lunes, 8 de septiembre de 2008

EL BESO

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Siento su boca mientra me besa. Sabe a frescor. Seguramente se comió una de esas pastillitas de menta. O quizá de eucaliptus. Da lo mismo, el beso se hace algo largo. Demasiado, diría yo.


No me mira. ¿Acaso es ley tener que besar con los ojos cerrados?


Nunca entendí eso. Cuando la primera niña me besó, lo hizo hechizándome con las aceitunas que se gastaba por ojos. Sí, tenía los ojos negros e intensos. Muy coquetos para una niña de 15 años. Yo tenía 13 ó 14. No lo puedo recordar.


No sé por qué no la puedo recordar. Bueno, ella fue una más. Fue pasajera. Puedo rememorar sus ojos, pero no tengo una imagen de su rostro. Sé que era bonita y nada más.


No me gusta que me besen con la lengua explorando los rincones de mi boca. Me desagrada. Odio esos convencionalismos.


¿Creerá esta niña que los franceses tienen la razón? No me puede gustar el beso francés. Es invasivo, intimidante. Me siento una cosa que lamer más que un joven de 23.


Estoy confundido. Y es que soy introvertido. Más bien, reservado. Juego a ser galán a veces, juego a ser un tipo buena onda. Quizá sólo sea una ilusión que me construyo para enfrentar cosas tan tontas como el largo beso que recibo.


Sospecho que ya se acaba el beso. Tengo los ojos abiertos. La observo, hurgando en sus pestañas, las cejas arqueadas y bien definidas, las pecas de la nariz. No alcanzo a ver más allá.


Ella separa sus labios de mi boca. La cierro para percibir el sabor a menta o eucaliptus que me dejó. Me mira como si yo fuera su príncipe azul. El verdadero príncipe azul, el que debiera tener las mujeres de su edad.




Y me voy sintiendo cada vez más destemplado. Más cínico. Más hipócrita.



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