martes, 23 de septiembre de 2008

ESCAPE

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Tengo más sueño que la cresta.


No he dormido muy bien. Vengo a la universidad a puro dormir en clases.


Es cómodo el asiento. ¡Me quedaría recostadito ahí por horas!


El sermón del profe es como un susurro marino. Los debates entre mis compañeros son como las olas pegando contra las rocas. Y el asiento... las arenas de una blanca y cálida playa.


Escucho la música que mi mente quiere escuchar. El mar tranquilo, el mar ancho, de colores azules claros.


Siento las hojas de las altas palmeras queriendo acariciar la brisa veraniega. El sol es templado, no muy quemante.


Los ojos bien cerrados. Sólo así es posible tanta maravilla. ¿De qué me sirven mis ojos sino es para no necesitarlos?


Recorro volando la playa. Me convierto en algo volátil, etéreo, frágil y finito. Soy menos humano, soy más natural.


¡Qué hermosos son los acantilados de la vida!


¡Voy volando tan, tan alto, que escucho la voz de Dios murmurando plegarias al Mundo!
El murmullo se multiplica. La voz es de todos. Todos hablan.



Abro los ojos repentinamente. Se acabó la clase. Mis compañeros conversan y se ríen. El profesor mira su celular y se va de la sala. No lo miro ni él me mira.



Otra mañana más de escapes.



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martes, 16 de septiembre de 2008

LLEGÓ BORRACHO EL BORRACHO...

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Un compadre, con sus buenas copas de más, caminaba -mejor dicho, zigzagueaba- por una oscura calle del centro de Punta Arenas.

Era invierno y no había luna, por lo que la visibilidad era poca. No había un gil en la calle. Las pocas luces caseras no alcanzaban a iluminar el frío callejón por el que pasaba el socio.

Sí. Era domingo en la noche. ¡Y bien de noche que era!


Este hombre, borracho como estaba, había salido de un antro de mala muerte para ir a dar, como dijimos, por un callejón oscuro. Pero, no era cualquier callejón. Era el largo trecho boscoso que rodeaba por atrás al Cementerio más viejo de la ciudad.


¡Y no se nos caga de miedo nuestro hombre!


Bueno. La pensó entre cruzar el camino rodeado de noche o dar la tremenda vuelta por la entrada del camposanto hasta llegar a Avenida Presidente Bulnes, que sí estaba iluminado y todo. Lo malo era que el pique era extenso y no tenía cómo hacerlo en ese estado.

Nuestro borracho se envalentonó y mandó a la cresta los miedos... ¡hasta que ya se vio en medio del callejón brumoso!


Ahí empezó a sentir que el golpeteo de la copa de los altos árboles, producida por el viento oeste proveniente de los cerros, provocaba escalofríos al pasar. Las pocas luces hacían que cualquier sombra pareciese un monstruo escondido a punto de atacar. O un espíritu maligno. O el demonio.


Chuta, y fue ahí cuando el viento comenzó a darle más fuerte a los árboles, haciendo que un alto gancho fuera a dar al suelo, justo detrás de él. Nuestro roto echó a correr como alma en pena que acaba de ver a Satanás. ¡Ni se fijó pa' dónde iba!


Con la apretá de cachetes -entiéndase, la huida- a nuestro hombre se le pasó la borrachera. Ahí se dio cuenta de la triste realidad: se metió al medio del Cementerio.


Empezó desesperadamente a buscar la salida. No sabía si devolverse o seguir. No lo pensó dos veces y se prestó a seguir.


Los pinos hacían más largo el trayecto. Sólo el soplido del viento le ponía ruido al momento.


Cruza caminando lentamente los nichos. Evitaba mirar las fotografías de los difuntos. ¡No lo vayan a penar...!


Pasado los nichos sí que se ponía más negra la cosa: debía cruzar unos pasadizos más oscuros que mis instintos para logra llegar a la parte de los finados históricos.


Pasa sigiloso por los pasadizos. Ojo y oídos abiertos para no ser sorprendido. En la mitad, se da cuenta de que no pasa nada y nuestro amigo se relaja.


En ese instante, un sonido de botas golpeando las piedras suena detrás de él. El compadre se da vuelta y ve la sombra más real que podría haber visto en su vida. Hizo un sonido gutural desde lo que se suponía era la boca. "¡¿Qué mierd' haces aquí, ah?!".

Y, gritando como un loco, el borrachín sale corriendo y, aún sin conocer el Cementerio, encuentra altiro la entrada principal, sorteándola y arrancando como nunca antes en su vida.


La sombra terminó siendo el guardia nocturno del Cementerio. Medio mocho y empaquetado con una gruesa parca, miraba con extrañeza al tipo que de equivocación se metió al camposanto.



Cuando el tipo estaba al medio de Avenida Presidente Bulnes, ya lejos del Cementerio, con el corazón de vuelta en el pecho luego de haber subido hasta el cogote y con el rostro de nuevo con color, se dijo a sí mismo una y otra vez: "¡Nunca más! ¡No tomo nunca más! ¡Lo prometo, NUNCA MÁS!".



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FIESTAS PATRIAS

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La niña pequeña se acerca a su abuela. Ésta le acaricia sus cabellos castaños y lacios. La niña la mira con ternura, como si no existiera nadie más en el mundo.

"Te amo, corazoncito" - le susurra la señora.

"¡Mamá!" - grita Joaquín del otro lado del jardín. "¡Venga con la niña que está listo el asado!" - añade.

A pasos lentos, la abuela camina de la mano junto a su nieta, que le habla de mil cosas: de las mariposas y los colibríes que rondan por los arbustos; que de los bichitos bajo las piedras y de la muñeca nueva.



Los altos y añejos árboles se sacuden levemente al pasar de la brisa. El sol brilla como un Dios feliz, eterno. No hay nubes que velen el prístino azul de los cielos del Sur. Con todo, los árboles dadivan la sombra necesaria para ofrecer -junto con los arroyuelos- el frescor necesario a una tarde tibia y estival.



La mamá, que viene del lado de Joaquín, coge a su pequeña cría y la besa amorosamente. Mira a la anciana que va a paso lento. Se sonríen.

Al llegar al lugar del asado, se ve a Joaquín repartiendo la carne, las papas y las ensaladas en grandes platos blancos. La mesa está dispuesta, repleta de condimentos y jugos de frutilla y damasco. Los asientos de los niños, los esposos y la mecedora de la abuela. El pasto acaricia el pelaje del perro que juega con el niño.

"Vamos Sebastián. A comer." - dice la mamá.

Todos se disponen rodeando la gran mesa ubicada bajo la sombra de los robles. Sólo el sonido gracioso de la brisa arrullando las hojas rompen el silencio familiar de la oración en agradecimiento por unas nuevas Fiestas Patrias juntos.

Todos comen. Joaquín le sonríe a su mujer y juguetea con los niños. Sebastián y la pequeña Camila se molestan tiernamente. La abuela mastica silenciosa la sabrosa carne de vacuno. Con sus ojos centelleantes, admira a su gente. Su hijo, su querida nuera, sus nietos hermosos.

La abuela agradece al Señor este instante único. Extraña obviamente a su esposo, luchador de duras batallas, quien con el sudor de su frente pudo entregar a sus descendientes este hermoso rincón, este pedacito de Chile.

La abuela cierra los ojitos caídos rememorando a su viejo. La reminiscencia de su rostro cansado y feliz impregna cada centímetros de su ser, añorándolo.

Se dibuja en su rostro una sonrisa inmanente, perenne. Ella brilla tanto o más que el sol...


Y deja de respirar.


Joaquín intenta reavivar a su madre. Su esposa lo ayuda, desesperada. Los pequeños no entienden lo que pasa. Lloran por inercia.


Nada puede perturbar el rostro la sonrisa de la señora, quien seguirá agradeciendo reencontrarse con su amado, luego de una espléndida e inolvidable tarde de estío junto a los suyos.



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viernes, 12 de septiembre de 2008

REALMENTE UNA MAESTRA

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La maestra repasa con sus estudiantes la materia que va a entrar en la prueba de Matemáticas. Es siempre accesible a todas sus consultas. Es muy profesional para sus agitados treinta y tantos años.



Luego, le otorga una tarea para que la desarrollen en clases. Mientras los jóvenes realizan sus deberes, y los pocos conversan en voz baja, la maestra acuña algunas anotaciones en el libro de este 3° año medio.



En el transcurso de esos valiosos segundos, su mente evade el presente para recordar la extraña madrugada que tuvo hoy. Su mirada se ensombrece.



Imagina la habitación de su casa, la cama deshecha y las cortinas impidiendo la entrada de los primeros rayos de sol que superan las más altas montañas de la precordillera andina.


Y el rostro sereno de un hombre. Desnudo. Con el cabello revuelto entre sus senos. Se ve abrazándolo, extrañándolo pese a su latente presencia. Fue extasiante esa noche. Él debiera estar en su casa. Ella lo sabe. Se entristece.


La mujer recrea su partida en su memoria. Ese último beso y la soledad que -intrusa- invade donde no se le quiere.


Se ve duchándose sola. Refresca ese cuerpo empapado de sexo, desvistiéndolo de los anhelos más ocultos y revistiéndolo del traje de la profesional, la docente.


No desayuna. Parte a la estación de metro que la dejará a las puertas del liceo. La vulnerable mujer pasa a convertirse en la respetable y querida maestra.



Así, vuelve de sus pensamientos a la sala de clases. Regresa a su realidad.



Se escucha el golpear de la puerta. Entre la alocada bulla de los estudiantes, ingresa un joven, integrante del curso. Porta un papel en la mano.


El joven se enfrenta a la maestra, pasándole el papel de autorización del inspector. Ella lo lee y le pide que tome asiento. Ella lo mira declarando indiferencia.


El joven toma asiento y pide la materia a sus compañeras que gustosas, se la ceden.


La profesora recorre con su mirada -ahora fulgurante- la sala de clases. Ve a la totalidad de sus alumnos y se detiene por unos segundos en el recién ingresado. El niño acaricia su cabello húmedo, como recién expuesto a la ducha y sigue conversando con sus compañeras, mientras mira de reojo a su maestra.



La profesora se enternece a la vez que su entristece profundamente. Sin evidenciar sus sentimientos, desearía gritar a viva voz su secreto.



Realmente, no sabe si sentirse bien porque nunca nadie se dará cuenta de su secreto o querer morirse porque jamás podrá estar junto a su amado, quien sigue desplegando su belleza y juventud frente a las niñas de un curso, un liceo y de una sociedad que está ciega de la tristeza de una mujer que es una verdadera profesional.


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¡POR LA PUTA!

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Odio que me retraten y, para más remate, que lo hagan mal. Los estúpidos que trabajan en el Poder Judicial son unos corruptos. ¡No sé qué mierda hacen ahí...!


Cómo detesto esta prensa repletos de periodistas derechistas y weones... ¡Si ni siquiera saben escribir las calles de los homicidios!


Con toda esta gente rondando en los hechos, no tienen cómo capturarme.


No importa. Yo seguiré caminando libre por las calles de este hoyo de mierda que es Santiago.




Nunca quise tener esta vida. Hay miles de weás que te llevan a esto. En mi caso, la repulsión a sus miradas me motivaron a hacerlas mierda. Sin culpa. Me hacían sentir como si quisiera ser cliente de ellas.


Yo tenía mi vida feliz, era joven. Tenía una novia, estaba todo bien.


Llegó ese maldito día, antes de vacaciones. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarme asaltar por su violencia horrenda? ¡Obvio que no! La ahorqué. Vomitaba sangre. Rompí con mis manos frías las venas de su cuello.

Me sentí como el carajo. No podía creerlo. Yo siempre las había mirado con respeto, a la vez que con recelo. Con esa ingenuidad con que los padres te inculcan el respeto a los sectores marginales de la sociedad. Ese misticismo marxista, neomarxista o lo que sea, con el que miran a los explotados de estas sociedades capitalistas.


Decidí huir. No contarle a Beatriz. No lo podía saber. Ella me amaba. ¡Tenía tan buena impresión de mí!


Después de esa pesadilla, ya no fue tal. Algo me llevó a seguir enfrentándome a ellas. Un odio que se quedó en mí. Repugnancia.


Perdí así a Beatriz. Nunca pude volver a mirarla de nuevo. Preferí que huyera de mí. Ella nunca sospechó. Le mentí. Le dije que tenía otra. Cualquier cosa le dije para que se fuera, se librara de mis demonios.
¡Te extraño Beatriz! ¡¡Cómo te extraño!!




Yo... yo nunca las violenté. Me daban asco. ¡Me repulsan las putas! Siempre me he sentido así.

¿Qué tipo de cerdos verían algo más en alguien que te ve como clientela?

Yo lo sé: por culpa de esos hijos de puta ellas venden su cuerpo. Pero, ¿qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer frente a su prepotencia? ¡Eliminarlas! ¡Sólo eso!

Ojo. Nunca le di muerte lenta. Ahorcamientos. Balas en la cabeza. Nunca violé a una. Nunca quise manoserlas. ¡Es repugnante el calor de un cuerpo desgastado y hediondo a sexo recurrente!


¡Ya no quiero hacerlo! ¡No quiero hacer sufrir más! No quiero sufrir... aunque a estas alturas ya no me dan pena.





Espero mi final. Mi final alegre. Que una patrulla de Carabineros me pille in fraganti.
¡Son tan fracasados estos hijos de puta!
Yo sigo con mi vida normal. Trabajando donde siempre. Ganando lo de siempre. Estos weones no podrían sospechar de mí. El intachable. El recatado. El reservado. Nadie podría darse cuenta.
¡Pero yo no le haré la pega fácil a estos giles!



¡Que hagan justicia con ellas!


¡Que hagan justicia conmigo!


¡Me hagan mierda tal como lo hice con ellas!




Quiero mi final feliz para todos.



Debo morir para sanar sus heridas.




Debo morir para sanar las mías...




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martes, 9 de septiembre de 2008

COSA DE LITERATOS...

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Unas faldas cuadrillé de alguna liceana pokemona lo sacaron de sus pensamientos.


Ricardo, perdido en sus frustraciones, se sostiene de una de las barandas del metro. Va llegando al metro San Miguel, cuando la curiosidad pudo un poco más y lo desvió de sus abstracciones. La colegiala le sonríe coquetamente mientras acaricia su pelo y éste le devuelve una tibia sonrisa. Pasados los segundos de juego y complicidad efímera, Ricardo vuelve a lo suyo.


"Puta, mañana cumplo treinta" - meditaba en tono de queja.


De este modo, se escurría del metro repleto de gente que va a todos lados y enfilaba sus pasos rumbo a casa.

"¡Fíjate aónde vai, aweonao!" - le gritó un taxista porque nuestro personaje había cruzado la calle sin percatarse de la luz roja del negro semáforo. Ricardo sigue caminando sin responderle.


Santiago se ve triste hoy. Las nubes no quieren irse; tampoco el frío. A Ricardo esto no le importaba en absoluto. Iba con su ambo color castaño por las quebradizas veredas. Cargaba unos dossiers y su morral pituco de docente universitario. Estaba cerca de llegar al departamento.

Traspasa la puerta y mira los cuartos. Están algo desordenados. Los crujidos del estómago le hacen pasar al refrigerador en busca de algo que calme el hambre. Bebe su leche y se echa un sándwich naturista. No hay mucho más en el refri.

Luego de las quejas del cuerpo, volvieron las del espíritu.

"No quiero cumplir treinta" - lloriqueaba en su interior. Muerde suavemente su labio inferior, a modo de resignación. Evade el espejo del baño y se recuesta en el sofá.


"Tengo una buena profesión...". "Sí, me pone bien trabajar". "No me faltan cosas...". "Claro, podría ser peor."


"La echo de menos... Te echo de menos, Alejandra."


El zapping en la tele no muestra más que comerciales y programas insulsos. Ricardo apaga el televisor, coge el computador y lo enciende. Se conecta a Internet y googlea, buscando algo que satisfaga su ansiedad.

Estaba buscado en Google si aparecía alguna referencia a su persona en la última ponencia de Literatura realizada en el Goethe Institute, cuando dio con un blog. La curiosidad lo motivó a entrar al blog de un desconocido.


Leyó y leyó los relatos que habían en el fondo negro de la pantalla, hasta que se encontró con uno que le interesó y se detuvo en él.


"Ay... Pobre tipo... Igual es un poco tonto, porque lo tiene todo pero se desanima por cumplir treinta..."


Siguió comentando la lectura.


"¿Y por qué no se busca a otra?" - criticaba a viva voz.


Terminado el relato, apaga el computador y se echa en la cama para tomar una siesta antes de la cita nocturna con sus amigos. Se le vino a la mente el relato leído hace rato.


"Hoy todo el mundo escribe pelotudeces en Internet... El "sujeto dramático" de ese relato era uno bien estúpido...". "¿Y por qué justo le pone Ricardo? ¡Mi nombre!" - meditaba irónico.


Termina la frase cuando el eco mental de lo pensado le hace caer en cuenta y, en un segundo, se esboza una torpe lágrima en su rostro.



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lunes, 8 de septiembre de 2008

PASEO BULNES

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Paseaba por la Alameda cuando me topé con un mendigo, de esos pocos que aún vemos por el centro de Santiago a estas horas de la tarde.

Me pidió una moneda. Se la dí. Me dio las bendiciones que suelen dar al "caritativo" y se marchó.

Yo, que iba caminando lentamente, volteé para mirar. Y nada. "¡Qué raro...!". Lo busqué nuevamente con la mirada. "¿Habrá corrido?... Difícil, ya no está en edad de esos trotes", pensaba.

"Bueno, será...".


Seguí mi recorrido. Crucé Teatinos rumbo al Paseo Bulnes. Allí volví a encontrar al mendigo: estaba herido. Su brazo izquierdo estaba dañado, aunque no tenía fracturas. Me acerqué corriendo.


- Señor, dígame qué le pasó...

- Nada, nada joven...


Se quejaba al intentar mover su brazo.


- Un grupo de jóvenes me cogió desprevenido y me trajo hacia acá... Me querían matar...

- ¡Dios mío! A ver, páseme su brazo...


Le dolía moverlo, pero me lo pasó.


- Deben haber sido neonazis...


Le puse una bufanda mientras fuimos a una farmacia cercana. Allí, le pedí que le pusieran una venda. Él estaba muy conmovido, hecho que me conmovió también. Yo no soy de los que reaccione siempre así...


- Gracias joven. ¡Dios le bendiga!

- Pero no se vaya, caballero... Le invito a una picada a comer algo. Imagino que está hambriento...

- ¡No! No se moleste...

- No es molestia alguna. Ya. Vamos a algún lado...


Conversamos de muchas cosas mientras nos encaminábamos a la picada. Me contaba de su vida. Se llamaba José: le decía "El Pepe". Tenía 60 años y había estado de cumpleaños hace algunos días. Parecía de ochenta. Yo quise darle, aunque sea, un poco de cariño.


Terminamos de comer. Él me dio efusivamente las gracias. Sus ojos, dos brillos inocentes como la mirada de los niños, se despidió con su brazo vendado y por sanar.


- Por favor, cuídese. Yo trataré de pasar seguido por estos lados...

- No se preocupe, joven. Mil gracias...




Pasó un mes y, aunque intenté buscarlo, no lo vi más.




Después, una madrugada, como a eso de las 06:30, transito por el nostálgico Paseo Bulnes. Iba apurado al trabajo. En la esquina con calle Cóndor, me interceptan unos tipos. Eran neonazis.

Decidí intentar evitarlos y mantener la calma. Pero me persiguieron y me atajaron.


- ¡¿A dónde vas, negro de mierda?!


No respondí nada.


- ¡A voh te hablo, weón! ¿Soi peruano acaso, mierda?


No supe reaccionar cuando ya tenía a tres tipos tomándome de los brazos. ¡Me iban a rematar!

Sólo le pedí a Dios pasar esto y cerraba los ojos, cuando aparecen tres perros negros que, de la nada, aparecen y atacan a los neonazis. El más grande ataca a quien me iba a agredir. Salen corriendo los tipos.


Yo quedo tirado en el suelo. Creo que los perros me van a atacar, pero se calman y el más negro y grande se acerca a mí y lame mis manos, que están rotas por los apretujones de los neonazis.

Le hago cariño en la cabeza y mueve su cola. De repente, veo su pata superior izquierda. ¡Un trapo ennegrecido!

Observo los ojos del can y noto esa mirada conocida, tan tierna como la de los peques. ¡Quedo admirado!


- ¡¿Don...?! ¡¿¿Don Pepe??!


El can me mira cariñosamente, lame mi mano mientras mueve su cola y luego, junto a sus compañeros, corre libre rumbo al Parque Almagro, perdiéndose entre los árboles.




No he vuelto a ver a Don Pepe. Sólo sé que recorre, en compañía de sus compañeros canes, por los parques y las esquinas de Santiago.



Lo presiento. Sé que él es libre.





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EL BESO

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Siento su boca mientra me besa. Sabe a frescor. Seguramente se comió una de esas pastillitas de menta. O quizá de eucaliptus. Da lo mismo, el beso se hace algo largo. Demasiado, diría yo.


No me mira. ¿Acaso es ley tener que besar con los ojos cerrados?


Nunca entendí eso. Cuando la primera niña me besó, lo hizo hechizándome con las aceitunas que se gastaba por ojos. Sí, tenía los ojos negros e intensos. Muy coquetos para una niña de 15 años. Yo tenía 13 ó 14. No lo puedo recordar.


No sé por qué no la puedo recordar. Bueno, ella fue una más. Fue pasajera. Puedo rememorar sus ojos, pero no tengo una imagen de su rostro. Sé que era bonita y nada más.


No me gusta que me besen con la lengua explorando los rincones de mi boca. Me desagrada. Odio esos convencionalismos.


¿Creerá esta niña que los franceses tienen la razón? No me puede gustar el beso francés. Es invasivo, intimidante. Me siento una cosa que lamer más que un joven de 23.


Estoy confundido. Y es que soy introvertido. Más bien, reservado. Juego a ser galán a veces, juego a ser un tipo buena onda. Quizá sólo sea una ilusión que me construyo para enfrentar cosas tan tontas como el largo beso que recibo.


Sospecho que ya se acaba el beso. Tengo los ojos abiertos. La observo, hurgando en sus pestañas, las cejas arqueadas y bien definidas, las pecas de la nariz. No alcanzo a ver más allá.


Ella separa sus labios de mi boca. La cierro para percibir el sabor a menta o eucaliptus que me dejó. Me mira como si yo fuera su príncipe azul. El verdadero príncipe azul, el que debiera tener las mujeres de su edad.




Y me voy sintiendo cada vez más destemplado. Más cínico. Más hipócrita.



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