.
- ¡Córrete mierda...! ¡Pero ya estás llorando...!
El tipo sale desnudo de la cama, se pone la ropa y abandona a la mujer que no para de llorar en la oscuridad de la habitación.
No ha culminado de buena manera la noche, que se hace más y más gélida.
- Cuando vuelva no quiero verte de nuevo el caracho, ¿está claro?
El hombre insiste con los insultos. El departamento se vacía de sentimiento alguno.
Al salir del edificio presuroso, el tipo extrae del bolsillo izquierdo del pantalón una cajetilla de cigarros, enciende uno y se echa a caminar algo más distendido por las calles de la ciudad.
El frío es persistente y no son más de las cuatro de la madrugada.
El tipo necesita un café. Sus ojos color cielo buscan alguna bencinera, algún antro donde pasar las penas. No quiere llorar.
No. No hay nada que ver, nada que vivir en el camino.
Una que otra puta se le acerca, pero él no las mira y sigue su andar. Está con la mierda hirviendo en la cabeza. No quiere volver a su departamento.
Mira al cielo, que va despojándose de intermitentes gotas de lluvia. No quiere seguir esta vida.
El tiempo es eterno como el frío y no aparece el sol. No se ve gente en la calle. Tampoco autos.
Alcanza con sus pies la base de un puente que cuelga sobre un río oscuro, torrentoso y maldito, que rompe con la civilidad de lo urbano. Quizá tan oscuro y torrentoso como el tipo abstraído en sus corrientes.
En los ojos obnubilados aparece una sombra más negra que la boca de lobo de la noche que envuelve al hombre y, sin pensarlo dos veces, se abalanza sobre las aguas del río taciturno, volviéndose por fín uno con el mundo.
- ¡Córrete mierda...! ¡Pero ya estás llorando...!
El tipo sale desnudo de la cama, se pone la ropa y abandona a la mujer que no para de llorar en la oscuridad de la habitación.
No ha culminado de buena manera la noche, que se hace más y más gélida.
- Cuando vuelva no quiero verte de nuevo el caracho, ¿está claro?
El hombre insiste con los insultos. El departamento se vacía de sentimiento alguno.
Al salir del edificio presuroso, el tipo extrae del bolsillo izquierdo del pantalón una cajetilla de cigarros, enciende uno y se echa a caminar algo más distendido por las calles de la ciudad.
El frío es persistente y no son más de las cuatro de la madrugada.
El tipo necesita un café. Sus ojos color cielo buscan alguna bencinera, algún antro donde pasar las penas. No quiere llorar.
No. No hay nada que ver, nada que vivir en el camino.
Una que otra puta se le acerca, pero él no las mira y sigue su andar. Está con la mierda hirviendo en la cabeza. No quiere volver a su departamento.
Mira al cielo, que va despojándose de intermitentes gotas de lluvia. No quiere seguir esta vida.
El tiempo es eterno como el frío y no aparece el sol. No se ve gente en la calle. Tampoco autos.
Alcanza con sus pies la base de un puente que cuelga sobre un río oscuro, torrentoso y maldito, que rompe con la civilidad de lo urbano. Quizá tan oscuro y torrentoso como el tipo abstraído en sus corrientes.
En los ojos obnubilados aparece una sombra más negra que la boca de lobo de la noche que envuelve al hombre y, sin pensarlo dos veces, se abalanza sobre las aguas del río taciturno, volviéndose por fín uno con el mundo.
=0=
No hay comentarios:
Publicar un comentario