lunes, 29 de diciembre de 2008

LO QUE PARA ALGUNOS ES PÉRDIDA...

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De improviso, Manuel sabe la noticia del fallecimiento de su novia, Marcela. Supo que se suicidó colgándose del árbol del inmenso patio posterior de su hogar, que en esos momentos estaba vacío de gente.



Manuel no supo qué hacer.



"¡¿Por qué?!" - se preguntaba.


"¿Qué la llevó a eso?" - susurraba para sí mismo en silencio.



Pero, luego de la crisis, vino una calma celestial.


Sin alguna explicación posible, Manuel esboza una mueca: una sonrisa de atroz paz.


"Por fin nuestra tortura acabó."


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martes, 28 de octubre de 2008

BIBLIOTECA NACIONAL


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Luego de que el hombre le pasa el microfilm, camina con calma hacia el visor que ya tenía reservado.

Él, tan asiduo a los rincones de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, debió conformarse con estar al centro de la sala.

Dispone el microfilm en el visor y comienza a revisarlo. Pasan algunos minutos y está ensimismado observando las noticias de 1947 de La Nación sobre el gobierno de González Videla cuando un bolso negro interrumpe su revisión hemerográfica. Una mujer de unos ventitantos años y con cara de universitaria se ubica en el visor del costado derecho, justo donde tenía su notebook.


- Disculpa, ¿puedes cuidarme las cosas por favor?


Él pretendía mostrarse molesto frente a la interrupción pero al mirarla descubre un bello rostro de blanca faz que es quien emite la petición.


- ¡Ehh! Por supuesto... - agrava el tono de su voz.


La ve caminar hacia la entrada y aprovecha de mirar su trasero bien parado. El cabello rubio cae sobre la espalda. Trata de no ser evidente y más aún cuando la muchacha retrocede la mirada hacia su visor y se topa con la de él. Ella sonríe sólo con una mueca.


"¡Ayayay! ¡Y justo que debo terminar esta pega más que rápido!".


La muchacha vuelve a su lugar con el microfilm en la mano. La da las gracias a su compañero de posición y éste sonríe tímidamente. La niña intenta poner el rollo pero no sabe cómo. Él la mira de reojo con sus ojos morenos y, al notar que ella se desespera, le ofrece ayuda. La blonda joven sonríe y le vuelve a dar las gracias.


- Es que es mi primera vez aquí... Siempre yo iba a la sala Gabriela Mistral a leer.

- ¡Obvio! Si igual es complejo utilizar estos aparatos al principio. A mí también me pasó...


El moreno le sonríe y la muchacha rubia se muestra encantada.


- ¿Qué tienes que revisar?

- Emm... El Mercurio de septiembre del '70... Es sobre las reacciones frente a las elecciones para cuando salió Allende.

- ¡Interesante!

- Sí, pero igual es algo lento porque debo revisar varios rollos. ¡Este apenas contiene una semana!

- Sí, es que son diarios con hartas páginas... Bueno, ahí está puesto para que lo uses - dice el joven moreno mientras ella ya puede ver el periódico frente suyo.

- Gracias... ¡Te pasaste!

- No. No hay de qué...


Se produce un silencio y ambos no saben que hacer. Son sólo segundos de distracción donde ella hace que mira al visor y él también. Él intenta seguir en lo suyo pero ya no puede.


El joven moreno está invadido por la timidez. No sabe si decirle algún piropo o preguntarle su nombre.


Luego de diez minutos va sacando fuerzas y dispone su rostro hacia la humanidad de la muchacha y va a emitir algunas palabras más audaces cuando aparece un apuesto tipo de improviso y, estando de pie, se mete sin querer al medio de ambos y le habla a la rubia:


- ¡Hola amor!

- ¡Hola Pato!


"¿Amor?... ¡Ay de mí!". El muchacho se esconde en el visor como un avestruz y permanece mudo, intentando seguir la tarea. No es capaz de proseguir y decide arrancar el microfilm, ordenar sus cosas y marcharse de la hemeroteca. La muchacha rubia lo mira con rostro de búsqueda de atención mientras sigue conversando con el tipo recién llegado. El pobre muchacho moreno se va sin siquiera voltear.


- Oye Feña, ¿qué tanto miraí al loco que pasó recién? ¿Lo conocís acaso?


Ella lo mira con odio y le responde:


- Pato... ¡última vez que juegas con decirme 'amor' frente a todos!

- ¡Pero linda, no le pongas tanto!


La rubia queda en silencio mirando a la entrada. Del joven moreno ya no hay rastros.



Mientras, el tipo le ronronea a la muchacha con unas palabras acaramelada, como buscando disculpas:


- Ya poh, hermanita preciosa, no se enoje... ¿Ya?



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martes, 14 de octubre de 2008

PUERTO ESCONDIDO


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Ella me tomaba de la mano. Y la alejaba.

Las arenas mojadas de mar se hundían levemente. El sol iba en descenso, haciéndose de tarde.

Un último chapuzón en las aguas de Puerto Escondido.

Envicia el mar tibio. Ella me mira, mientras se sienta en la playa.


El cuerpo húmedo de esta mujer se seca con el sol. El traje de baño revela sus deliciosas curvas. Imagino mi boca saboreando su cuerpo salado. No puedo soportar más y veo al señor que vende los "raspaditos". Uno para ella, de tamarindo, y el otro para mí. Obvio, de limón.


Ella no quiere derse por aludida. De nuevo, me toma tímidamente la mano, pero no me ve. Aleja su mirar hacia la rada, los verdosos acantilados, las palmeras. El sol oaxaqueño.


"Mañana me voy a Chile" - me dice. "Lo sé". No hallo qué más decir. El sol baja cada vez más. La playa se va despejando de gente.


"Te a...". No alcanzo a decir nada cuando rompe en silencioso llanto. "No creo que me vuelvas a ver otra vez por aquí". "Tú siempre estarás bienvenida en México" - atino a decir. Ella sabe que no tengo cómo volver a mi país.


Yo intento abrazarla para consolarla, cuando de repente siento un dulzor en mis labios temblorosos. Un beso.



¡Un beso!



¡El más largo de mi vida!



¡Más extenso que toda mi vida!






Ya es de mañana y la veo partir en avión rumbo a Acapulco. Allí abordará el avión hacia mi amado Chile.


Yo me quedo acá. Solo. Acompañado de las tibias olas del mar de Puerto Escondido...



¡Maldito seas Neruda! ¡Siempre tuviste la razón, eh!



¡Siempre...!



"Es tan corto el amor y tan largo el olvido".





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miércoles, 8 de octubre de 2008

TODO BIEN


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Cristian cierra la puerta del departamento y tranquilamente sale del edificio.


Otro día más de estudios de posgrado. Monta en su automóvil y parte rumbo a la universidad.


El sol entibia el paisaje matutino de la ciudad. El puerto se divisa espléndido. El mar está pleno. Las calles atestadas de vehículos no son impedimento para el recorrido de siempre del auto de Cristian. Pone la radio y escucha el especial de los viernes: ¡The Beatles!


Al son del clásico "Don't let me down" recorre con el rostro amplio los caminos porteños.

Quince minutos antes del inicio de la primera clase llega a la universidad. Luego de estacionar el vehículo, Cristian camina hacia el casino. Varias amigas se acercan a saludarlo. Una de ellas, la "Rucia", le besa 'casualmente' la comisura del labio. Él se hace el desentendido, tocándose la mejilla suavemente. Al despedirse de las muchachas, ellas conversan entre sí emocionadas mirando al joven, quien aún no entra en el reino de los treintones. Cristian atina, por sana vergüenza, a masajearse el cabello negro.


No alcanza a llegar a la sala cuando tres amigos se le acercan y lo abrazan. Le conversan de forma animada sobre todo. Lo invitan como siempre a unas buenas fiestas para el fin de semana. Él les sonríe.



Es hora de clases.


Otro día más de estudios de posgrado. El docente que tiene de director de tesis para el doctorado lo felicita nuevamente por su excelente investigación. Le promete que es seguro que egrese con honores. Todo bien.


Al atardecer, Cristian se retira de la última clase. Una joven compañera, Natalia, se le acerca para saludarlo. Ella evidencia discretamente su atracción por Cristian. Él se deja embelesar: es una morena muy encantadora. Ella lo invita a salir a un café. El domingo es un buen día para juntarse en el paseo de la costanera. Natalia se despide: él le sonríe devolviéndole el saludo.


Así ha transcurrido un bonito viernes. Monta su vehículo y sube por las avenidas hacia su hogar. Cristian tiene muchos panoramas para el fin de semana.


Sube por las escaleras del edificio rumbo al último piso, donde se sitúa su departamento. Abre la puerta y deja las llaves en la mesa. Se sirve una copa de dulce vino tinto.


Por fin, toma asiento en el amplio sofá de felpa. Mira la ventana. Parece relajado.



Fija la vista en el velador que está al costado del sofá. Abre su puerta y coge del fondo un pesado bulto envuelto en un bolso negro. Extrae un objeto contundente del interior. Es una pistola.



Luego de limpiarlo y admirarlo por algunos segundos, Cristian se dispara en la sien, cayendo muerto de modo instantáneo con el cráneo destrozado.





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SIGUE Y SIGUE...

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Él va llegando tarde a su trabajo. Como siempre.


Nadie se percata de su presencia. No hay saludos para su persona.


Marca con la tarjeta en el aparato regulador de entradas y se dispone a tomar asiento frente al computador, en el viejo cubículo que hace ya tres años lo espera sucio.


En el aire no se siente ni olor a café ni olor a nada. La mañana está repleta de negras nubes y pareciera que ya no existe el sol en estos taciturnos espacios. Al menos por hoy.


Teclea frente al computador. No piensa en nada más. No debe pensar en nada más.


Trabaja y trabaja. Sigue en lo mismo.


Recuerda lo de ayer. Ayer sí le dirigieron la palabra. Claro, sólo para llenarlo de puteadas por la entrega atrasada de un informe que un superior suyo debió haberlo hecho.
¡Pero no! ¡Siempre debe hacerlo él a última hora!


No quiere imaginar nada más por hoy, pero la mente no obedece a sus deseos de escape. "¡¿Es que acaso eres tan inútil?! ¡¿Tan weón puede ser alguien de tu clase?!" Se repite la voz del jefe en su cabeza. "¡Hijo de puta, a voh te abortaron conch'etumadre!".


Sigue y sigue la voz. Sigue y sigue.


Y teclea. Tipea el informe nuevamente. Nuevamente. Más y más. Más y más...



Se pone de pie y camina lentamente hacia la oficina del jefe. La luz centellea. Está mala la ampolleta. Golpea suavemente. "¿Quién es?" - atiende una voz al interior de la oficina. "González" - responde, con voz gutural.


Sin esperar respuesta, ingresa a la oficina repleta de cajas, repletas a su vez de papeles que están repletos de hoscos informes. Rompe el panorama de la gris oficina una foto de la sonriente familia del jefe.

"¡Otra vez te apareces frente a mí, escoria humana! ¡Aprende a golpear la puerta, hijo de puta! ¡Chuche'tu madre y la perra que te parió...!".
Sigue y sigue la misma cantilena. Sigue y sigue.


Mira al jefe.
Saca de dentro de su vestón un enorme cuchillo de cocinero y se lo entierra al patrón en el ojo derecho. Saltan -como si fuera de un huevo roto- los fluidos del ojo del jefe.
De un golpe, vuelve a acuchillarlo, más y más fuerte. Más y más fuerte.
Grita y balbucea palabra de mierda mientras lo asesina.
De su boca cuelga la blanca baba del desquiciado. Los sesos están al aire. La cabeza, rota.
Más y más golpes de cuchillo. Le abre el pecho y lo hace añicos.
Revienta la aorta y salta un chorro enorme de caliente y espesa sangre. Le escurre en la cara, mezclándose con las babas colgantes. Los ojos en llama.
!El cuello! ¡Al fin! ¡El cuello!
Rompe la manzana de Adán y con dos tajos lo decapita... la carne sangrienta cuelga de la cabeza masgullada. Él sonrie mientra mea sobre el cadaver. Sonríe. Más y más. Más y más...


... hasta que aparece otro empleado y grita: "¡Pero qué mierda haces babeando y sin hacer nada!".


Él vuelve en sí y se descubre babeando frente al computador. El informe que estaba tipeando está a la mitad. Mira torpemente hacia atrás y ve al jefe que lo increpa nuevamente. "¡No te echo a patás culiao no más porque ningún weón con sesos en la cabeza sería capaz de hacer esta weá!".


Limpia su saliva con una amarillenta hoja tamaño oficio y retoma el interminable y denso informe.



Falta diez horas aún para terminar la jornada.




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martes, 23 de septiembre de 2008

ESCAPE

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Tengo más sueño que la cresta.


No he dormido muy bien. Vengo a la universidad a puro dormir en clases.


Es cómodo el asiento. ¡Me quedaría recostadito ahí por horas!


El sermón del profe es como un susurro marino. Los debates entre mis compañeros son como las olas pegando contra las rocas. Y el asiento... las arenas de una blanca y cálida playa.


Escucho la música que mi mente quiere escuchar. El mar tranquilo, el mar ancho, de colores azules claros.


Siento las hojas de las altas palmeras queriendo acariciar la brisa veraniega. El sol es templado, no muy quemante.


Los ojos bien cerrados. Sólo así es posible tanta maravilla. ¿De qué me sirven mis ojos sino es para no necesitarlos?


Recorro volando la playa. Me convierto en algo volátil, etéreo, frágil y finito. Soy menos humano, soy más natural.


¡Qué hermosos son los acantilados de la vida!


¡Voy volando tan, tan alto, que escucho la voz de Dios murmurando plegarias al Mundo!
El murmullo se multiplica. La voz es de todos. Todos hablan.



Abro los ojos repentinamente. Se acabó la clase. Mis compañeros conversan y se ríen. El profesor mira su celular y se va de la sala. No lo miro ni él me mira.



Otra mañana más de escapes.



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martes, 16 de septiembre de 2008

LLEGÓ BORRACHO EL BORRACHO...

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Un compadre, con sus buenas copas de más, caminaba -mejor dicho, zigzagueaba- por una oscura calle del centro de Punta Arenas.

Era invierno y no había luna, por lo que la visibilidad era poca. No había un gil en la calle. Las pocas luces caseras no alcanzaban a iluminar el frío callejón por el que pasaba el socio.

Sí. Era domingo en la noche. ¡Y bien de noche que era!


Este hombre, borracho como estaba, había salido de un antro de mala muerte para ir a dar, como dijimos, por un callejón oscuro. Pero, no era cualquier callejón. Era el largo trecho boscoso que rodeaba por atrás al Cementerio más viejo de la ciudad.


¡Y no se nos caga de miedo nuestro hombre!


Bueno. La pensó entre cruzar el camino rodeado de noche o dar la tremenda vuelta por la entrada del camposanto hasta llegar a Avenida Presidente Bulnes, que sí estaba iluminado y todo. Lo malo era que el pique era extenso y no tenía cómo hacerlo en ese estado.

Nuestro borracho se envalentonó y mandó a la cresta los miedos... ¡hasta que ya se vio en medio del callejón brumoso!


Ahí empezó a sentir que el golpeteo de la copa de los altos árboles, producida por el viento oeste proveniente de los cerros, provocaba escalofríos al pasar. Las pocas luces hacían que cualquier sombra pareciese un monstruo escondido a punto de atacar. O un espíritu maligno. O el demonio.


Chuta, y fue ahí cuando el viento comenzó a darle más fuerte a los árboles, haciendo que un alto gancho fuera a dar al suelo, justo detrás de él. Nuestro roto echó a correr como alma en pena que acaba de ver a Satanás. ¡Ni se fijó pa' dónde iba!


Con la apretá de cachetes -entiéndase, la huida- a nuestro hombre se le pasó la borrachera. Ahí se dio cuenta de la triste realidad: se metió al medio del Cementerio.


Empezó desesperadamente a buscar la salida. No sabía si devolverse o seguir. No lo pensó dos veces y se prestó a seguir.


Los pinos hacían más largo el trayecto. Sólo el soplido del viento le ponía ruido al momento.


Cruza caminando lentamente los nichos. Evitaba mirar las fotografías de los difuntos. ¡No lo vayan a penar...!


Pasado los nichos sí que se ponía más negra la cosa: debía cruzar unos pasadizos más oscuros que mis instintos para logra llegar a la parte de los finados históricos.


Pasa sigiloso por los pasadizos. Ojo y oídos abiertos para no ser sorprendido. En la mitad, se da cuenta de que no pasa nada y nuestro amigo se relaja.


En ese instante, un sonido de botas golpeando las piedras suena detrás de él. El compadre se da vuelta y ve la sombra más real que podría haber visto en su vida. Hizo un sonido gutural desde lo que se suponía era la boca. "¡¿Qué mierd' haces aquí, ah?!".

Y, gritando como un loco, el borrachín sale corriendo y, aún sin conocer el Cementerio, encuentra altiro la entrada principal, sorteándola y arrancando como nunca antes en su vida.


La sombra terminó siendo el guardia nocturno del Cementerio. Medio mocho y empaquetado con una gruesa parca, miraba con extrañeza al tipo que de equivocación se metió al camposanto.



Cuando el tipo estaba al medio de Avenida Presidente Bulnes, ya lejos del Cementerio, con el corazón de vuelta en el pecho luego de haber subido hasta el cogote y con el rostro de nuevo con color, se dijo a sí mismo una y otra vez: "¡Nunca más! ¡No tomo nunca más! ¡Lo prometo, NUNCA MÁS!".



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FIESTAS PATRIAS

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La niña pequeña se acerca a su abuela. Ésta le acaricia sus cabellos castaños y lacios. La niña la mira con ternura, como si no existiera nadie más en el mundo.

"Te amo, corazoncito" - le susurra la señora.

"¡Mamá!" - grita Joaquín del otro lado del jardín. "¡Venga con la niña que está listo el asado!" - añade.

A pasos lentos, la abuela camina de la mano junto a su nieta, que le habla de mil cosas: de las mariposas y los colibríes que rondan por los arbustos; que de los bichitos bajo las piedras y de la muñeca nueva.



Los altos y añejos árboles se sacuden levemente al pasar de la brisa. El sol brilla como un Dios feliz, eterno. No hay nubes que velen el prístino azul de los cielos del Sur. Con todo, los árboles dadivan la sombra necesaria para ofrecer -junto con los arroyuelos- el frescor necesario a una tarde tibia y estival.



La mamá, que viene del lado de Joaquín, coge a su pequeña cría y la besa amorosamente. Mira a la anciana que va a paso lento. Se sonríen.

Al llegar al lugar del asado, se ve a Joaquín repartiendo la carne, las papas y las ensaladas en grandes platos blancos. La mesa está dispuesta, repleta de condimentos y jugos de frutilla y damasco. Los asientos de los niños, los esposos y la mecedora de la abuela. El pasto acaricia el pelaje del perro que juega con el niño.

"Vamos Sebastián. A comer." - dice la mamá.

Todos se disponen rodeando la gran mesa ubicada bajo la sombra de los robles. Sólo el sonido gracioso de la brisa arrullando las hojas rompen el silencio familiar de la oración en agradecimiento por unas nuevas Fiestas Patrias juntos.

Todos comen. Joaquín le sonríe a su mujer y juguetea con los niños. Sebastián y la pequeña Camila se molestan tiernamente. La abuela mastica silenciosa la sabrosa carne de vacuno. Con sus ojos centelleantes, admira a su gente. Su hijo, su querida nuera, sus nietos hermosos.

La abuela agradece al Señor este instante único. Extraña obviamente a su esposo, luchador de duras batallas, quien con el sudor de su frente pudo entregar a sus descendientes este hermoso rincón, este pedacito de Chile.

La abuela cierra los ojitos caídos rememorando a su viejo. La reminiscencia de su rostro cansado y feliz impregna cada centímetros de su ser, añorándolo.

Se dibuja en su rostro una sonrisa inmanente, perenne. Ella brilla tanto o más que el sol...


Y deja de respirar.


Joaquín intenta reavivar a su madre. Su esposa lo ayuda, desesperada. Los pequeños no entienden lo que pasa. Lloran por inercia.


Nada puede perturbar el rostro la sonrisa de la señora, quien seguirá agradeciendo reencontrarse con su amado, luego de una espléndida e inolvidable tarde de estío junto a los suyos.



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viernes, 12 de septiembre de 2008

REALMENTE UNA MAESTRA

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La maestra repasa con sus estudiantes la materia que va a entrar en la prueba de Matemáticas. Es siempre accesible a todas sus consultas. Es muy profesional para sus agitados treinta y tantos años.



Luego, le otorga una tarea para que la desarrollen en clases. Mientras los jóvenes realizan sus deberes, y los pocos conversan en voz baja, la maestra acuña algunas anotaciones en el libro de este 3° año medio.



En el transcurso de esos valiosos segundos, su mente evade el presente para recordar la extraña madrugada que tuvo hoy. Su mirada se ensombrece.



Imagina la habitación de su casa, la cama deshecha y las cortinas impidiendo la entrada de los primeros rayos de sol que superan las más altas montañas de la precordillera andina.


Y el rostro sereno de un hombre. Desnudo. Con el cabello revuelto entre sus senos. Se ve abrazándolo, extrañándolo pese a su latente presencia. Fue extasiante esa noche. Él debiera estar en su casa. Ella lo sabe. Se entristece.


La mujer recrea su partida en su memoria. Ese último beso y la soledad que -intrusa- invade donde no se le quiere.


Se ve duchándose sola. Refresca ese cuerpo empapado de sexo, desvistiéndolo de los anhelos más ocultos y revistiéndolo del traje de la profesional, la docente.


No desayuna. Parte a la estación de metro que la dejará a las puertas del liceo. La vulnerable mujer pasa a convertirse en la respetable y querida maestra.



Así, vuelve de sus pensamientos a la sala de clases. Regresa a su realidad.



Se escucha el golpear de la puerta. Entre la alocada bulla de los estudiantes, ingresa un joven, integrante del curso. Porta un papel en la mano.


El joven se enfrenta a la maestra, pasándole el papel de autorización del inspector. Ella lo lee y le pide que tome asiento. Ella lo mira declarando indiferencia.


El joven toma asiento y pide la materia a sus compañeras que gustosas, se la ceden.


La profesora recorre con su mirada -ahora fulgurante- la sala de clases. Ve a la totalidad de sus alumnos y se detiene por unos segundos en el recién ingresado. El niño acaricia su cabello húmedo, como recién expuesto a la ducha y sigue conversando con sus compañeras, mientras mira de reojo a su maestra.



La profesora se enternece a la vez que su entristece profundamente. Sin evidenciar sus sentimientos, desearía gritar a viva voz su secreto.



Realmente, no sabe si sentirse bien porque nunca nadie se dará cuenta de su secreto o querer morirse porque jamás podrá estar junto a su amado, quien sigue desplegando su belleza y juventud frente a las niñas de un curso, un liceo y de una sociedad que está ciega de la tristeza de una mujer que es una verdadera profesional.


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¡POR LA PUTA!

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Odio que me retraten y, para más remate, que lo hagan mal. Los estúpidos que trabajan en el Poder Judicial son unos corruptos. ¡No sé qué mierda hacen ahí...!


Cómo detesto esta prensa repletos de periodistas derechistas y weones... ¡Si ni siquiera saben escribir las calles de los homicidios!


Con toda esta gente rondando en los hechos, no tienen cómo capturarme.


No importa. Yo seguiré caminando libre por las calles de este hoyo de mierda que es Santiago.




Nunca quise tener esta vida. Hay miles de weás que te llevan a esto. En mi caso, la repulsión a sus miradas me motivaron a hacerlas mierda. Sin culpa. Me hacían sentir como si quisiera ser cliente de ellas.


Yo tenía mi vida feliz, era joven. Tenía una novia, estaba todo bien.


Llegó ese maldito día, antes de vacaciones. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarme asaltar por su violencia horrenda? ¡Obvio que no! La ahorqué. Vomitaba sangre. Rompí con mis manos frías las venas de su cuello.

Me sentí como el carajo. No podía creerlo. Yo siempre las había mirado con respeto, a la vez que con recelo. Con esa ingenuidad con que los padres te inculcan el respeto a los sectores marginales de la sociedad. Ese misticismo marxista, neomarxista o lo que sea, con el que miran a los explotados de estas sociedades capitalistas.


Decidí huir. No contarle a Beatriz. No lo podía saber. Ella me amaba. ¡Tenía tan buena impresión de mí!


Después de esa pesadilla, ya no fue tal. Algo me llevó a seguir enfrentándome a ellas. Un odio que se quedó en mí. Repugnancia.


Perdí así a Beatriz. Nunca pude volver a mirarla de nuevo. Preferí que huyera de mí. Ella nunca sospechó. Le mentí. Le dije que tenía otra. Cualquier cosa le dije para que se fuera, se librara de mis demonios.
¡Te extraño Beatriz! ¡¡Cómo te extraño!!




Yo... yo nunca las violenté. Me daban asco. ¡Me repulsan las putas! Siempre me he sentido así.

¿Qué tipo de cerdos verían algo más en alguien que te ve como clientela?

Yo lo sé: por culpa de esos hijos de puta ellas venden su cuerpo. Pero, ¿qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer frente a su prepotencia? ¡Eliminarlas! ¡Sólo eso!

Ojo. Nunca le di muerte lenta. Ahorcamientos. Balas en la cabeza. Nunca violé a una. Nunca quise manoserlas. ¡Es repugnante el calor de un cuerpo desgastado y hediondo a sexo recurrente!


¡Ya no quiero hacerlo! ¡No quiero hacer sufrir más! No quiero sufrir... aunque a estas alturas ya no me dan pena.





Espero mi final. Mi final alegre. Que una patrulla de Carabineros me pille in fraganti.
¡Son tan fracasados estos hijos de puta!
Yo sigo con mi vida normal. Trabajando donde siempre. Ganando lo de siempre. Estos weones no podrían sospechar de mí. El intachable. El recatado. El reservado. Nadie podría darse cuenta.
¡Pero yo no le haré la pega fácil a estos giles!



¡Que hagan justicia con ellas!


¡Que hagan justicia conmigo!


¡Me hagan mierda tal como lo hice con ellas!




Quiero mi final feliz para todos.



Debo morir para sanar sus heridas.




Debo morir para sanar las mías...




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martes, 9 de septiembre de 2008

COSA DE LITERATOS...

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Unas faldas cuadrillé de alguna liceana pokemona lo sacaron de sus pensamientos.


Ricardo, perdido en sus frustraciones, se sostiene de una de las barandas del metro. Va llegando al metro San Miguel, cuando la curiosidad pudo un poco más y lo desvió de sus abstracciones. La colegiala le sonríe coquetamente mientras acaricia su pelo y éste le devuelve una tibia sonrisa. Pasados los segundos de juego y complicidad efímera, Ricardo vuelve a lo suyo.


"Puta, mañana cumplo treinta" - meditaba en tono de queja.


De este modo, se escurría del metro repleto de gente que va a todos lados y enfilaba sus pasos rumbo a casa.

"¡Fíjate aónde vai, aweonao!" - le gritó un taxista porque nuestro personaje había cruzado la calle sin percatarse de la luz roja del negro semáforo. Ricardo sigue caminando sin responderle.


Santiago se ve triste hoy. Las nubes no quieren irse; tampoco el frío. A Ricardo esto no le importaba en absoluto. Iba con su ambo color castaño por las quebradizas veredas. Cargaba unos dossiers y su morral pituco de docente universitario. Estaba cerca de llegar al departamento.

Traspasa la puerta y mira los cuartos. Están algo desordenados. Los crujidos del estómago le hacen pasar al refrigerador en busca de algo que calme el hambre. Bebe su leche y se echa un sándwich naturista. No hay mucho más en el refri.

Luego de las quejas del cuerpo, volvieron las del espíritu.

"No quiero cumplir treinta" - lloriqueaba en su interior. Muerde suavemente su labio inferior, a modo de resignación. Evade el espejo del baño y se recuesta en el sofá.


"Tengo una buena profesión...". "Sí, me pone bien trabajar". "No me faltan cosas...". "Claro, podría ser peor."


"La echo de menos... Te echo de menos, Alejandra."


El zapping en la tele no muestra más que comerciales y programas insulsos. Ricardo apaga el televisor, coge el computador y lo enciende. Se conecta a Internet y googlea, buscando algo que satisfaga su ansiedad.

Estaba buscado en Google si aparecía alguna referencia a su persona en la última ponencia de Literatura realizada en el Goethe Institute, cuando dio con un blog. La curiosidad lo motivó a entrar al blog de un desconocido.


Leyó y leyó los relatos que habían en el fondo negro de la pantalla, hasta que se encontró con uno que le interesó y se detuvo en él.


"Ay... Pobre tipo... Igual es un poco tonto, porque lo tiene todo pero se desanima por cumplir treinta..."


Siguió comentando la lectura.


"¿Y por qué no se busca a otra?" - criticaba a viva voz.


Terminado el relato, apaga el computador y se echa en la cama para tomar una siesta antes de la cita nocturna con sus amigos. Se le vino a la mente el relato leído hace rato.


"Hoy todo el mundo escribe pelotudeces en Internet... El "sujeto dramático" de ese relato era uno bien estúpido...". "¿Y por qué justo le pone Ricardo? ¡Mi nombre!" - meditaba irónico.


Termina la frase cuando el eco mental de lo pensado le hace caer en cuenta y, en un segundo, se esboza una torpe lágrima en su rostro.



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lunes, 8 de septiembre de 2008

PASEO BULNES

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Paseaba por la Alameda cuando me topé con un mendigo, de esos pocos que aún vemos por el centro de Santiago a estas horas de la tarde.

Me pidió una moneda. Se la dí. Me dio las bendiciones que suelen dar al "caritativo" y se marchó.

Yo, que iba caminando lentamente, volteé para mirar. Y nada. "¡Qué raro...!". Lo busqué nuevamente con la mirada. "¿Habrá corrido?... Difícil, ya no está en edad de esos trotes", pensaba.

"Bueno, será...".


Seguí mi recorrido. Crucé Teatinos rumbo al Paseo Bulnes. Allí volví a encontrar al mendigo: estaba herido. Su brazo izquierdo estaba dañado, aunque no tenía fracturas. Me acerqué corriendo.


- Señor, dígame qué le pasó...

- Nada, nada joven...


Se quejaba al intentar mover su brazo.


- Un grupo de jóvenes me cogió desprevenido y me trajo hacia acá... Me querían matar...

- ¡Dios mío! A ver, páseme su brazo...


Le dolía moverlo, pero me lo pasó.


- Deben haber sido neonazis...


Le puse una bufanda mientras fuimos a una farmacia cercana. Allí, le pedí que le pusieran una venda. Él estaba muy conmovido, hecho que me conmovió también. Yo no soy de los que reaccione siempre así...


- Gracias joven. ¡Dios le bendiga!

- Pero no se vaya, caballero... Le invito a una picada a comer algo. Imagino que está hambriento...

- ¡No! No se moleste...

- No es molestia alguna. Ya. Vamos a algún lado...


Conversamos de muchas cosas mientras nos encaminábamos a la picada. Me contaba de su vida. Se llamaba José: le decía "El Pepe". Tenía 60 años y había estado de cumpleaños hace algunos días. Parecía de ochenta. Yo quise darle, aunque sea, un poco de cariño.


Terminamos de comer. Él me dio efusivamente las gracias. Sus ojos, dos brillos inocentes como la mirada de los niños, se despidió con su brazo vendado y por sanar.


- Por favor, cuídese. Yo trataré de pasar seguido por estos lados...

- No se preocupe, joven. Mil gracias...




Pasó un mes y, aunque intenté buscarlo, no lo vi más.




Después, una madrugada, como a eso de las 06:30, transito por el nostálgico Paseo Bulnes. Iba apurado al trabajo. En la esquina con calle Cóndor, me interceptan unos tipos. Eran neonazis.

Decidí intentar evitarlos y mantener la calma. Pero me persiguieron y me atajaron.


- ¡¿A dónde vas, negro de mierda?!


No respondí nada.


- ¡A voh te hablo, weón! ¿Soi peruano acaso, mierda?


No supe reaccionar cuando ya tenía a tres tipos tomándome de los brazos. ¡Me iban a rematar!

Sólo le pedí a Dios pasar esto y cerraba los ojos, cuando aparecen tres perros negros que, de la nada, aparecen y atacan a los neonazis. El más grande ataca a quien me iba a agredir. Salen corriendo los tipos.


Yo quedo tirado en el suelo. Creo que los perros me van a atacar, pero se calman y el más negro y grande se acerca a mí y lame mis manos, que están rotas por los apretujones de los neonazis.

Le hago cariño en la cabeza y mueve su cola. De repente, veo su pata superior izquierda. ¡Un trapo ennegrecido!

Observo los ojos del can y noto esa mirada conocida, tan tierna como la de los peques. ¡Quedo admirado!


- ¡¿Don...?! ¡¿¿Don Pepe??!


El can me mira cariñosamente, lame mi mano mientras mueve su cola y luego, junto a sus compañeros, corre libre rumbo al Parque Almagro, perdiéndose entre los árboles.




No he vuelto a ver a Don Pepe. Sólo sé que recorre, en compañía de sus compañeros canes, por los parques y las esquinas de Santiago.



Lo presiento. Sé que él es libre.





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EL BESO

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Siento su boca mientra me besa. Sabe a frescor. Seguramente se comió una de esas pastillitas de menta. O quizá de eucaliptus. Da lo mismo, el beso se hace algo largo. Demasiado, diría yo.


No me mira. ¿Acaso es ley tener que besar con los ojos cerrados?


Nunca entendí eso. Cuando la primera niña me besó, lo hizo hechizándome con las aceitunas que se gastaba por ojos. Sí, tenía los ojos negros e intensos. Muy coquetos para una niña de 15 años. Yo tenía 13 ó 14. No lo puedo recordar.


No sé por qué no la puedo recordar. Bueno, ella fue una más. Fue pasajera. Puedo rememorar sus ojos, pero no tengo una imagen de su rostro. Sé que era bonita y nada más.


No me gusta que me besen con la lengua explorando los rincones de mi boca. Me desagrada. Odio esos convencionalismos.


¿Creerá esta niña que los franceses tienen la razón? No me puede gustar el beso francés. Es invasivo, intimidante. Me siento una cosa que lamer más que un joven de 23.


Estoy confundido. Y es que soy introvertido. Más bien, reservado. Juego a ser galán a veces, juego a ser un tipo buena onda. Quizá sólo sea una ilusión que me construyo para enfrentar cosas tan tontas como el largo beso que recibo.


Sospecho que ya se acaba el beso. Tengo los ojos abiertos. La observo, hurgando en sus pestañas, las cejas arqueadas y bien definidas, las pecas de la nariz. No alcanzo a ver más allá.


Ella separa sus labios de mi boca. La cierro para percibir el sabor a menta o eucaliptus que me dejó. Me mira como si yo fuera su príncipe azul. El verdadero príncipe azul, el que debiera tener las mujeres de su edad.




Y me voy sintiendo cada vez más destemplado. Más cínico. Más hipócrita.



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jueves, 28 de agosto de 2008

EL "SIN ROSTRO"

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Este relato me lo contó don Mario Pacheco, hijo del "Tripa" Pacheco. Le pasó a un amigo de un amigo de don "Tripa".

Si encuentran que no es muy creíble, no es mi culpa. Puesto el parche antes de la herida, comiezo la historia.



Resulta que a Juan, el amigo del amigo de don "Tripa", le pasó algo extraño, inexplicable en las extensas pampas de Tierra del Fuego.


Esto pasó en los sesenta, allá por Timaukel. Fue por mayo, donde oscurece a las cinco de la tarde y amanece a las ocho de la mañana.


Juan las hacía de arriero en una estancia de Timaukel. Para quien no conozca la geografía, esta hacienda posee zonas de pampa, de estepa, junto al inicio de los bosques magallánicos que van a parar hasta la cordillera de Darwin y al canal Beagle.


Juan debía arriar unos piños de ovejas, que en Magallanes son enormes. Sólo le acompañaban los perros ovejeros -más fieles que cualquier mujer del mundo- y una petaquita de pisco, regalado por el dueño de la estancia hacía tiempo. Los días aún no llamaban nieve, pero de vez en cuando llovía. Esas jornadas habían estado con bastante sol, pero sin calor.


Al llegar la noche, Juan llegaba a alguna caseta para dormitar. Siempre en estas casuchas había alimento y pisco. O algún vino barato, para capear el frío de la zona.


Una noche, Juan se encuentra en la casucha con un olor a quemado que venía de lejos. Lo traía el viento oeste, tan típico de allá. El arriero sale del puesto para divisar entre los árboles del tupido bosque si había alguien. No veía nada. Ni una luz, ni nada. Quedó extrañado.


Al día siguiente, Juan va a echar un vistazo al sector donde supuestamente debía provenir el fuego. Y claro, se topa con un hombre más viejo que él, y Juan le increpa antes de que le vea el rostro:


- Oiga, nadien puede estar dentro de la estancia sin mi autorización ni la del patrón.


Se acerca el hombre, arropado con viejos trapos, y le responde:


- Calmao, Juan. Soy yo, Aburto.


Juan le reconoce de inmediato.


- ¡Ho-hola poh don Aburto! ¡¿Qué cresta anda haciendo acá, tan lejos de Cámeron?!

- Usted sabe, Juanito. Voy al Lago Blanco a pasar a pescar.

- Oiga, pero no es temporada de truchas todavía. Eso está más pa' septiembre, octubre.

- Es que quiero probar suerte... Aunque, igual ando medio templado, chico. No me quiero topar con el "Sin Rostro", mira que se me pilla, hasta ahí no más llegué.


Juan pone cara de incredulidad.


- ¡Ya! No me diga que usted cree en esos cuentos...

- Así es pues, Juanito. Creo y harto. Mira que si me pilla, me va a pasar lo del pobre "Guatón" Mancilla.

- Oiga, si el "Guatón" se lo buscó solito. Pero yo cacho que a ese se lo echó Pérez. Le tenía ganas al pobre "Guatón"...

- Sí, puede ser, Juanito. Pero es que cuando lo pillaron, estaba sin rostro.


Según las malas lenguas, el "Sin Rostro" andaba a caballo y cubierto de una negra capa. Y, como su nombre lo dice, no tenía cara. La conseguía matando y robándole el pellejo a cualquier descuidado que anduviera por el bosque de noche.


Se quedan mirando al suelo, pensando en el tema. El viejo Aburto hace un ademán de partir.


- Ya, Juanito. No se le vayan a arrancar las ovejas y nos vemos a la vuelta. Deseame suerte Juanito.

- Que se traiga unos gordos, si es que lo hay. Oiga, y me deja uno.

- ¡Cómo no! Ya, nos estamos viendo. Yo creo que en una semana estoy por acá.

- Cuídese don Aburto y nos vemos.


Parte rumbo a los bosques Aburto. Juan le queda mirando con una sonrisa y deseádole suerte. Juan sigue su rumbo.



Pasa la semana. No llega Aburto al lugar acordado. A Juan no le extraña pues de vez en cuando Agurto se queda por más tiempo en los bosques de la vasta estancia.

Sin embargo, a los 15 días Juan ya está inquieto. Con lo que llevaba de comida, Agurto no podría sobrevivir más tiempo. "¡¿Se habrá perdido este viejo?!" - pensaba nuestro arriero.


No aguantó más la ansiedad y fue al bosque a buscar a Aburto. Se hizo acompañar de uno de sus más leales perros ovejeros. Lo buscó por varias horas por el camino que ya le era conocido. Nada.

Se hizo de noche y ahí Juan se acordó del "Sin Rostro". "No. !Cómo va a ser cierto eso!" - meditaba nervioso. El perrito lo miraba con ternura. "¡Ay! ¡Mi Cholo! ¡¿Qué demonios hago con Aburto?!" - le inquiría, sin respuesta de parte del quiltro.


Había pasado hace horas la medianoche. No había nubes, pero tampoco estaba la luna. Una inmensa boca de lobo oscurecía todo a su paso. Sólo se oían las frondosas copas de los coigües azotándose suavemente por el viento que pasaba.

"Me voy a quedar por acá, por ahora" - pensaba Juan. "No saco nada con seguirlo buscando si no veo casi nada".

Así, Juan se guardó, con un pan y una petaca de pisco en mano.


No habrán sido las cuatro de la madrugada cuando, de repente, el perro ladra hacía la nada. Juan despierta alertado, mientras ve al ovejero correr hacia los boscosos cerros.


- ¡Cholo! ¡Cholo, weón...! ¡Ven pa'cá perro'e mierd'!


"¡Chuta! El Cholo debe haber visto a alguien. ¿No será el...? ... ¡¿Qué cresta hago?!". A Juan se le pasaba todo tipo de pensamientos por la cabeza.


En instantes, Juan camina rumbo a donde se perdió el perro. Sujeta bien fuerte la pistola y la petaca de pisco. Está -como decimos los chilenos- "caga'o de miedo". Pero va.


No caminó ni cien metros cuando el perro volvió a sus pies, asustadísimo. "¡¿Qué te pasó, Cholo?!" - le preguntaba desconcertado el arriero.


Juan sigue el rumbo cuando se encuentra, guiado por el perro, con un bulto lleno de trapos al lado de uno de los manantiales del cerro boscoso. Juan se acerca y se encuentra con el cuerpo de Aburto, boca abajo, muerto.


- "¡Ay, mi Dios! ¡Don Aburto!"


Intenta tranquilizarse. Se acerca para voltear el cuerpo del susodicho cuando se pega la sorpresa: ¡No tiene rostro!


No alcanza a lamentarse cuando escucha las potentes pisotadas de un caballo.


- ¡El "Sin Rostro"!


¡Se aparece la figura del montado frente a sus ojos! Juan se reza todo lo que puede. El perro, viendo a su amo entregado, atina a ladrar fuertemente al demonio. Este ser balbucea algo y se va del lugar.



Al día siguiente, Juan volvió presto a Cámeron a relatar lo sucedido.


Aunque prestaron santa sepultura a don Aburto en el bosque e intentaron calmar al arriero, Juan, luego del relato, pierde la cordura y queda como ido.



Así, Juan no pudo trabajar más y, no hace mucho murió, acompañado de su leal perro.




Desde ese entonces, nunca más se escuchó hablar del "Sin Rostro" hasta el día de hoy, que lo agrego a este espacio como el relato que acaban de leer.




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ROCK IS NOT DEAD

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Siempre pensaba que debí haber sido rockero.

No lo sé. Tenía un poco de voz, sabía tocar guitarra, adoraba a los clásicos del Rock N' Roll. Adoraba a Queen.

No fue así. Me convertí en otro universitario más de este país de estudiantes mediocres y drogos.


Quizá debí haber nacido en otra época. En otro lugar.

Retornar a lo que nunca fui. Soñar con lo que ahora ya no seré.



Me tendía en los prados de aquellos parques, por donde pasa poca gente. Alguno que otro amante, de esos que tienen lentes, ocultando quizá algún affaire pasajero y reñido con la moral cristiana, burguesa y todas esas estupideces que significa estar en un matrimonio sin amar al de al lado.


Allí me iba con mi guitarra vieja de tanto tocarla y aporrearla, a crear algún riff o, si andaba cercano a la trova, recrear uno que otro arpegio.

El sol primaveral era alejado de mis ojos por las hojas de los altos sauces. Me acurrucaba con mi guitarra en la base del sauce, recibiendo la luz brillante y el cielo sin horizonte, infinito como el azul de mi tristeza y mis frustraciones.



Sí. Deseaba ser rockero. Ser un trovador, quizá. Un poco más que lo que soy. No por la fama, sino por la vida y la muerte. Lo erótico, lo tanático. Todos esos discursos de cátedra de psicoanálisis. El rock es un poco de filosofía. Es como nos hemos hecho: a sangre, música y a patadas en el culo. Abandonados de todo y entregados a todo.


Todo eso pensaba bajo el sauce. Anochecía. Ya los acordes no me salían debido al frío y a los calambres que entorpecían mis dedos.

La guitarra te provoca eso. Mientras más cabrón eres tocándola, te aleja más del mundo. Veo cómo otros giles tocan con pésimos rasgueos y tienen un círculo de amigos cantando, felices, sonrientes, sus canciones.


Yo estoy solo. Intento sacarle lo inefable a la sexticorde. Al menos intento. No me es posible. La noche me ha superado y me es tan difícil recibir a estas alturas el calor humano. La mano amiga. Un beso femenino diciéndome "hasta mañana".



Estoy agotado. Es todo por hoy.



Me envuelvo entre mis cartones y me pongo a dormir, esperando que entre las estrellas de la colosal noche, aparezca un ánima, un Freddie Mercury que desde los cielos me venga a buscar para que me lleve junto a Dios para rockear.




No quiero estar otro día más solo.




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lunes, 25 de agosto de 2008

JUICIO

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David se mira el rostro en el espejo. Se reunirá dentro de veinte minutos con Marcela, la mujer más importante de su vida.


David va igual de desarreglado que siempre. Siente que se ve bonito con esa facha. Bueno. Él se siente bien. Al menos va de negro.


Marcela todavía está en la micro. Está algo ansiosa por llegar y no faltar a la hora acordada con David. Sabe que David se molesta con los retrasos. Será malvestido, pero es puntual.


David se impacienta pese a que no son todavía las tres de la tarde.


El sol es de mentira y las nubes juegan a esconderlo de los ojos de los mortales. Corre un ligero viento que cala en los huesos porque nace de los hielos cordilleranos.


David mira la entrada del Cementerio General. Voltea la mirada hacia la plazuela ornada de arcos a lo romano. A lo lejos, ve casi corriendo a Marcela. Ella levanta su brazo, saludándolo a lo lejos. Marcela sonríe y David deja ir su disgusto, devolviendo otra sonrisa.


- ¡Llegaste amor!

- ¡Cómo no iba a llegar! Perdón, mi vida. Es que me retrasé por la micro. ¡No pasaba nunca!

- Tú sabes Marcela que debes salir más temprano de casa.


Mientras le decía esto, David abraza cariñosamente a Marcela.


Marcela le muestra los claveles. El color flama de las flores contrasta con las sobrias vestimentas de los amantes. David besa en la boca a Marcela. Ella se sonroja, rompiendo la pureza de su tez alba.


Tomados de la mano, ambos entran al Cementerio General. El sol se despide, perdiendo el juego frente a la grises nubes.


Marcela y David recorren las callejuelas del enorme lugar sacrosanto.


Luego de pasar por los mausoleos históricos de los presidentes de la Nación, llegan al sector de los nichos. Buscan con sus miradas el nicho correspondiente al perdido ser querido.


Al hallarlo, Marcela se acerca ante el nicho. Lo acaricia con sus dedos ligeros. La pena va invadiendo de suspiros su boca femenina.


- ¡Padre mío!


No soporta más y estalla en silencioso llanto.


- Perdóname... Te amo papito... pero también lo amo a él. ¡Lo siento papá...!


David escucha en silencio fúnebre los sollozos de su amada. Marcela deja de hablarle al nicho y se aleja un poco, dejando un espacio para que David se acerque.


David mira la tumba. Observa con fortaleza la imagen del padre de Marcela. No quiere quebrar en llanto. Intenta mantenerse calmo. Trata de no perder la templanza.


David, finalmente, le habla en voz alta a la tumba.


- No quisimos hacerte esto... No queríamos este fin... Queríamos verte feliz y vivo, junto a nosotros... Papá.


Marcela agacha la cabeza de manera tan pronunciada como si se enfrentase al Juicio Final.


- Te amamos papá. Pero también yo la amo. Siempre amé a Marcela. ¡Siempre, papito...!


Luego de las últimas palabras que exhala dificultosamente, David cae sobre sus rodillas y se ponen a llorar, orando.





Salen del Cementerio General Marcela y David. Sus rostros intentan recuperar el color.

Van tomados de la mano.

Como dos amantes más en este Santiago invernal.


Como dos amantes...



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CONTRADICCIÓN

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Nápoles, 31 de Diciembre de 1997


Adorado Fantasma:



Sé que no leerás esta carta. Lo sé.

Sé también que gasto tiempo inútilmente pensando en que te volveré a ver. Sé que no será así. No, no volveré a verte jamás.

No importa gastar tinta ni tiempo, que ya a estas alturas me sobra.


Soy una mujer firme. Solitaria, pero valiente. ¡Y sigo aquí!


¡Soporté que se me cayera el mundo luego de la llegada de los milicos al poder!
¡Soporté tu altanería cuando te ofrecían cuanto puesto burocrático te ofrecieran por cooperar con los fascistas y también soporté cuando me dejaste abandonada por esa 'momia' asesina!


Pero, con todo, ya no te odio.


¿Cómo odiar tus ojos oscuros que me mataban con su relampagueante brillo?
¿Cómo odiar tu cabello, negro como la más profunda de las simas de los océanos?
¿Cómo odiar esa sonrisa que competía con las nieves de la cordillera en pureza?
¡¿Cómo?!


Así y todo, con tu belleza y todo, con tu encanto y todo, con tu labia y todo, renunciaste a cambiar el mundo conmigo, renunciaste a renegar del apellido Errázuriz Larraertigoitía que cargas como maldición, renunciaste a seguir al compañero Allende luego de su ofrenda: renunciaste a mí.


¡Eras tan diferente antes!

¡Con tu guitarra en la mano!

¡Con nuestras canciones secretas!

¡Con nuestras marchas junto al Pueblo!

¡Con la droga de las hierbas y el sexo fascinante, intenso e íntimo!


Con lo poco que había. Con el todo por hacer.


Pero tu cobardía te hizo renunciar a lo que construimos, a lo que soñamos, a lo que proyectamos.


¡Tú sabías que yo no iba a cambiar! ¡Lo sabías!

¡Te dije que no cambiaría aunque la UP se cayerá! ¡Aunque los sueños nuestros de justicia y amor se cayerán!


¡¡Tú lo sabías!!



Por todo esto, desde ese día estás muerto para mí.

Aunque sepa que sigues con vida.

Aunque sepa que trabajas para este gobierno, con su democracia de mierda y con Pinochet en el poder.

Aunque te vea todos los días de mi vida en el televisor.

Aunque te piense cada segundo de mi existencia, estás muerto.


¡¡¡Muerto!!!




Y aún así, con las lágrimas que arrojo por haber sido de Izquierda en una familia momia como la que tuve, aún con las persecuciones de las que fui presa, aún con mi forzoso exilio en esta bellísima y melancólica Italia, aún con la humillación que viví al verte trabajando para ellos...


... te amo.



Sí. Te amo.



¡Te amo tanto!



Sí. Así me ponen las canciones de Franco Simone y un par de copas de más.




Pero bueno amado mío, "Non si può morire dentro" decía la canción de Gianni Bella...


No morí por los milicos. Y ya no morí por ti...




Por eso, al finalizar este año, es hora de decirte



(aunque nunca jamás lo sepas)
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ADIÓS





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sábado, 23 de agosto de 2008

ETERNO RETORNO

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- Ya vai a ver no má... ¡¡Vai a ser mía, washita!!


El pobre compadre dirigía estas palabras, pero sólo con una oscura y calentona mirada. Su boca permanecía muda, silenciada quizá por la lengua que, excitada, recorría esos labios secos y faltos de sexo.


- ¡Oh mi'jita linda! ¡¡¡Cómo te haría chupeta!!!


Así, nuestro amigo (digámosle 'amigo' para no ser un narrador tan miserable con este pobre diablo) arrastraba el poncho por las calles de un Santiago repleto de smog. No se veía la cordillera, ni el San Cristóbal. Nada.


De repente, entre las mujeres que habían rechazado sus silenciosas provocaciones, y las que más, que no se percataron en lo más mínimo (obvio, debían andar pensando en su trabajo, en su novio, en su familia y en muchas cosas más importantes), aparece un bello modelo femenino en su camino, recibiendo la insaciable mirada del tipo con una sonrisa y un gesto usual en ellas cuando quieren coquetear: unos jugueteos en su cabello castaño.


Nuestro amigo la vio pasar y, al cruzarse, él queda mirándola por atrás. Casi casi chorrea de babas el chaleco que llevaba puesto, porque la mujer tenía lo suyo: ni alta ni baja, delgada, castaña (como ya señalé), de tez blanca, ojos almendrados y con vestimentas que ceñían su atractiva figura.

Ella voltea su rostro hacia el compadre y le vuelve a sonreír. Nuestro baboso amigo queda loco y lentamente le sigue. Ella, al darse cuenta, continúa caminando sin ponerse nerviosa; por el contrario, empieza el juego.


La chilena pícara baja al metro Universidad de Chile y nuestro compadre, para no perderle la pista, chicotea los caracoles y acelera los pasos.

No la pierde de vista.


Ella cruza los pasillos del metro, repleto de negocios. Sale el olor rico de las galletas del "Castaño", pero a nuestro hombre no le entran balas y sigue -perro sabueso- tras el objetivo: la castañita coqueta.


Ella baja por las escaleras al metro. La mujer le apunta al personaje con el brazo hacia abajo, como queriendo decirle que el encuentro será en los andenes del metro. El compadre acelera aún más los pasos, porque si sigue con ese ritmo, cooperó no más.

La ve cargando su Tarjeta Bip! y baja a los andenes del metro. Él no anda con plata suficiente para cargar la dichosa tarjeta y le ruega a todos los santos para que pueda pagar su boleto con lo que le queda.


¡¡¡Sí, pasó!!!


Ella está llegando al andén cuando nuestro roto -de manera decidida- trota para bajar a encontrarse con ella. Está dichoso y con la maldad entre las piernas.


¡Por fin! Ella y él, a diez metros de distancia. Nuestro calentón amigo se acerca y con el mejor timbre de voz, más baritono que un argentino, le dice:

- ¿Te gusto, no es cierto?


La mujer quita la sonrisa del rostro y le responde, increpándolo:


- Mira loco, no te vengai a hacer el lindo conmigo ¿Entendiste?

- ¡Pe-pero si me miraste y me sonreíste y...!

- ¡Uyyy! Ustedes los hombres son todos unos babosos... Yo te sonreí porque me di cuenta que tenías el cierre del pantalón abierto. ¡Intenté no cagarme de la risa...!

- ¡O sea, que las señas de las escaleras eran de...!

- Sí, poh. ¡Pa' que te subierai el cierre, agilao!


Nuestro amigo se derrumbó por dentro y el sex appeal se le fue a las rechupallas. Hasta las babas se le secaron de cansancio y desamor. Para más remate, la mujer se encuentra en el momento con otra mina, y se pegan manso calugazo.

Antes de abordar el metro, ella le dice, en son de burla:


- ¡Soy lesbiana, aweonao!


Nuestro pobre diablo sube a la superficie y vuelve a las calles. Solo.

Se dice por dentro "¡Nunca más, nunca más seré tan weón!".



Ahora sí, iba a su pega de mesero, sin un peso -además de lo perdido en la tarjetita Bip!- cuando aparece otra mujer. Una morenita despampanante y muy suelta de cuerpo. Le sonríe a nuestro amigo.


El personaje, sin pensar en su pega ni en las monedas que faltan para llegar a casa -cada vez más pobre, desordenada y solitaria- persigue coqueto y caliente a la chilenita, que ya va acelerando sus pasos rumbo al metro Universidad de Chile.


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¡CIUDAD DE MÉXICO SÍ QUE ES BARROCA!

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Estoy rodeado de calles extrañas que llevan hacia qué sé yo dónde. Me parece que voy al oriente.


Llegué en metro y, luego de salir del Zócalo, aún no me ubico. Me largo a caminar, mapa en mano. Hace calor, creo que mucha para ser invierno.

No. No me ha afectado la altura, pese a las recomendaciones en la bienvenida realizada en la universidad.


¡Ciudad de México es tan barroca! Es un microcaos. En realidad, no sé qué tan 'micro' pueda llegar a ser porque es inmensa...


La calle de La Soledad me lleva por enormes y desgastados edificios. Hay una iglesia en la esquina. Barroca, como todas. Repleta de ángeles, vírgenes y elementos americanos en sus relieves.

Veo algo de comercio y bastante gente. Me miran extraño. Notan que soy extranjero. Murmuran a lo lejos indescifrables palabras... Creo que me dicen ‘güero’.

Basura en los rincones. Restos de lo que alguna vez fue un mixiote.

Un poco de hedor, olor a orina, a algo.

Hay unos vasos blancos en el suelo, de esos con lo que sirven el atole mañanero. ¡Qué delicia es probar un atole en las mañanas!


Luego de pasar por unos pasajes, me encuentro con una avenida repleta de autos, taxis y peceros. Leo el letrero: Avenida Circunvalación.


¡Es realmente raro que a las diez de la mañana haya por estas manzanas tantas putas!

Sí. Hay algunas que ya son viejas, pero me sorprendo al ver a niñas de trece o catorce años... ¡Ciudad de México es barroco!


Sin ser tan cristiano -soy cristiano, o al menos, eso dice el perfil de mi cuenta en Facebook- voy a admirar a la virgen, cuyo velo veo por detrás. A una Guadalupe que está en un pedestal en una de las esquinas de la avenida. Me impresiono bastante al percatarme que era una calavera envuelta en una manta.


- ¡¡¡¿Qué cresta es esto?!!!


La pregunto con voz tímida a un hombre que está mirándome en la esquina.


- ¡Mande!


(¿Qué me habrá querido decir con eso?)


No digo nada, hasta que el hombre me dice:


- ¿Es extranjero?

- Sí, de Chile.

- ¡Ahhh! ¿Y qué haces en la Merced? ¿Acaso no te dijeron que los güeros no tienen que venir por este barrio?


Ya sabía que era ser güero.


- No, pero me dijeron que no era tan peligroso como Tepito. Ahí sí que no voy...

- ¡Estás informado, güero! Ahora, lo que ves allí es nuestra Santísima Muerte. Acá habemos muchos que la veneramos.

- ¡Ahhh! Disculpe mi ignorancia.

- Tranquilo, wey.




Hay cosas raras en Ciudad de México. Pero ocurre algo extraño en mis pensamientos y en lo que siento.


Quizá me estoy dejando envolver por esta fascinación, barroca...


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jueves, 21 de agosto de 2008

NADA MÁS

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Otra lágrima cae en la copa de dulce vino tinto.


Otra noche escribiendo tantas y tantas cosas que nadie leerá. Que tú no leerás.

Doy un beso amargo a la copa.

Le doy un beso a tu ausencia.


La habitación ha caído en la oscuridad, cual cielo roto.

Intento rozar con mis dedos el último libro que me leíste, la última carta que me enviaste, la vanidad de tu adiós en el aire.

Persistes en el aire que se corrompe con el tenue calor de un cirio que delata mi destrucción frente al espejo.

Me desvanezco en el sofá impregnado de tantos y tantos amores fallidos. La copa de vino arroja su último elíxir sobre la alfombra.



Podía resistir más. De veras, podía. Pude soportar otros puñales, pero no imaginaba que tu daga destajaría lo más íntimo de mí. Mi leve esencia. Mi ser...



¡¡¡¿Por qué te marchaste tan lejos?!!! ¡¡¡¿Por qué huíste?!!!


¡¡¡Díme!!! ¡¡¡Haz hablar a tu sombra... ausente!!! ¡¡Respóndeme!!


¡¡¡Que alguien me responda, por favor!!!


¡¡¡Alguien...!!!


¡Por favor...!






¡Yo pude darte tanto, tanto...!

¡Sí, pude...!



¡¡¡Pero no!!! ¡¡¡Tenías que pegarte ese tiro en la sien...!!!


¡¡¡Tenías que hacer con tus sesos lo que la furiosa borrasca hace con las vidas desprotegidas!!!


¡¡¡Fue tan fácil para ti, no!!!


¡¡¡Fue tan fácil...!!!


...







La copa de negro vino y lágrimas se ha destrozado.


Lo poco que quedaba en pie de mí... también.


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UN DÍA PUEDE CAMBIAR UNA VIDA

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Me arde la oreja izquierda. Deben estar pelándome heavy.

¡Estoy rodeado de enemigos por la xuxa!

Sin desayunar, corro rápido al paradero del Transantiago para tomar una micro...

¡Puta la weá! Se pasó el culiao... ¡Tengo prueba y no sé cómo mierda voy a llegar a la 'U' en media hora!


¡Por fin, una micro! Ya weón, pónte cerca de la puerta, mira que siempre la gente se pone en los extremos. Son tan flojos los weones.


El metro está lleno y yo, apurado. ¡¿Dónde dejé mis apuntes?! Ufff.... aquí están.


- ¡Y voh, qué mirai!


Claro, ahora rehusa mirarme. ¡¿Quién se cree para wevearme mientras estoy en algo tan importante?!


Mmm... Mmm... Ya. Terminé la weá de texto.


Por fin, metro Los Héroes. ¡Ya poh, avancen!


!Por la cresta, no me dejan avanzar estos viejos weones!


- A ver, permiso señor que estoy apurado...

- Disculpe joven...


¡Disculpe...! No me bastan las disculpas. El profe no me va a subir la nota con disculpas ajenas...


Estoy llegando a las escaleras, ya, ya...


- ¡Por la mierda! ¡¡¡¿Quién me wevea ahora?!!!

- Disculpe joven, pero se le cayó la billetera e intentaba alcanzarlo. Perdón por haberle asustado.


¡Dios mío! ¡Nunca me había sentido tan maldito!


- No se preocupe señor. Perdóneme por haber reaccionado así. Muchas gracias...



Tengo un nudo en la garganta. Tengo ganas de llorar y no puedo llorar aquí.
Siento vergüenza...


¡Tanta y tanta gente que no merece que otro como yo amargue aún más sus vidas...!



ILUSO

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Ilusionado, bajo del metro para juntarme con mis amigos y asistir al IV Congreso Nacional de Historiadores a realizarse en Santiago.

Espero ansioso que comience la discusión.

Seguramente hoy será un día especial. Harán ponencias Pinto, Salazar, Gazmuri, Serrano y tantos, tantos otros. ¡Tantos intelectuales! ¡Tanta gente valiosa! Además, el tema es genial.

Estoy extasiado de conocer, de saber, de aprehender conocimientos para poder comprender, en mi lugar de simple estudiante de pregrado, un poco más a la gente de mi país.


Por fin, empiezan las ponencias.


Está algo raro el ambiente. Hablan de cosas muy interesantes, sin embargo, al terminar las exposiciones se ríen entre ellos y sin compartir su alegría con nosotros. Bueno, serán cosas de maestros de la disciplina de mis amores...


Siguen los foros.


En un interludio paso a tomar un café expreso y escucho a un historiador social increpando a uno de los caballeros, de los que deben mantener el aseo, por no haber recogido prestamente un vaso plástico con una mitad de café de un asiento. El aseador, de edad avanzada, no hace más que agachar la cabeza y hacer lo que olvidó hacer y que el historiador -tan "empático"- le ordenó.

Creo que es un error. Bueno, errar es humano ¿no?


Ha llegado la tarde. Siguen las exposiciones, los cafés expreso, las bromas entre historiadores, las prepotencias y los discursos que vuelan como las mariposas, arrastradas por el tornado, que no caen nunca en la materialidad de la tierra.


Estoy deshecho.


Harto de las ponencias y de tantas perspectivas historiográficas, salgo del instituto y me convierto en uno más del montón. Envuelto en la noche, abordo una micro a casa y, al pasar, escucho a dos señoras que comentan sus sufrimientos y cotidianeidades.

Esos segundos de conversación son preciosos y no respiro para escuchar sus opiniones. Siento mi rostro iluminado nuevamente.


Sí. ¡Soy parte de la gente! ¡Gracias al cielo sigo siendo uno del montón...!


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ENSOÑACIÓN

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- ¡Ay! ¡Ay! Acaba acaba, guapo...

- ¡¿Ya?! ¡¿Estai lista?!

- ¡Ay Dios, sigue sigue que viene otro...!

- No me weís, jajajaja...

- ¡Erís demasiado exquisito...!


Claudia rompe el silencio de la habitación con un enorme alarido de placer. Fernando, sudoroso, se torna de espaldas para descansar luego de aquellos delirios que sólo produce el sexo.


- ¡Erís demasiado mino y exquisito, weón!

- ¡Puta, es lo que hay! - expresa jactancioso el tipo.


Se ríen siendo cómplices del goce del otro.



Luego de descansar tendidos en la cama, decorada de color beige, Claudia despierta y queda absorta mirando cómo duerme Fernando.

Claudia acaricia de modo sutil el pecho de su hombre. Roza los vellos y, con sus dedos de seda, pasa como una brisa de estío sobre el miembro de Fernando, que se mantiene semierecto y húmedo.

Ella lo ama. O, al menos, siente una pasión desenfrenada que, con lo que le queda de cordura, intenta detener.

El sol matutino aparece entre las cortinas, que hacen juego con el cobertor de la cama. El sonido de las olas a lo lejos arrulla el cansancio de Fernando, que lo dio todo para satisfacer a Claudia.


Claudia se levanta. Ya son las ocho. Mira levemente por la ventana y admira la terraza que da hacia la ancha playa que muere en el mar que se mece tranquilo, como lo puede ser el sueño de una mariposa.

Ella, semivestida, sale por la terraza y se apronta a ir al mar. La mañana está más que agradable y casi no hay brisa. Casi.

Claudia se lanza hacia el mar cálido y refresca el cuerpo que hace unas horas se entregó al desenfreno del sexo.

Relajada, flota sobre las aguas saladas, mirando al brilloso cielo, los bordes de los acantilados, la playa que acompaña la pequeña cabaña que alberga a los amantes, el horizonte pletórico de mar.


Está contenta. No piensa en nada más.

Por fin pudo olvidar su trágica adolescencia, su matrimonio fallido y los engaños del último conviviente a quien dio instantes valiosos de su vida. Por fin olvida la presión de los padres y los momentos amargos que nunca proyectó.


Ahora está sola con un perfecto desconocido, haciendo lo que se le viene en ganas en el único lugar que heredó de esos podridos tiempos pasados.


EN UN INSTANTE...

.


- ¡Córrete mierda...! ¡Pero ya estás llorando...!


El tipo sale desnudo de la cama, se pone la ropa y abandona a la mujer que no para de llorar en la oscuridad de la habitación.


No ha culminado de buena manera la noche, que se hace más y más gélida.


- Cuando vuelva no quiero verte de nuevo el caracho, ¿está claro?


El hombre insiste con los insultos. El departamento se vacía de sentimiento alguno.


Al salir del edificio presuroso, el tipo extrae del bolsillo izquierdo del pantalón una cajetilla de cigarros, enciende uno y se echa a caminar algo más distendido por las calles de la ciudad.

El frío es persistente y no son más de las cuatro de la madrugada.

El tipo necesita un café. Sus ojos color cielo buscan alguna bencinera, algún antro donde pasar las penas. No quiere llorar.

No. No hay nada que ver, nada que vivir en el camino.

Una que otra puta se le acerca, pero él no las mira y sigue su andar. Está con la mierda hirviendo en la cabeza. No quiere volver a su departamento.

Mira al cielo, que va despojándose de intermitentes gotas de lluvia. No quiere seguir esta vida.

El tiempo es eterno como el frío y no aparece el sol. No se ve gente en la calle. Tampoco autos.

Alcanza con sus pies la base de un puente que cuelga sobre un río oscuro, torrentoso y maldito, que rompe con la civilidad de lo urbano. Quizá tan oscuro y torrentoso como el tipo abstraído en sus corrientes.


En los ojos obnubilados aparece una sombra más negra que la boca de lobo de la noche que envuelve al hombre y, sin pensarlo dos veces, se abalanza sobre las aguas del río taciturno, volviéndose por fín uno con el mundo.

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martes, 19 de agosto de 2008

ES LINDO MIRAR POR LA VENTANA


Es lindo mirar por la ventana. Escuchas el tecleo que se arriman a mis oídos mientras tus ojos recorren los desgastados techos que ornan el panorama. Presiento una mirada cercana a mí: desatiendo la presión.

Bajo por las escaleras de la universidad y me pongo en camino hacia algún lugar. Me dirijo a Barroso.

- Wena weón!!!

- ¿Qué te pasa gay culiao?

(Esteban, Esteban…)

- ¿Cómo te ha ido?

- Bien poh… Tuve clases en la mañana de Metodología…

- Buh… Yo tengo clases a las tres.

- ¿Y aónde vai ahora?

- A comer, weón. Toy cagao de hambre…

- Cómete este poh…

Pasan desapercibidas a oídos de los demás nuestras carcajadas.

Empezamos a conversar de lo de siempre: qué profes, qué el metro, qué lo repleto del casino, qué dónde vamos a ubicarnos para almorzar.

- Esta weá a esta hora siempre está llena…

Siempre es lindo estar con los amigos. De la nada aparecen los otros: el Alonso, la Dani. Llega el Christian… La Nancy saluda a la pasada, cargada de sendos dossiers para su ayudantía.

Las bromas de siempre se asoman mientras estoy con ellos.

Luego, cada uno se desparrama por la universidad. El ritual de despedidas está hecho.

Hoy no viene Carolina. De todos modos, reparo si el celular tiene alguna llamada perdida.

Cruzo la Alameda. Este invierno es cualquier cosa, menos invierno. Las micros y la gente van hacia todos lados. Tengo la cámara en la mochila, pero no quiero sacarla. No debo, aunque con los ojos vislumbro las posibles fotos que quedarán para otra oportunidad.

Llego al paradero Transantiago y, como es media tarde, lo abordo sin problemas. Me siento a la izquierda, como siempre. La expreso parte y recorro con la vista los asientos semivacíos. Nadie conversa.

Es lindo mirar por la ventana: la cordillera nevada, los edificios, los vehículos, la gente, los blocks. Me espera Carolina al llegar.


Sí. Esta rutina sí que me pone bien…


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