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La niña pequeña se acerca a su abuela. Ésta le acaricia sus cabellos castaños y lacios. La niña la mira con ternura, como si no existiera nadie más en el mundo.
"Te amo, corazoncito" - le susurra la señora.
"¡Mamá!" - grita Joaquín del otro lado del jardín. "¡Venga con la niña que está listo el asado!" - añade.
A pasos lentos, la abuela camina de la mano junto a su nieta, que le habla de mil cosas: de las mariposas y los colibríes que rondan por los arbustos; que de los bichitos bajo las piedras y de la muñeca nueva.
Los altos y añejos árboles se sacuden levemente al pasar de la brisa. El sol brilla como un Dios feliz, eterno. No hay nubes que velen el prístino azul de los cielos del Sur. Con todo, los árboles dadivan la sombra necesaria para ofrecer -junto con los arroyuelos- el frescor necesario a una tarde tibia y estival.
La mamá, que viene del lado de Joaquín, coge a su pequeña cría y la besa amorosamente. Mira a la anciana que va a paso lento. Se sonríen.
Al llegar al lugar del asado, se ve a Joaquín repartiendo la carne, las papas y las ensaladas en grandes platos blancos. La mesa está dispuesta, repleta de condimentos y jugos de frutilla y damasco. Los asientos de los niños, los esposos y la mecedora de la abuela. El pasto acaricia el pelaje del perro que juega con el niño.
"Vamos Sebastián. A comer." - dice la mamá.
Todos se disponen rodeando la gran mesa ubicada bajo la sombra de los robles. Sólo el sonido gracioso de la brisa arrullando las hojas rompen el silencio familiar de la oración en agradecimiento por unas nuevas Fiestas Patrias juntos.
Todos comen. Joaquín le sonríe a su mujer y juguetea con los niños. Sebastián y la pequeña Camila se molestan tiernamente. La abuela mastica silenciosa la sabrosa carne de vacuno. Con sus ojos centelleantes, admira a su gente. Su hijo, su querida nuera, sus nietos hermosos.
La abuela agradece al Señor este instante único. Extraña obviamente a su esposo, luchador de duras batallas, quien con el sudor de su frente pudo entregar a sus descendientes este hermoso rincón, este pedacito de Chile.
La abuela cierra los ojitos caídos rememorando a su viejo. La reminiscencia de su rostro cansado y feliz impregna cada centímetros de su ser, añorándolo.
Se dibuja en su rostro una sonrisa inmanente, perenne. Ella brilla tanto o más que el sol...
Y deja de respirar.
Joaquín intenta reavivar a su madre. Su esposa lo ayuda, desesperada. Los pequeños no entienden lo que pasa. Lloran por inercia.
Nada puede perturbar el rostro la sonrisa de la señora, quien seguirá agradeciendo reencontrarse con su amado, luego de una espléndida e inolvidable tarde de estío junto a los suyos.
La niña pequeña se acerca a su abuela. Ésta le acaricia sus cabellos castaños y lacios. La niña la mira con ternura, como si no existiera nadie más en el mundo.
"Te amo, corazoncito" - le susurra la señora.
"¡Mamá!" - grita Joaquín del otro lado del jardín. "¡Venga con la niña que está listo el asado!" - añade.
A pasos lentos, la abuela camina de la mano junto a su nieta, que le habla de mil cosas: de las mariposas y los colibríes que rondan por los arbustos; que de los bichitos bajo las piedras y de la muñeca nueva.
Los altos y añejos árboles se sacuden levemente al pasar de la brisa. El sol brilla como un Dios feliz, eterno. No hay nubes que velen el prístino azul de los cielos del Sur. Con todo, los árboles dadivan la sombra necesaria para ofrecer -junto con los arroyuelos- el frescor necesario a una tarde tibia y estival.
La mamá, que viene del lado de Joaquín, coge a su pequeña cría y la besa amorosamente. Mira a la anciana que va a paso lento. Se sonríen.
Al llegar al lugar del asado, se ve a Joaquín repartiendo la carne, las papas y las ensaladas en grandes platos blancos. La mesa está dispuesta, repleta de condimentos y jugos de frutilla y damasco. Los asientos de los niños, los esposos y la mecedora de la abuela. El pasto acaricia el pelaje del perro que juega con el niño.
"Vamos Sebastián. A comer." - dice la mamá.
Todos se disponen rodeando la gran mesa ubicada bajo la sombra de los robles. Sólo el sonido gracioso de la brisa arrullando las hojas rompen el silencio familiar de la oración en agradecimiento por unas nuevas Fiestas Patrias juntos.
Todos comen. Joaquín le sonríe a su mujer y juguetea con los niños. Sebastián y la pequeña Camila se molestan tiernamente. La abuela mastica silenciosa la sabrosa carne de vacuno. Con sus ojos centelleantes, admira a su gente. Su hijo, su querida nuera, sus nietos hermosos.
La abuela agradece al Señor este instante único. Extraña obviamente a su esposo, luchador de duras batallas, quien con el sudor de su frente pudo entregar a sus descendientes este hermoso rincón, este pedacito de Chile.
La abuela cierra los ojitos caídos rememorando a su viejo. La reminiscencia de su rostro cansado y feliz impregna cada centímetros de su ser, añorándolo.
Se dibuja en su rostro una sonrisa inmanente, perenne. Ella brilla tanto o más que el sol...
Y deja de respirar.
Joaquín intenta reavivar a su madre. Su esposa lo ayuda, desesperada. Los pequeños no entienden lo que pasa. Lloran por inercia.
Nada puede perturbar el rostro la sonrisa de la señora, quien seguirá agradeciendo reencontrarse con su amado, luego de una espléndida e inolvidable tarde de estío junto a los suyos.
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