jueves, 28 de agosto de 2008

EL "SIN ROSTRO"

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Este relato me lo contó don Mario Pacheco, hijo del "Tripa" Pacheco. Le pasó a un amigo de un amigo de don "Tripa".

Si encuentran que no es muy creíble, no es mi culpa. Puesto el parche antes de la herida, comiezo la historia.



Resulta que a Juan, el amigo del amigo de don "Tripa", le pasó algo extraño, inexplicable en las extensas pampas de Tierra del Fuego.


Esto pasó en los sesenta, allá por Timaukel. Fue por mayo, donde oscurece a las cinco de la tarde y amanece a las ocho de la mañana.


Juan las hacía de arriero en una estancia de Timaukel. Para quien no conozca la geografía, esta hacienda posee zonas de pampa, de estepa, junto al inicio de los bosques magallánicos que van a parar hasta la cordillera de Darwin y al canal Beagle.


Juan debía arriar unos piños de ovejas, que en Magallanes son enormes. Sólo le acompañaban los perros ovejeros -más fieles que cualquier mujer del mundo- y una petaquita de pisco, regalado por el dueño de la estancia hacía tiempo. Los días aún no llamaban nieve, pero de vez en cuando llovía. Esas jornadas habían estado con bastante sol, pero sin calor.


Al llegar la noche, Juan llegaba a alguna caseta para dormitar. Siempre en estas casuchas había alimento y pisco. O algún vino barato, para capear el frío de la zona.


Una noche, Juan se encuentra en la casucha con un olor a quemado que venía de lejos. Lo traía el viento oeste, tan típico de allá. El arriero sale del puesto para divisar entre los árboles del tupido bosque si había alguien. No veía nada. Ni una luz, ni nada. Quedó extrañado.


Al día siguiente, Juan va a echar un vistazo al sector donde supuestamente debía provenir el fuego. Y claro, se topa con un hombre más viejo que él, y Juan le increpa antes de que le vea el rostro:


- Oiga, nadien puede estar dentro de la estancia sin mi autorización ni la del patrón.


Se acerca el hombre, arropado con viejos trapos, y le responde:


- Calmao, Juan. Soy yo, Aburto.


Juan le reconoce de inmediato.


- ¡Ho-hola poh don Aburto! ¡¿Qué cresta anda haciendo acá, tan lejos de Cámeron?!

- Usted sabe, Juanito. Voy al Lago Blanco a pasar a pescar.

- Oiga, pero no es temporada de truchas todavía. Eso está más pa' septiembre, octubre.

- Es que quiero probar suerte... Aunque, igual ando medio templado, chico. No me quiero topar con el "Sin Rostro", mira que se me pilla, hasta ahí no más llegué.


Juan pone cara de incredulidad.


- ¡Ya! No me diga que usted cree en esos cuentos...

- Así es pues, Juanito. Creo y harto. Mira que si me pilla, me va a pasar lo del pobre "Guatón" Mancilla.

- Oiga, si el "Guatón" se lo buscó solito. Pero yo cacho que a ese se lo echó Pérez. Le tenía ganas al pobre "Guatón"...

- Sí, puede ser, Juanito. Pero es que cuando lo pillaron, estaba sin rostro.


Según las malas lenguas, el "Sin Rostro" andaba a caballo y cubierto de una negra capa. Y, como su nombre lo dice, no tenía cara. La conseguía matando y robándole el pellejo a cualquier descuidado que anduviera por el bosque de noche.


Se quedan mirando al suelo, pensando en el tema. El viejo Aburto hace un ademán de partir.


- Ya, Juanito. No se le vayan a arrancar las ovejas y nos vemos a la vuelta. Deseame suerte Juanito.

- Que se traiga unos gordos, si es que lo hay. Oiga, y me deja uno.

- ¡Cómo no! Ya, nos estamos viendo. Yo creo que en una semana estoy por acá.

- Cuídese don Aburto y nos vemos.


Parte rumbo a los bosques Aburto. Juan le queda mirando con una sonrisa y deseádole suerte. Juan sigue su rumbo.



Pasa la semana. No llega Aburto al lugar acordado. A Juan no le extraña pues de vez en cuando Agurto se queda por más tiempo en los bosques de la vasta estancia.

Sin embargo, a los 15 días Juan ya está inquieto. Con lo que llevaba de comida, Agurto no podría sobrevivir más tiempo. "¡¿Se habrá perdido este viejo?!" - pensaba nuestro arriero.


No aguantó más la ansiedad y fue al bosque a buscar a Aburto. Se hizo acompañar de uno de sus más leales perros ovejeros. Lo buscó por varias horas por el camino que ya le era conocido. Nada.

Se hizo de noche y ahí Juan se acordó del "Sin Rostro". "No. !Cómo va a ser cierto eso!" - meditaba nervioso. El perrito lo miraba con ternura. "¡Ay! ¡Mi Cholo! ¡¿Qué demonios hago con Aburto?!" - le inquiría, sin respuesta de parte del quiltro.


Había pasado hace horas la medianoche. No había nubes, pero tampoco estaba la luna. Una inmensa boca de lobo oscurecía todo a su paso. Sólo se oían las frondosas copas de los coigües azotándose suavemente por el viento que pasaba.

"Me voy a quedar por acá, por ahora" - pensaba Juan. "No saco nada con seguirlo buscando si no veo casi nada".

Así, Juan se guardó, con un pan y una petaca de pisco en mano.


No habrán sido las cuatro de la madrugada cuando, de repente, el perro ladra hacía la nada. Juan despierta alertado, mientras ve al ovejero correr hacia los boscosos cerros.


- ¡Cholo! ¡Cholo, weón...! ¡Ven pa'cá perro'e mierd'!


"¡Chuta! El Cholo debe haber visto a alguien. ¿No será el...? ... ¡¿Qué cresta hago?!". A Juan se le pasaba todo tipo de pensamientos por la cabeza.


En instantes, Juan camina rumbo a donde se perdió el perro. Sujeta bien fuerte la pistola y la petaca de pisco. Está -como decimos los chilenos- "caga'o de miedo". Pero va.


No caminó ni cien metros cuando el perro volvió a sus pies, asustadísimo. "¡¿Qué te pasó, Cholo?!" - le preguntaba desconcertado el arriero.


Juan sigue el rumbo cuando se encuentra, guiado por el perro, con un bulto lleno de trapos al lado de uno de los manantiales del cerro boscoso. Juan se acerca y se encuentra con el cuerpo de Aburto, boca abajo, muerto.


- "¡Ay, mi Dios! ¡Don Aburto!"


Intenta tranquilizarse. Se acerca para voltear el cuerpo del susodicho cuando se pega la sorpresa: ¡No tiene rostro!


No alcanza a lamentarse cuando escucha las potentes pisotadas de un caballo.


- ¡El "Sin Rostro"!


¡Se aparece la figura del montado frente a sus ojos! Juan se reza todo lo que puede. El perro, viendo a su amo entregado, atina a ladrar fuertemente al demonio. Este ser balbucea algo y se va del lugar.



Al día siguiente, Juan volvió presto a Cámeron a relatar lo sucedido.


Aunque prestaron santa sepultura a don Aburto en el bosque e intentaron calmar al arriero, Juan, luego del relato, pierde la cordura y queda como ido.



Así, Juan no pudo trabajar más y, no hace mucho murió, acompañado de su leal perro.




Desde ese entonces, nunca más se escuchó hablar del "Sin Rostro" hasta el día de hoy, que lo agrego a este espacio como el relato que acaban de leer.




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ROCK IS NOT DEAD

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Siempre pensaba que debí haber sido rockero.

No lo sé. Tenía un poco de voz, sabía tocar guitarra, adoraba a los clásicos del Rock N' Roll. Adoraba a Queen.

No fue así. Me convertí en otro universitario más de este país de estudiantes mediocres y drogos.


Quizá debí haber nacido en otra época. En otro lugar.

Retornar a lo que nunca fui. Soñar con lo que ahora ya no seré.



Me tendía en los prados de aquellos parques, por donde pasa poca gente. Alguno que otro amante, de esos que tienen lentes, ocultando quizá algún affaire pasajero y reñido con la moral cristiana, burguesa y todas esas estupideces que significa estar en un matrimonio sin amar al de al lado.


Allí me iba con mi guitarra vieja de tanto tocarla y aporrearla, a crear algún riff o, si andaba cercano a la trova, recrear uno que otro arpegio.

El sol primaveral era alejado de mis ojos por las hojas de los altos sauces. Me acurrucaba con mi guitarra en la base del sauce, recibiendo la luz brillante y el cielo sin horizonte, infinito como el azul de mi tristeza y mis frustraciones.



Sí. Deseaba ser rockero. Ser un trovador, quizá. Un poco más que lo que soy. No por la fama, sino por la vida y la muerte. Lo erótico, lo tanático. Todos esos discursos de cátedra de psicoanálisis. El rock es un poco de filosofía. Es como nos hemos hecho: a sangre, música y a patadas en el culo. Abandonados de todo y entregados a todo.


Todo eso pensaba bajo el sauce. Anochecía. Ya los acordes no me salían debido al frío y a los calambres que entorpecían mis dedos.

La guitarra te provoca eso. Mientras más cabrón eres tocándola, te aleja más del mundo. Veo cómo otros giles tocan con pésimos rasgueos y tienen un círculo de amigos cantando, felices, sonrientes, sus canciones.


Yo estoy solo. Intento sacarle lo inefable a la sexticorde. Al menos intento. No me es posible. La noche me ha superado y me es tan difícil recibir a estas alturas el calor humano. La mano amiga. Un beso femenino diciéndome "hasta mañana".



Estoy agotado. Es todo por hoy.



Me envuelvo entre mis cartones y me pongo a dormir, esperando que entre las estrellas de la colosal noche, aparezca un ánima, un Freddie Mercury que desde los cielos me venga a buscar para que me lleve junto a Dios para rockear.




No quiero estar otro día más solo.




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lunes, 25 de agosto de 2008

JUICIO

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David se mira el rostro en el espejo. Se reunirá dentro de veinte minutos con Marcela, la mujer más importante de su vida.


David va igual de desarreglado que siempre. Siente que se ve bonito con esa facha. Bueno. Él se siente bien. Al menos va de negro.


Marcela todavía está en la micro. Está algo ansiosa por llegar y no faltar a la hora acordada con David. Sabe que David se molesta con los retrasos. Será malvestido, pero es puntual.


David se impacienta pese a que no son todavía las tres de la tarde.


El sol es de mentira y las nubes juegan a esconderlo de los ojos de los mortales. Corre un ligero viento que cala en los huesos porque nace de los hielos cordilleranos.


David mira la entrada del Cementerio General. Voltea la mirada hacia la plazuela ornada de arcos a lo romano. A lo lejos, ve casi corriendo a Marcela. Ella levanta su brazo, saludándolo a lo lejos. Marcela sonríe y David deja ir su disgusto, devolviendo otra sonrisa.


- ¡Llegaste amor!

- ¡Cómo no iba a llegar! Perdón, mi vida. Es que me retrasé por la micro. ¡No pasaba nunca!

- Tú sabes Marcela que debes salir más temprano de casa.


Mientras le decía esto, David abraza cariñosamente a Marcela.


Marcela le muestra los claveles. El color flama de las flores contrasta con las sobrias vestimentas de los amantes. David besa en la boca a Marcela. Ella se sonroja, rompiendo la pureza de su tez alba.


Tomados de la mano, ambos entran al Cementerio General. El sol se despide, perdiendo el juego frente a la grises nubes.


Marcela y David recorren las callejuelas del enorme lugar sacrosanto.


Luego de pasar por los mausoleos históricos de los presidentes de la Nación, llegan al sector de los nichos. Buscan con sus miradas el nicho correspondiente al perdido ser querido.


Al hallarlo, Marcela se acerca ante el nicho. Lo acaricia con sus dedos ligeros. La pena va invadiendo de suspiros su boca femenina.


- ¡Padre mío!


No soporta más y estalla en silencioso llanto.


- Perdóname... Te amo papito... pero también lo amo a él. ¡Lo siento papá...!


David escucha en silencio fúnebre los sollozos de su amada. Marcela deja de hablarle al nicho y se aleja un poco, dejando un espacio para que David se acerque.


David mira la tumba. Observa con fortaleza la imagen del padre de Marcela. No quiere quebrar en llanto. Intenta mantenerse calmo. Trata de no perder la templanza.


David, finalmente, le habla en voz alta a la tumba.


- No quisimos hacerte esto... No queríamos este fin... Queríamos verte feliz y vivo, junto a nosotros... Papá.


Marcela agacha la cabeza de manera tan pronunciada como si se enfrentase al Juicio Final.


- Te amamos papá. Pero también yo la amo. Siempre amé a Marcela. ¡Siempre, papito...!


Luego de las últimas palabras que exhala dificultosamente, David cae sobre sus rodillas y se ponen a llorar, orando.





Salen del Cementerio General Marcela y David. Sus rostros intentan recuperar el color.

Van tomados de la mano.

Como dos amantes más en este Santiago invernal.


Como dos amantes...



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CONTRADICCIÓN

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Nápoles, 31 de Diciembre de 1997


Adorado Fantasma:



Sé que no leerás esta carta. Lo sé.

Sé también que gasto tiempo inútilmente pensando en que te volveré a ver. Sé que no será así. No, no volveré a verte jamás.

No importa gastar tinta ni tiempo, que ya a estas alturas me sobra.


Soy una mujer firme. Solitaria, pero valiente. ¡Y sigo aquí!


¡Soporté que se me cayera el mundo luego de la llegada de los milicos al poder!
¡Soporté tu altanería cuando te ofrecían cuanto puesto burocrático te ofrecieran por cooperar con los fascistas y también soporté cuando me dejaste abandonada por esa 'momia' asesina!


Pero, con todo, ya no te odio.


¿Cómo odiar tus ojos oscuros que me mataban con su relampagueante brillo?
¿Cómo odiar tu cabello, negro como la más profunda de las simas de los océanos?
¿Cómo odiar esa sonrisa que competía con las nieves de la cordillera en pureza?
¡¿Cómo?!


Así y todo, con tu belleza y todo, con tu encanto y todo, con tu labia y todo, renunciaste a cambiar el mundo conmigo, renunciaste a renegar del apellido Errázuriz Larraertigoitía que cargas como maldición, renunciaste a seguir al compañero Allende luego de su ofrenda: renunciaste a mí.


¡Eras tan diferente antes!

¡Con tu guitarra en la mano!

¡Con nuestras canciones secretas!

¡Con nuestras marchas junto al Pueblo!

¡Con la droga de las hierbas y el sexo fascinante, intenso e íntimo!


Con lo poco que había. Con el todo por hacer.


Pero tu cobardía te hizo renunciar a lo que construimos, a lo que soñamos, a lo que proyectamos.


¡Tú sabías que yo no iba a cambiar! ¡Lo sabías!

¡Te dije que no cambiaría aunque la UP se cayerá! ¡Aunque los sueños nuestros de justicia y amor se cayerán!


¡¡Tú lo sabías!!



Por todo esto, desde ese día estás muerto para mí.

Aunque sepa que sigues con vida.

Aunque sepa que trabajas para este gobierno, con su democracia de mierda y con Pinochet en el poder.

Aunque te vea todos los días de mi vida en el televisor.

Aunque te piense cada segundo de mi existencia, estás muerto.


¡¡¡Muerto!!!




Y aún así, con las lágrimas que arrojo por haber sido de Izquierda en una familia momia como la que tuve, aún con las persecuciones de las que fui presa, aún con mi forzoso exilio en esta bellísima y melancólica Italia, aún con la humillación que viví al verte trabajando para ellos...


... te amo.



Sí. Te amo.



¡Te amo tanto!



Sí. Así me ponen las canciones de Franco Simone y un par de copas de más.




Pero bueno amado mío, "Non si può morire dentro" decía la canción de Gianni Bella...


No morí por los milicos. Y ya no morí por ti...




Por eso, al finalizar este año, es hora de decirte



(aunque nunca jamás lo sepas)
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ADIÓS





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sábado, 23 de agosto de 2008

ETERNO RETORNO

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- Ya vai a ver no má... ¡¡Vai a ser mía, washita!!


El pobre compadre dirigía estas palabras, pero sólo con una oscura y calentona mirada. Su boca permanecía muda, silenciada quizá por la lengua que, excitada, recorría esos labios secos y faltos de sexo.


- ¡Oh mi'jita linda! ¡¡¡Cómo te haría chupeta!!!


Así, nuestro amigo (digámosle 'amigo' para no ser un narrador tan miserable con este pobre diablo) arrastraba el poncho por las calles de un Santiago repleto de smog. No se veía la cordillera, ni el San Cristóbal. Nada.


De repente, entre las mujeres que habían rechazado sus silenciosas provocaciones, y las que más, que no se percataron en lo más mínimo (obvio, debían andar pensando en su trabajo, en su novio, en su familia y en muchas cosas más importantes), aparece un bello modelo femenino en su camino, recibiendo la insaciable mirada del tipo con una sonrisa y un gesto usual en ellas cuando quieren coquetear: unos jugueteos en su cabello castaño.


Nuestro amigo la vio pasar y, al cruzarse, él queda mirándola por atrás. Casi casi chorrea de babas el chaleco que llevaba puesto, porque la mujer tenía lo suyo: ni alta ni baja, delgada, castaña (como ya señalé), de tez blanca, ojos almendrados y con vestimentas que ceñían su atractiva figura.

Ella voltea su rostro hacia el compadre y le vuelve a sonreír. Nuestro baboso amigo queda loco y lentamente le sigue. Ella, al darse cuenta, continúa caminando sin ponerse nerviosa; por el contrario, empieza el juego.


La chilena pícara baja al metro Universidad de Chile y nuestro compadre, para no perderle la pista, chicotea los caracoles y acelera los pasos.

No la pierde de vista.


Ella cruza los pasillos del metro, repleto de negocios. Sale el olor rico de las galletas del "Castaño", pero a nuestro hombre no le entran balas y sigue -perro sabueso- tras el objetivo: la castañita coqueta.


Ella baja por las escaleras al metro. La mujer le apunta al personaje con el brazo hacia abajo, como queriendo decirle que el encuentro será en los andenes del metro. El compadre acelera aún más los pasos, porque si sigue con ese ritmo, cooperó no más.

La ve cargando su Tarjeta Bip! y baja a los andenes del metro. Él no anda con plata suficiente para cargar la dichosa tarjeta y le ruega a todos los santos para que pueda pagar su boleto con lo que le queda.


¡¡¡Sí, pasó!!!


Ella está llegando al andén cuando nuestro roto -de manera decidida- trota para bajar a encontrarse con ella. Está dichoso y con la maldad entre las piernas.


¡Por fin! Ella y él, a diez metros de distancia. Nuestro calentón amigo se acerca y con el mejor timbre de voz, más baritono que un argentino, le dice:

- ¿Te gusto, no es cierto?


La mujer quita la sonrisa del rostro y le responde, increpándolo:


- Mira loco, no te vengai a hacer el lindo conmigo ¿Entendiste?

- ¡Pe-pero si me miraste y me sonreíste y...!

- ¡Uyyy! Ustedes los hombres son todos unos babosos... Yo te sonreí porque me di cuenta que tenías el cierre del pantalón abierto. ¡Intenté no cagarme de la risa...!

- ¡O sea, que las señas de las escaleras eran de...!

- Sí, poh. ¡Pa' que te subierai el cierre, agilao!


Nuestro amigo se derrumbó por dentro y el sex appeal se le fue a las rechupallas. Hasta las babas se le secaron de cansancio y desamor. Para más remate, la mujer se encuentra en el momento con otra mina, y se pegan manso calugazo.

Antes de abordar el metro, ella le dice, en son de burla:


- ¡Soy lesbiana, aweonao!


Nuestro pobre diablo sube a la superficie y vuelve a las calles. Solo.

Se dice por dentro "¡Nunca más, nunca más seré tan weón!".



Ahora sí, iba a su pega de mesero, sin un peso -además de lo perdido en la tarjetita Bip!- cuando aparece otra mujer. Una morenita despampanante y muy suelta de cuerpo. Le sonríe a nuestro amigo.


El personaje, sin pensar en su pega ni en las monedas que faltan para llegar a casa -cada vez más pobre, desordenada y solitaria- persigue coqueto y caliente a la chilenita, que ya va acelerando sus pasos rumbo al metro Universidad de Chile.


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¡CIUDAD DE MÉXICO SÍ QUE ES BARROCA!

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Estoy rodeado de calles extrañas que llevan hacia qué sé yo dónde. Me parece que voy al oriente.


Llegué en metro y, luego de salir del Zócalo, aún no me ubico. Me largo a caminar, mapa en mano. Hace calor, creo que mucha para ser invierno.

No. No me ha afectado la altura, pese a las recomendaciones en la bienvenida realizada en la universidad.


¡Ciudad de México es tan barroca! Es un microcaos. En realidad, no sé qué tan 'micro' pueda llegar a ser porque es inmensa...


La calle de La Soledad me lleva por enormes y desgastados edificios. Hay una iglesia en la esquina. Barroca, como todas. Repleta de ángeles, vírgenes y elementos americanos en sus relieves.

Veo algo de comercio y bastante gente. Me miran extraño. Notan que soy extranjero. Murmuran a lo lejos indescifrables palabras... Creo que me dicen ‘güero’.

Basura en los rincones. Restos de lo que alguna vez fue un mixiote.

Un poco de hedor, olor a orina, a algo.

Hay unos vasos blancos en el suelo, de esos con lo que sirven el atole mañanero. ¡Qué delicia es probar un atole en las mañanas!


Luego de pasar por unos pasajes, me encuentro con una avenida repleta de autos, taxis y peceros. Leo el letrero: Avenida Circunvalación.


¡Es realmente raro que a las diez de la mañana haya por estas manzanas tantas putas!

Sí. Hay algunas que ya son viejas, pero me sorprendo al ver a niñas de trece o catorce años... ¡Ciudad de México es barroco!


Sin ser tan cristiano -soy cristiano, o al menos, eso dice el perfil de mi cuenta en Facebook- voy a admirar a la virgen, cuyo velo veo por detrás. A una Guadalupe que está en un pedestal en una de las esquinas de la avenida. Me impresiono bastante al percatarme que era una calavera envuelta en una manta.


- ¡¡¡¿Qué cresta es esto?!!!


La pregunto con voz tímida a un hombre que está mirándome en la esquina.


- ¡Mande!


(¿Qué me habrá querido decir con eso?)


No digo nada, hasta que el hombre me dice:


- ¿Es extranjero?

- Sí, de Chile.

- ¡Ahhh! ¿Y qué haces en la Merced? ¿Acaso no te dijeron que los güeros no tienen que venir por este barrio?


Ya sabía que era ser güero.


- No, pero me dijeron que no era tan peligroso como Tepito. Ahí sí que no voy...

- ¡Estás informado, güero! Ahora, lo que ves allí es nuestra Santísima Muerte. Acá habemos muchos que la veneramos.

- ¡Ahhh! Disculpe mi ignorancia.

- Tranquilo, wey.




Hay cosas raras en Ciudad de México. Pero ocurre algo extraño en mis pensamientos y en lo que siento.


Quizá me estoy dejando envolver por esta fascinación, barroca...


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jueves, 21 de agosto de 2008

NADA MÁS

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Otra lágrima cae en la copa de dulce vino tinto.


Otra noche escribiendo tantas y tantas cosas que nadie leerá. Que tú no leerás.

Doy un beso amargo a la copa.

Le doy un beso a tu ausencia.


La habitación ha caído en la oscuridad, cual cielo roto.

Intento rozar con mis dedos el último libro que me leíste, la última carta que me enviaste, la vanidad de tu adiós en el aire.

Persistes en el aire que se corrompe con el tenue calor de un cirio que delata mi destrucción frente al espejo.

Me desvanezco en el sofá impregnado de tantos y tantos amores fallidos. La copa de vino arroja su último elíxir sobre la alfombra.



Podía resistir más. De veras, podía. Pude soportar otros puñales, pero no imaginaba que tu daga destajaría lo más íntimo de mí. Mi leve esencia. Mi ser...



¡¡¡¿Por qué te marchaste tan lejos?!!! ¡¡¡¿Por qué huíste?!!!


¡¡¡Díme!!! ¡¡¡Haz hablar a tu sombra... ausente!!! ¡¡Respóndeme!!


¡¡¡Que alguien me responda, por favor!!!


¡¡¡Alguien...!!!


¡Por favor...!






¡Yo pude darte tanto, tanto...!

¡Sí, pude...!



¡¡¡Pero no!!! ¡¡¡Tenías que pegarte ese tiro en la sien...!!!


¡¡¡Tenías que hacer con tus sesos lo que la furiosa borrasca hace con las vidas desprotegidas!!!


¡¡¡Fue tan fácil para ti, no!!!


¡¡¡Fue tan fácil...!!!


...







La copa de negro vino y lágrimas se ha destrozado.


Lo poco que quedaba en pie de mí... también.


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UN DÍA PUEDE CAMBIAR UNA VIDA

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Me arde la oreja izquierda. Deben estar pelándome heavy.

¡Estoy rodeado de enemigos por la xuxa!

Sin desayunar, corro rápido al paradero del Transantiago para tomar una micro...

¡Puta la weá! Se pasó el culiao... ¡Tengo prueba y no sé cómo mierda voy a llegar a la 'U' en media hora!


¡Por fin, una micro! Ya weón, pónte cerca de la puerta, mira que siempre la gente se pone en los extremos. Son tan flojos los weones.


El metro está lleno y yo, apurado. ¡¿Dónde dejé mis apuntes?! Ufff.... aquí están.


- ¡Y voh, qué mirai!


Claro, ahora rehusa mirarme. ¡¿Quién se cree para wevearme mientras estoy en algo tan importante?!


Mmm... Mmm... Ya. Terminé la weá de texto.


Por fin, metro Los Héroes. ¡Ya poh, avancen!


!Por la cresta, no me dejan avanzar estos viejos weones!


- A ver, permiso señor que estoy apurado...

- Disculpe joven...


¡Disculpe...! No me bastan las disculpas. El profe no me va a subir la nota con disculpas ajenas...


Estoy llegando a las escaleras, ya, ya...


- ¡Por la mierda! ¡¡¡¿Quién me wevea ahora?!!!

- Disculpe joven, pero se le cayó la billetera e intentaba alcanzarlo. Perdón por haberle asustado.


¡Dios mío! ¡Nunca me había sentido tan maldito!


- No se preocupe señor. Perdóneme por haber reaccionado así. Muchas gracias...



Tengo un nudo en la garganta. Tengo ganas de llorar y no puedo llorar aquí.
Siento vergüenza...


¡Tanta y tanta gente que no merece que otro como yo amargue aún más sus vidas...!



ILUSO

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Ilusionado, bajo del metro para juntarme con mis amigos y asistir al IV Congreso Nacional de Historiadores a realizarse en Santiago.

Espero ansioso que comience la discusión.

Seguramente hoy será un día especial. Harán ponencias Pinto, Salazar, Gazmuri, Serrano y tantos, tantos otros. ¡Tantos intelectuales! ¡Tanta gente valiosa! Además, el tema es genial.

Estoy extasiado de conocer, de saber, de aprehender conocimientos para poder comprender, en mi lugar de simple estudiante de pregrado, un poco más a la gente de mi país.


Por fin, empiezan las ponencias.


Está algo raro el ambiente. Hablan de cosas muy interesantes, sin embargo, al terminar las exposiciones se ríen entre ellos y sin compartir su alegría con nosotros. Bueno, serán cosas de maestros de la disciplina de mis amores...


Siguen los foros.


En un interludio paso a tomar un café expreso y escucho a un historiador social increpando a uno de los caballeros, de los que deben mantener el aseo, por no haber recogido prestamente un vaso plástico con una mitad de café de un asiento. El aseador, de edad avanzada, no hace más que agachar la cabeza y hacer lo que olvidó hacer y que el historiador -tan "empático"- le ordenó.

Creo que es un error. Bueno, errar es humano ¿no?


Ha llegado la tarde. Siguen las exposiciones, los cafés expreso, las bromas entre historiadores, las prepotencias y los discursos que vuelan como las mariposas, arrastradas por el tornado, que no caen nunca en la materialidad de la tierra.


Estoy deshecho.


Harto de las ponencias y de tantas perspectivas historiográficas, salgo del instituto y me convierto en uno más del montón. Envuelto en la noche, abordo una micro a casa y, al pasar, escucho a dos señoras que comentan sus sufrimientos y cotidianeidades.

Esos segundos de conversación son preciosos y no respiro para escuchar sus opiniones. Siento mi rostro iluminado nuevamente.


Sí. ¡Soy parte de la gente! ¡Gracias al cielo sigo siendo uno del montón...!


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ENSOÑACIÓN

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- ¡Ay! ¡Ay! Acaba acaba, guapo...

- ¡¿Ya?! ¡¿Estai lista?!

- ¡Ay Dios, sigue sigue que viene otro...!

- No me weís, jajajaja...

- ¡Erís demasiado exquisito...!


Claudia rompe el silencio de la habitación con un enorme alarido de placer. Fernando, sudoroso, se torna de espaldas para descansar luego de aquellos delirios que sólo produce el sexo.


- ¡Erís demasiado mino y exquisito, weón!

- ¡Puta, es lo que hay! - expresa jactancioso el tipo.


Se ríen siendo cómplices del goce del otro.



Luego de descansar tendidos en la cama, decorada de color beige, Claudia despierta y queda absorta mirando cómo duerme Fernando.

Claudia acaricia de modo sutil el pecho de su hombre. Roza los vellos y, con sus dedos de seda, pasa como una brisa de estío sobre el miembro de Fernando, que se mantiene semierecto y húmedo.

Ella lo ama. O, al menos, siente una pasión desenfrenada que, con lo que le queda de cordura, intenta detener.

El sol matutino aparece entre las cortinas, que hacen juego con el cobertor de la cama. El sonido de las olas a lo lejos arrulla el cansancio de Fernando, que lo dio todo para satisfacer a Claudia.


Claudia se levanta. Ya son las ocho. Mira levemente por la ventana y admira la terraza que da hacia la ancha playa que muere en el mar que se mece tranquilo, como lo puede ser el sueño de una mariposa.

Ella, semivestida, sale por la terraza y se apronta a ir al mar. La mañana está más que agradable y casi no hay brisa. Casi.

Claudia se lanza hacia el mar cálido y refresca el cuerpo que hace unas horas se entregó al desenfreno del sexo.

Relajada, flota sobre las aguas saladas, mirando al brilloso cielo, los bordes de los acantilados, la playa que acompaña la pequeña cabaña que alberga a los amantes, el horizonte pletórico de mar.


Está contenta. No piensa en nada más.

Por fin pudo olvidar su trágica adolescencia, su matrimonio fallido y los engaños del último conviviente a quien dio instantes valiosos de su vida. Por fin olvida la presión de los padres y los momentos amargos que nunca proyectó.


Ahora está sola con un perfecto desconocido, haciendo lo que se le viene en ganas en el único lugar que heredó de esos podridos tiempos pasados.


EN UN INSTANTE...

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- ¡Córrete mierda...! ¡Pero ya estás llorando...!


El tipo sale desnudo de la cama, se pone la ropa y abandona a la mujer que no para de llorar en la oscuridad de la habitación.


No ha culminado de buena manera la noche, que se hace más y más gélida.


- Cuando vuelva no quiero verte de nuevo el caracho, ¿está claro?


El hombre insiste con los insultos. El departamento se vacía de sentimiento alguno.


Al salir del edificio presuroso, el tipo extrae del bolsillo izquierdo del pantalón una cajetilla de cigarros, enciende uno y se echa a caminar algo más distendido por las calles de la ciudad.

El frío es persistente y no son más de las cuatro de la madrugada.

El tipo necesita un café. Sus ojos color cielo buscan alguna bencinera, algún antro donde pasar las penas. No quiere llorar.

No. No hay nada que ver, nada que vivir en el camino.

Una que otra puta se le acerca, pero él no las mira y sigue su andar. Está con la mierda hirviendo en la cabeza. No quiere volver a su departamento.

Mira al cielo, que va despojándose de intermitentes gotas de lluvia. No quiere seguir esta vida.

El tiempo es eterno como el frío y no aparece el sol. No se ve gente en la calle. Tampoco autos.

Alcanza con sus pies la base de un puente que cuelga sobre un río oscuro, torrentoso y maldito, que rompe con la civilidad de lo urbano. Quizá tan oscuro y torrentoso como el tipo abstraído en sus corrientes.


En los ojos obnubilados aparece una sombra más negra que la boca de lobo de la noche que envuelve al hombre y, sin pensarlo dos veces, se abalanza sobre las aguas del río taciturno, volviéndose por fín uno con el mundo.

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martes, 19 de agosto de 2008

ES LINDO MIRAR POR LA VENTANA


Es lindo mirar por la ventana. Escuchas el tecleo que se arriman a mis oídos mientras tus ojos recorren los desgastados techos que ornan el panorama. Presiento una mirada cercana a mí: desatiendo la presión.

Bajo por las escaleras de la universidad y me pongo en camino hacia algún lugar. Me dirijo a Barroso.

- Wena weón!!!

- ¿Qué te pasa gay culiao?

(Esteban, Esteban…)

- ¿Cómo te ha ido?

- Bien poh… Tuve clases en la mañana de Metodología…

- Buh… Yo tengo clases a las tres.

- ¿Y aónde vai ahora?

- A comer, weón. Toy cagao de hambre…

- Cómete este poh…

Pasan desapercibidas a oídos de los demás nuestras carcajadas.

Empezamos a conversar de lo de siempre: qué profes, qué el metro, qué lo repleto del casino, qué dónde vamos a ubicarnos para almorzar.

- Esta weá a esta hora siempre está llena…

Siempre es lindo estar con los amigos. De la nada aparecen los otros: el Alonso, la Dani. Llega el Christian… La Nancy saluda a la pasada, cargada de sendos dossiers para su ayudantía.

Las bromas de siempre se asoman mientras estoy con ellos.

Luego, cada uno se desparrama por la universidad. El ritual de despedidas está hecho.

Hoy no viene Carolina. De todos modos, reparo si el celular tiene alguna llamada perdida.

Cruzo la Alameda. Este invierno es cualquier cosa, menos invierno. Las micros y la gente van hacia todos lados. Tengo la cámara en la mochila, pero no quiero sacarla. No debo, aunque con los ojos vislumbro las posibles fotos que quedarán para otra oportunidad.

Llego al paradero Transantiago y, como es media tarde, lo abordo sin problemas. Me siento a la izquierda, como siempre. La expreso parte y recorro con la vista los asientos semivacíos. Nadie conversa.

Es lindo mirar por la ventana: la cordillera nevada, los edificios, los vehículos, la gente, los blocks. Me espera Carolina al llegar.


Sí. Esta rutina sí que me pone bien…


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