jueves, 21 de agosto de 2008

ILUSO

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Ilusionado, bajo del metro para juntarme con mis amigos y asistir al IV Congreso Nacional de Historiadores a realizarse en Santiago.

Espero ansioso que comience la discusión.

Seguramente hoy será un día especial. Harán ponencias Pinto, Salazar, Gazmuri, Serrano y tantos, tantos otros. ¡Tantos intelectuales! ¡Tanta gente valiosa! Además, el tema es genial.

Estoy extasiado de conocer, de saber, de aprehender conocimientos para poder comprender, en mi lugar de simple estudiante de pregrado, un poco más a la gente de mi país.


Por fin, empiezan las ponencias.


Está algo raro el ambiente. Hablan de cosas muy interesantes, sin embargo, al terminar las exposiciones se ríen entre ellos y sin compartir su alegría con nosotros. Bueno, serán cosas de maestros de la disciplina de mis amores...


Siguen los foros.


En un interludio paso a tomar un café expreso y escucho a un historiador social increpando a uno de los caballeros, de los que deben mantener el aseo, por no haber recogido prestamente un vaso plástico con una mitad de café de un asiento. El aseador, de edad avanzada, no hace más que agachar la cabeza y hacer lo que olvidó hacer y que el historiador -tan "empático"- le ordenó.

Creo que es un error. Bueno, errar es humano ¿no?


Ha llegado la tarde. Siguen las exposiciones, los cafés expreso, las bromas entre historiadores, las prepotencias y los discursos que vuelan como las mariposas, arrastradas por el tornado, que no caen nunca en la materialidad de la tierra.


Estoy deshecho.


Harto de las ponencias y de tantas perspectivas historiográficas, salgo del instituto y me convierto en uno más del montón. Envuelto en la noche, abordo una micro a casa y, al pasar, escucho a dos señoras que comentan sus sufrimientos y cotidianeidades.

Esos segundos de conversación son preciosos y no respiro para escuchar sus opiniones. Siento mi rostro iluminado nuevamente.


Sí. ¡Soy parte de la gente! ¡Gracias al cielo sigo siendo uno del montón...!


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