martes, 16 de septiembre de 2008

LLEGÓ BORRACHO EL BORRACHO...

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Un compadre, con sus buenas copas de más, caminaba -mejor dicho, zigzagueaba- por una oscura calle del centro de Punta Arenas.

Era invierno y no había luna, por lo que la visibilidad era poca. No había un gil en la calle. Las pocas luces caseras no alcanzaban a iluminar el frío callejón por el que pasaba el socio.

Sí. Era domingo en la noche. ¡Y bien de noche que era!


Este hombre, borracho como estaba, había salido de un antro de mala muerte para ir a dar, como dijimos, por un callejón oscuro. Pero, no era cualquier callejón. Era el largo trecho boscoso que rodeaba por atrás al Cementerio más viejo de la ciudad.


¡Y no se nos caga de miedo nuestro hombre!


Bueno. La pensó entre cruzar el camino rodeado de noche o dar la tremenda vuelta por la entrada del camposanto hasta llegar a Avenida Presidente Bulnes, que sí estaba iluminado y todo. Lo malo era que el pique era extenso y no tenía cómo hacerlo en ese estado.

Nuestro borracho se envalentonó y mandó a la cresta los miedos... ¡hasta que ya se vio en medio del callejón brumoso!


Ahí empezó a sentir que el golpeteo de la copa de los altos árboles, producida por el viento oeste proveniente de los cerros, provocaba escalofríos al pasar. Las pocas luces hacían que cualquier sombra pareciese un monstruo escondido a punto de atacar. O un espíritu maligno. O el demonio.


Chuta, y fue ahí cuando el viento comenzó a darle más fuerte a los árboles, haciendo que un alto gancho fuera a dar al suelo, justo detrás de él. Nuestro roto echó a correr como alma en pena que acaba de ver a Satanás. ¡Ni se fijó pa' dónde iba!


Con la apretá de cachetes -entiéndase, la huida- a nuestro hombre se le pasó la borrachera. Ahí se dio cuenta de la triste realidad: se metió al medio del Cementerio.


Empezó desesperadamente a buscar la salida. No sabía si devolverse o seguir. No lo pensó dos veces y se prestó a seguir.


Los pinos hacían más largo el trayecto. Sólo el soplido del viento le ponía ruido al momento.


Cruza caminando lentamente los nichos. Evitaba mirar las fotografías de los difuntos. ¡No lo vayan a penar...!


Pasado los nichos sí que se ponía más negra la cosa: debía cruzar unos pasadizos más oscuros que mis instintos para logra llegar a la parte de los finados históricos.


Pasa sigiloso por los pasadizos. Ojo y oídos abiertos para no ser sorprendido. En la mitad, se da cuenta de que no pasa nada y nuestro amigo se relaja.


En ese instante, un sonido de botas golpeando las piedras suena detrás de él. El compadre se da vuelta y ve la sombra más real que podría haber visto en su vida. Hizo un sonido gutural desde lo que se suponía era la boca. "¡¿Qué mierd' haces aquí, ah?!".

Y, gritando como un loco, el borrachín sale corriendo y, aún sin conocer el Cementerio, encuentra altiro la entrada principal, sorteándola y arrancando como nunca antes en su vida.


La sombra terminó siendo el guardia nocturno del Cementerio. Medio mocho y empaquetado con una gruesa parca, miraba con extrañeza al tipo que de equivocación se metió al camposanto.



Cuando el tipo estaba al medio de Avenida Presidente Bulnes, ya lejos del Cementerio, con el corazón de vuelta en el pecho luego de haber subido hasta el cogote y con el rostro de nuevo con color, se dijo a sí mismo una y otra vez: "¡Nunca más! ¡No tomo nunca más! ¡Lo prometo, NUNCA MÁS!".



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