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La maestra repasa con sus estudiantes la materia que va a entrar en la prueba de Matemáticas. Es siempre accesible a todas sus consultas. Es muy profesional para sus agitados treinta y tantos años.
Luego, le otorga una tarea para que la desarrollen en clases. Mientras los jóvenes realizan sus deberes, y los pocos conversan en voz baja, la maestra acuña algunas anotaciones en el libro de este 3° año medio.
En el transcurso de esos valiosos segundos, su mente evade el presente para recordar la extraña madrugada que tuvo hoy. Su mirada se ensombrece.
Imagina la habitación de su casa, la cama deshecha y las cortinas impidiendo la entrada de los primeros rayos de sol que superan las más altas montañas de la precordillera andina.
Y el rostro sereno de un hombre. Desnudo. Con el cabello revuelto entre sus senos. Se ve abrazándolo, extrañándolo pese a su latente presencia. Fue extasiante esa noche. Él debiera estar en su casa. Ella lo sabe. Se entristece.
La mujer recrea su partida en su memoria. Ese último beso y la soledad que -intrusa- invade donde no se le quiere.
Se ve duchándose sola. Refresca ese cuerpo empapado de sexo, desvistiéndolo de los anhelos más ocultos y revistiéndolo del traje de la profesional, la docente.
No desayuna. Parte a la estación de metro que la dejará a las puertas del liceo. La vulnerable mujer pasa a convertirse en la respetable y querida maestra.
Así, vuelve de sus pensamientos a la sala de clases. Regresa a su realidad.
Se escucha el golpear de la puerta. Entre la alocada bulla de los estudiantes, ingresa un joven, integrante del curso. Porta un papel en la mano.
El joven se enfrenta a la maestra, pasándole el papel de autorización del inspector. Ella lo lee y le pide que tome asiento. Ella lo mira declarando indiferencia.
El joven toma asiento y pide la materia a sus compañeras que gustosas, se la ceden.
La profesora recorre con su mirada -ahora fulgurante- la sala de clases. Ve a la totalidad de sus alumnos y se detiene por unos segundos en el recién ingresado. El niño acaricia su cabello húmedo, como recién expuesto a la ducha y sigue conversando con sus compañeras, mientras mira de reojo a su maestra.
La profesora se enternece a la vez que su entristece profundamente. Sin evidenciar sus sentimientos, desearía gritar a viva voz su secreto.
Realmente, no sabe si sentirse bien porque nunca nadie se dará cuenta de su secreto o querer morirse porque jamás podrá estar junto a su amado, quien sigue desplegando su belleza y juventud frente a las niñas de un curso, un liceo y de una sociedad que está ciega de la tristeza de una mujer que es una verdadera profesional.
La maestra repasa con sus estudiantes la materia que va a entrar en la prueba de Matemáticas. Es siempre accesible a todas sus consultas. Es muy profesional para sus agitados treinta y tantos años.
Luego, le otorga una tarea para que la desarrollen en clases. Mientras los jóvenes realizan sus deberes, y los pocos conversan en voz baja, la maestra acuña algunas anotaciones en el libro de este 3° año medio.
En el transcurso de esos valiosos segundos, su mente evade el presente para recordar la extraña madrugada que tuvo hoy. Su mirada se ensombrece.
Imagina la habitación de su casa, la cama deshecha y las cortinas impidiendo la entrada de los primeros rayos de sol que superan las más altas montañas de la precordillera andina.
Y el rostro sereno de un hombre. Desnudo. Con el cabello revuelto entre sus senos. Se ve abrazándolo, extrañándolo pese a su latente presencia. Fue extasiante esa noche. Él debiera estar en su casa. Ella lo sabe. Se entristece.
La mujer recrea su partida en su memoria. Ese último beso y la soledad que -intrusa- invade donde no se le quiere.
Se ve duchándose sola. Refresca ese cuerpo empapado de sexo, desvistiéndolo de los anhelos más ocultos y revistiéndolo del traje de la profesional, la docente.
No desayuna. Parte a la estación de metro que la dejará a las puertas del liceo. La vulnerable mujer pasa a convertirse en la respetable y querida maestra.
Así, vuelve de sus pensamientos a la sala de clases. Regresa a su realidad.
Se escucha el golpear de la puerta. Entre la alocada bulla de los estudiantes, ingresa un joven, integrante del curso. Porta un papel en la mano.
El joven se enfrenta a la maestra, pasándole el papel de autorización del inspector. Ella lo lee y le pide que tome asiento. Ella lo mira declarando indiferencia.
El joven toma asiento y pide la materia a sus compañeras que gustosas, se la ceden.
La profesora recorre con su mirada -ahora fulgurante- la sala de clases. Ve a la totalidad de sus alumnos y se detiene por unos segundos en el recién ingresado. El niño acaricia su cabello húmedo, como recién expuesto a la ducha y sigue conversando con sus compañeras, mientras mira de reojo a su maestra.
La profesora se enternece a la vez que su entristece profundamente. Sin evidenciar sus sentimientos, desearía gritar a viva voz su secreto.
Realmente, no sabe si sentirse bien porque nunca nadie se dará cuenta de su secreto o querer morirse porque jamás podrá estar junto a su amado, quien sigue desplegando su belleza y juventud frente a las niñas de un curso, un liceo y de una sociedad que está ciega de la tristeza de una mujer que es una verdadera profesional.
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