lunes, 8 de septiembre de 2008

PASEO BULNES

.



Paseaba por la Alameda cuando me topé con un mendigo, de esos pocos que aún vemos por el centro de Santiago a estas horas de la tarde.

Me pidió una moneda. Se la dí. Me dio las bendiciones que suelen dar al "caritativo" y se marchó.

Yo, que iba caminando lentamente, volteé para mirar. Y nada. "¡Qué raro...!". Lo busqué nuevamente con la mirada. "¿Habrá corrido?... Difícil, ya no está en edad de esos trotes", pensaba.

"Bueno, será...".


Seguí mi recorrido. Crucé Teatinos rumbo al Paseo Bulnes. Allí volví a encontrar al mendigo: estaba herido. Su brazo izquierdo estaba dañado, aunque no tenía fracturas. Me acerqué corriendo.


- Señor, dígame qué le pasó...

- Nada, nada joven...


Se quejaba al intentar mover su brazo.


- Un grupo de jóvenes me cogió desprevenido y me trajo hacia acá... Me querían matar...

- ¡Dios mío! A ver, páseme su brazo...


Le dolía moverlo, pero me lo pasó.


- Deben haber sido neonazis...


Le puse una bufanda mientras fuimos a una farmacia cercana. Allí, le pedí que le pusieran una venda. Él estaba muy conmovido, hecho que me conmovió también. Yo no soy de los que reaccione siempre así...


- Gracias joven. ¡Dios le bendiga!

- Pero no se vaya, caballero... Le invito a una picada a comer algo. Imagino que está hambriento...

- ¡No! No se moleste...

- No es molestia alguna. Ya. Vamos a algún lado...


Conversamos de muchas cosas mientras nos encaminábamos a la picada. Me contaba de su vida. Se llamaba José: le decía "El Pepe". Tenía 60 años y había estado de cumpleaños hace algunos días. Parecía de ochenta. Yo quise darle, aunque sea, un poco de cariño.


Terminamos de comer. Él me dio efusivamente las gracias. Sus ojos, dos brillos inocentes como la mirada de los niños, se despidió con su brazo vendado y por sanar.


- Por favor, cuídese. Yo trataré de pasar seguido por estos lados...

- No se preocupe, joven. Mil gracias...




Pasó un mes y, aunque intenté buscarlo, no lo vi más.




Después, una madrugada, como a eso de las 06:30, transito por el nostálgico Paseo Bulnes. Iba apurado al trabajo. En la esquina con calle Cóndor, me interceptan unos tipos. Eran neonazis.

Decidí intentar evitarlos y mantener la calma. Pero me persiguieron y me atajaron.


- ¡¿A dónde vas, negro de mierda?!


No respondí nada.


- ¡A voh te hablo, weón! ¿Soi peruano acaso, mierda?


No supe reaccionar cuando ya tenía a tres tipos tomándome de los brazos. ¡Me iban a rematar!

Sólo le pedí a Dios pasar esto y cerraba los ojos, cuando aparecen tres perros negros que, de la nada, aparecen y atacan a los neonazis. El más grande ataca a quien me iba a agredir. Salen corriendo los tipos.


Yo quedo tirado en el suelo. Creo que los perros me van a atacar, pero se calman y el más negro y grande se acerca a mí y lame mis manos, que están rotas por los apretujones de los neonazis.

Le hago cariño en la cabeza y mueve su cola. De repente, veo su pata superior izquierda. ¡Un trapo ennegrecido!

Observo los ojos del can y noto esa mirada conocida, tan tierna como la de los peques. ¡Quedo admirado!


- ¡¿Don...?! ¡¿¿Don Pepe??!


El can me mira cariñosamente, lame mi mano mientras mueve su cola y luego, junto a sus compañeros, corre libre rumbo al Parque Almagro, perdiéndose entre los árboles.




No he vuelto a ver a Don Pepe. Sólo sé que recorre, en compañía de sus compañeros canes, por los parques y las esquinas de Santiago.



Lo presiento. Sé que él es libre.





=0=

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó gato negro!
este tiene una muy buena estructura clásica del cuento -según Piglia-. La historia oculta es dulce y tranquilizadora.
Te adoro