡Cholo! ¡Cholo, weón...! ¡Ven pa'cá perro'e mierd'!
"¡Chuta! El Cholo debe haber visto a alguien. ¿No será el...? ... ¡¿Qué cresta hago?!". A Juan se le pasaba todo tipo de pensamientos por la cabeza.
En instantes, Juan camina rumbo a donde se perdió el perro. Sujeta bien fuerte la pistola y la petaca de pisco. Está -como decimos los chilenos- "caga'o de miedo". Pero va.
No caminó ni cien metros cuando el perro volvió a sus pies, asustadísimo. "¡¿Qué te pasó, Cholo?!" - le preguntaba desconcertado el arriero.
Juan sigue el rumbo cuando se encuentra, guiado por el perro, con un bulto lleno de trapos al lado de uno de los manantiales del cerro boscoso. Juan se acerca y se encuentra con el cuerpo de Aburto, boca abajo, muerto.
- "¡Ay, mi Dios! ¡Don Aburto!"
Intenta tranquilizarse. Se acerca para voltear el cuerpo del susodicho cuando se pega la sorpresa: ¡No tiene rostro!
No alcanza a lamentarse cuando escucha las potentes pisotadas de un caballo.
- ¡El "Sin Rostro"!
¡Se aparece la figura del montado frente a sus ojos! Juan se reza todo lo que puede. El perro, viendo a su amo entregado, atina a ladrar fuertemente al demonio. Este ser balbucea algo y se va del lugar.
Al día siguiente, Juan volvió presto a Cámeron a relatar lo sucedido.
Aunque prestaron santa sepultura a don Aburto en el bosque e intentaron calmar al arriero, Juan, luego del relato, pierde la cordura y queda como ido.
Así, Juan no pudo trabajar más y, no hace mucho murió, acompañado de su leal perro.
Desde ese entonces, nunca más se escuchó hablar del "Sin Rostro" hasta el día de hoy, que lo agrego a este espacio como el relato que acaban de leer.